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El cine nacional, entre luces y sombras

(Tiempo estimado: 7 - 13 minutos)

ricardo coralRegistro panorámico del cine colombiano: la institucionalización de los apoyos oficiales a la industria ha permitido consolidar una actividad importante, pero subsisten los problema de siempre: más negocio que arte, más entretenimiento que memoria, más palomitas de maíz que espejo para construir identidad nacional. 

Ricardo Coral*

Lenguaje poderoso 

Cuenta la leyenda [1] que un día de 1917, mientras Europa ardía, se reunieron el señor Mayer y el señor Fox, ya poderosos en el negocio del cine, con el presidente Woodrow Wilson – el mismo que invadió México, Haití y República Dominicana – para hacerle ver la importancia de que el cine fuera considerado una industria estratégica para Estados Unidos.

El argumento principal de los dos inmigrantes era que gracias al cine Estados Unidos no sólo vendería los productos manufacturados que aparecían en la pantalla, sino que exportaría una forma de ver el mundo, una forma de sentir, una forma de actuar, aquello que se vino a denominar el estilo de vida americano.

Wilson aceptó de inmediato el argumento; no en vano una frase suya: "Los hombres blancos fueron provocados por un mero instinto de supervivencia...hasta que finalmente surgió un gran Ku Klux Klan, un verdadero imperio del sur, para proteger al territorio sureño”fue utilizada por el director Griffith, otro racista sureño, no por ello menos padre del lenguaje cinematográfico, para la película que sentó las bases del mismo: El Nacimiento de una Nación.

Lo que ha venido después ya se sabe — el ascenso de Estados Unidos como imperio — no está desligado en absoluto de su predominancia en la industria cinematográfica mundial, porque no sólo las armas garantizan el poder sino la ideología: no ha existido forma de difusión más potente de una ideología que el lenguaje audiovisual nacido con el cine.  

¿Cine proporcional a modernidad?

Pero claro, antes de la ideología fue la memoria, sustantivo que siempre precede a la identidad. Piénsese en cualquier país con una conciencia edificada sobre los cimientos de la modernidad, esa que ofrece la posibilidad de construcción colectiva de un proyecto nacional, y no se encontrará ninguno cuya cinematografía no haya sido importante.

Colombia y su cinematografía no son ajenas a esta regla. Nuestra representación audiovisual ha sido siempre pobre, como corresponde a una nación que está lejos de haber avanzado por la vía del pensamiento moderno y lo que ello trae aparejado: dignidad, democracia, inclusión… Ello se confirma con el hecho de que sólo después de la Constitución del 91, ese hito de construcción de la modernidad al que nos aferramos firmemente, se hayan empezado a edificar en serio las bases de una industria cinematográfica.

A partir de la creación del Ministerio de Cultura y su Dirección de Cinematografía, en 1998, la industria fílmica nacional tuvo el apoyo estatal necesario para consolidarse, desde entonces la producción cinematográfica ha venido aumentando constantemente y ha encontrado, a través del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, FDC, la posibilidad de asegurar su continuidad.

El FDC es un organismo que administra los recursos provenientes de los impuestos parafiscales aplicados a todas las compañías que tienen que ver con la industria cinematográfica: productores, distribuidores, exhibidores. Con esos recursos se cubren todos los frentes ligados a la expresión cinematográfica, desde la difusión, pasando por la producción, hasta la preservación del patrimonio fílmico.

Las políticas del FDC han permitido consolidar una producción anual constante a la vez que ha ido creando conciencia acerca de la importancia de la expresión fílmica desde una perspectiva cultural e industrial. Todo parecería marchar bien y no obstante hay algunos factores que vale la pena señalar para no caer en la peligrosa autocomplacencia a la que somos tan dados.

Resulta evidente que las políticas del Estado aplicadas al cine responden a la lógica neoliberal de mercantilización de la expresión artística. Aunque el discurso oficial habla de que los incentivos a la producción tendrán en cuenta las dos vertientes que componen la expresión cinematográfica:  

  • la del mero entretenimiento, por un lado,
  • por el otro, la creación estéticamente arriesgada que genera una reflexión acerca del propio país y nuestra cultura

Existe una marcada preferencia hacia la primera opción, dados los resultados en pantalla. 

