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Lo primero es lo primero: Colombia tiene con qué

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

gustavo wilchesTenemos que adaptarnos al cambio climático y a la variabilidad climática, asegurar la disponibilidad y el acceso al agua, garantizar la seguridad alimentaria y reafirmar nuestra identidad respecto del territorio. El mundo está cambiando, Colombia tiene con qué, y el momento es ahora.

Gustavo Wilches-Chaux*

Nuevas amenazas, más resiliencia

No voy a afirmar en este análisis nada que no haya dicho múltiples veces en conferencias, en otros artículos, en mis blogs y hasta por Twitter: la prioridad absoluta de Colombia en este momento de la historia planetaria y humana debe ser fortalecer integralmente la resiliencia de nuestros territorios.

Es decir, fortalecer su capacidad para absorber sin traumatismos los efectos de los cambios múltiples, complejos y profundos, de todo tipo, que está experimentando la Tierra y que serán cada día más fuertes a medida que avancen los tiempos, que aumente la población y que se profundicen las inequidades (o iniquidades) entre países y seres humanos. La resiliencia incluye la capacidad de los ecosistemas, de las comunidades y las instituciones que conforman el territorio, para recuperarse oportuna y adecuadamente cuando no se haya logrado evitar un desastre.

telaraña

La resiliencia incluye tanto la fortaleza de la telaraña para aguantar los efectos adversos de un “balonazo”, como la capacidad de la araña para volver a tejer la telaraña cuando ésta resulte afectada. 

Me refiero, claro, a la necesidad de afrontar las amenazas generadas por el cambio climático, pero no exclusivamente a esa categoría de amenaza. Me refiero a la que la Directora del Fondo Monetario Internacional anuncia, día de por medio, como un colapso inminente del sistema financiero internacional. En una declaración difundida por los medios internacionales a mediados de diciembre, advertía la señora Lagarde sobre el riesgo de una Gran Depresión como la de los años 30, que como sabemos, se terminó “resolviendo” años después con la Segunda Guerra Mundial.

Me refiero a las múltiples consecuencias que la crisis económica global tendría sobre la economía y sobre la calidad de vida de las comunidades de nuestro país, de lo cual es apenas un síntoma la reducción de las remesas que envían los colombianos residentes en el exterior y que en muchos casos se habían convertido en la principal fuente de ingreso familiar.

En caso de agudizarse y generalizarse la crisis, resulta previsible una eventual disminución internacional de la demanda por productos colombianos, con su secuela de desempleo. En particular en regiones que han cambiado la vocación de sus suelos, antes productores de alimentos y de recursos y servicios ambientales, para dedicarlos ahora a la minería, a monocultivos, a parques industriales y a zonas francas con miras a la exportación.

Los habitantes de varios municipios del centro de la Sabana de Bogotá[1], antes eran productores eficientes de alimentos. Hoy se ven obligados a mercar en “grandes superficies” de Bogotá.

Me refiero también a la crisis alimentaria que hoy afecta de manera muy grave a varios países, principalmente del África, pero frente a la cual ya ningún país puede considerarse inmune, especialmente en un escenario de cambio climático global.

En su informe de octubre de 2011 sobre “Perspectivas de cosechas y situación alimentaria”, tras presentar un cuadro optimista sobre la producción de cereales en el mundo, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus iniciales en inglés) afirma que “a pesar de estas perspectivas positivas para la producción, su impacto en la seguridad alimentaria mundial sigue siendo incierto dada la actual desaceleración económica internacional. El empeoramiento de las perspectivas de recuperación de la economía mundial y el riesgo acentuado de una recesión pueden determinar un aumento del desempleo y una disminución de los ingresos, particularmente para las personas pobres y vulnerables de los países en desarrollo.”

Y claro, me refiero a la crisis climática, que de acuerdo con el Informe sobre Desarrollo Humano IDH 2011 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) puede tener un impacto negativo muy grande sobre los factores que determinan la calidad de vida de los seres humanos.