Hablemos de los cortometrajes

Por ejemplo, mediante la proyección de cortos colombianos que van antes de las películas comerciales, las compañías exhibidoras obtienen grandes ventajas tributarias que reducen los aportes parafiscales a que están obligadas para fomentar el desarrollo de la industria. Por proyectar estos cortos, las compañías pueden descontar seis puntos porcentuales del parafiscal que deberían liquidar, con lo que realmente terminan pagando sólo un dos por ciento del aporte total que están obligados a hacer.

Todo el que haya ido al cine sabe que esos cortos, lejos de mejorar la imagen del cine colombiano, la deterioran. Son cortos contratados directamente por el exhibidor, de pésima calidad, de muy bajo costo de producción y que están sirviendo simplemente para que los exhibidores evadan sus obligaciones, invirtiendo muy poco y obteniendo, vía descuento tributario, ganancias inmensas, o sea, un clásico de la política estatal neoliberal: proteger la inversión privada por encima del bienestar general.

De esta forma, cortometrajes colombianos premiados en múltiples festivales internacionales, de gran calidad y que representan dignamente a la cinematografía nacional, nunca llegan a proyectarse en las salas de cine comercial, pues son contrarios a los parámetros que la mayor empresa exhibidora, por ejemplo, ha establecido para los cortos que proyecta, a saber: que sean familiares, de un lenguaje apropiado y que no toquen ningún aspecto escabroso de la realidad, es decir, políticamente correctos, como si nuestra realidad no fuera casi en su totalidad escabrosa.

Parecen reglas sacadas de la censura que un régimen dictatorial le impone a la expresión artística, pero sólo son los lineamientos de una empresa privada, eso sí, ¡que viva la libertad de expresión!

Si he empezado por los cortometrajes es porque estos son una muestra de cómo la que podríamos denominar expresión artística cinematográfica tiene graves problemas al momento de lograr su exhibición. Los cortometrajes han sido desde siempre el formato que mejor permite la experimentación artística tan necesaria para la pervivencia misma del lenguaje.

Más allá de los estímulos por concurso a este formato, el FDC no tiene ninguna política que propicie su desarrollo, fuente vital para el nacimiento de nuevos cineastas. Pero no sólo eso, sino que la compañías exhibidoras no tienen ninguna obligación de proyectar los cortos producto de los premios otorgados.

Como siempre sucede con un Estado benefactor: “se rebajan tributos, a cambio no hay ninguna obligación, perdonen las molestias, trabajamos para ustedes.” 

Siguen los documentales

Si el estado del corto es calamitoso ni qué decir del documental. Éste es el paria definitivo de la expresión fílmica colombiana desde la perspectiva del apoyo estatal: el monto de los premios por concurso para su desarrollo y producción son mínimos comparados con los montos destinados al desarrollo y producción de la ficción; una realidad documentada a través del lenguaje audiovisual siempre será incómoda para el establecimiento y es mejor no alborotar el avispero, sigamos viviendo nuestra dolorosa edad media en paz.

Porque fueron autores como Marta Rodríguez y Jorge Silva quienes fijaron para siempre en la memoria, a través de imágenes poderosas, el trabajo al que eran sometidos niños de no más de cinco años haciendo ladrillos en los chircales de los grandes tenedores de la tierra en la Bogotá de los años sesentas del siglo pasado; o el oprobio de las atrocidades contra los indígenas guahibos en Planas en los años setentas llevadas a cabo por quienes continúan siendo dueños del país y sus administradores. Pero sobre esa memoria y la que se puede generar dando un impulso decidido al documental, mejor no hablar, claro.

Colombia es ante todo pasión y hay que atraer la inversión extranjera a como dé lugar, para qué la vamos a ahuyentar mostrando la realidad, si según una encuesta somos el país más feliz del mundo. Habría que preguntar que piensan de esa felicidad a los más de cuatro millones de desplazados. 

Y por fin, el cine de ficción

Y al fin le llega el turno a la ficción, la joya de la corona. Es obvio que sea en ella donde se centre la política de desarrollo industrial: es la que más puede hacer crecer los indicadores de desarrollo, la que alcanza más visibilidad, la que genera más puestos de trabajo.

Es indudable que el esfuerzo institucional ha dado sus frutos, la producción ha crecido y se ha estabilizado. Sin embargo, en general, las películas estrenadas no alcanzan una rentabilidad en taquilla. ¿Qué pasa entonces si a pesar del esfuerzo institucional nuestro cine no logra el favor del público?

Esa es una pregunta que cualquier tecnócrata se haría y la respuesta inmediata que daría es que hay que desmontar el sistema de ayudas y subvenciones y que sólo aquellas películas que logren ser rentables dentro de un mercado de libre competencia son las que merecen existir. Mal asunto: de esa manera sólo podrían existir con certeza los estrenos de los 25 de diciembre, altamente rentables, pero lejanos, en todo caso, de cualquier pretensión de cuestionamiento o reflexión sobre nuestra realidad.

Estamos otra vez en el dilema: entretenimiento o reflexión, industria o arte, la respuesta es sencilla: las dos. Eso sí, la protección, el incentivo estatal, deberían priorizar el segundo elemento de la disyuntiva. Pero no, como ya se dijo, la mejor opción es impulsar el entretenimiento simple. Y aquí cabe anotar que si bien esta opción es la preferida por el establecimiento - la alienación es un bien muy apreciado por el poder - también es la que lo propios creadores impulsan.

Son los propios cineastas, viejos y nuevos, salvo contadas excepciones como la de nuestro único gran autor y poeta audiovisual Víctor Gaviria, quienes optan por historias y fórmulas con las que creen van a obtener el favor de la taquilla, de esa forma se alejan de una creación profunda y reflexiva para hacer relatos que creen van a ser más accesibles al gran público y que al final no resultan siendo ni chicha ni limoná, otro clásico de nuestra mentalidad neocolonial. 

Más memoria e identidad, que palomitas de maíz

A nuestro cine le hace mucha más falta reflexión que género - fílmico se entiende -; mucho más cuestionamiento político que divertimento banal decembrino; mucho más pensamiento que palomitas de maíz; que lo otro exista, claro, es necesario, pero los cineastas no podemos olvidar que el cine es memoria e identidad, que el cine es ideología, que la gran pantalla es el espejo de una nación y que en él deberíamos vernos reflejados en toda nuestra diversidad y perversidad, en toda nuestra grandeza y bajeza.

Que en él deberíamos señalar a los responsables de este desaguisado medieval en el que estamos sumidos, porque esos responsables ya tienen una “caja tonta”, una pantalla en cada hogar, con la que repiten hasta el cansancio los mismos discursos alienantes, machistas, clasistas, racistas, que optan por una visión miserable del ser humano.

Los cineastas, que somos demiurgos creadores de universos, que tenemos la posibilidad de manipular el tiempo y el espacio, que existimos sólo porque la luz existe, sabemos bien que el ser humano lo es todo, divino y canalla, asesino y creador, genio e imbécil, pero siempre, y en todo caso, merecedor de dignidad.

1. Esta leyenda está en algún libro, que algún día, en algún lugar leí o creo haber leído, acaso leer e inventar sean lo mismo, no lo sé. En todo caso, con fuentes o no, la leyenda es didáctica.  

* Guionista, productor, editor y director de cine de la Escuela Superior de Artes de Praga, máster en Escritura de Guiones Cinematográficos de la Universidad Autónoma de Madrid, con estudios de doctorado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona, becado por la Fundación Carolina para Desarrollo de Proyectos Cinematográficos Iberoamericanos, ha sido profesor y asesor curricular en las universidades Javeriana y Andes y profesor en universidades españolas. Ha dirigido 7 largometrajes, el último de ellos, Postales colombianas, porque Colombia no es sólo pasión se estrenará en las salas de Procinal a partir del 18 de noviembre.

Para ver las notas de pie de página, pose el mouse sobre el número.

 

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Comentarios  

Catalina Saat
0 # Catalina Saat 15-11-2011 09:40
Excelente artículo, faltó comentar sobre la producción de video y publicidad, la cual es la forma más evidente de mostrar cuerpos colonizados y formas de exclusión en las que se establecen parámetros de belleza y cliches, que incluso ya han sido revaluados en las formas de producción audiovisual de otros países.

El estereotipo de la mujer despampanante en todo producto audiovisual ya no funciona, hay que representarnos y resignificarnos ... ese es el reto de los creadores audiovisuales. Acá no todas y todos somos rubios y delgados, hay una diversidad que se debe transmitir.
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