Ese impacto negativo se prevé mayor, obviamente, en la medida en que sea mayor lo que el informe llama “desafío medioambiental” y “desastre medioambiental”, con efectos más graves sobre los países con un IDH menor y sobre los sectores más pobres de los países con IDH más alto.   Cuatro prioridades

Colombia debería concentrar todas sus políticas públicas, las políticas de responsabilidad social de sus empresas y las expectativas de sus comunidades y de sus movimientos sociales, en lograr cuatro objetivos interdependientes (cada uno de los cuales está contenido en los demás):

1. Garantizar la disponibilidad y el acceso al agua en la cantidad y con la calidad necesarias para satisfacer las necesidades de los hoy casi 50 millones de habitantes, las necesidades de la producción y las de los miles de especies no humanas que también habitan y forman parte integral del territorio y de las cuales dependen la integridad y la biodiversidad de los ecosistemas.

Tarde o temprano el país deberá retomar la discusión sobre el agua como derecho fundamental, lo cual no se limita al discutido “mínimo vital gratuito”, sino que debe incluir el derecho a la conservación de los ecosistemas estratégicos de los cuales depende su disponibilidad. El país sí tiene con qué.

2. Fortalecer la resiliencia climática de todos los territorios colombianos que comprenden ecosistemas, comunidades e institucionalidad. Los efectos de las lluvias que desde 2010 vienen cayendo en forma casi ininterrumpida, demuestran que somos incapaces de convivir sin traumatismos con las dinámicas climáticas, particularmente con estas condiciones extremas atribuibles a La Niña o al cambio climático.

Sin embargo, fenómenos como la interrupción de carreteras como las que unen al centro con el occidente del país por La Línea o por el páramo de Letras, o a Cali con Buenaventura, o a Cúcuta con Bucaramanga, o la ruptura del Canal del Dique, no son nuevos, sino que se repiten con cierta frecuencia desde hace muchas décadas, lo cual demuestra que no solamente estamos inadaptados al cambio climático (entendido como lo “anormal”), sino también a la variabilidad climática, es decir a esa característica propia y normal del clima que consiste en que cambia de manera permanente.

La resiliencia de los territorios depende de su integridad y de su biodiversidad. Esta última no es puramente biológica, sino que está estrechamente ligada con la diversidad étnica y cultural, de la cual, de una u otra manera, formamos parte todos los habitantes de Colombia.

Recordemos que los escenarios de cambio climático elaborados por IDEAM indican que muchos territorios colombianos que hoy están inundados, serán afectados en el futuro por la elevación de la temperatura ambiental, por fuertes y prolongadas sequías y por todos los efectos derivados de ese desastre lento y continuado.

El país sí tiene con qué.

3. Garantizar la seguridad, la soberanía y la autonomía alimentarias. Se trata de desarrollar en forma sostenible la capacidad del territorio colombiano para producir, por lo menos, los alimentos que los habitantes necesitamos para garantizar una nutrición adecuada.

Esto, como es obvio, está ligado con la disponibilidad de agua, con la fertilidad de los suelos y con la capacidad de los ecosistemas de ofrecer los demás recursos y servicios ambientales que requiere la producción.

Y por supuesto, requiere acceso de campesinos y pescadores al suelo y a los cuerpos de agua, conocimientos necesarios para producir en condiciones ambientales cambiantes, redes de comercialización y otras formas de intercambio que están en vigencia en varias comunidades del país.

No sería admisible que con motivo de la caída de las bolsas asiáticas o europeas pasaran hambre los habitantes de los distintos territorios colombianos en sus zonas urbanas y rurales. No estamos hablando de aislamiento ni de autarquía, sino del control que Colombia debe ejercer sobre la producción y distribución de los alimentos de los cuales depende su viabilidad como nación.

El país sí tiene con qué.

4. Cultivar nuestra identidad. En este término incluyo las condiciones objetivas y subjetivas que nos permitan a quienes formamos parte del país, saber y sentir que, efectivamente, pertenecemos al territorio y que el territorio nos pertenece (más allá del concepto estricto de la propiedad privada sobre un predio determinado).

Incluyo también la existencia de condiciones que permitan que valores como la solidaridad, la reciprocidad, la equidad, el respecto a la diversidad y la responsabilidad en todos sus aspectos, sean ejercibles.

Oímos con frecuencia que hay que “enseñar valores” o “recuperar valores”, pero lo cierto es que en la práctica se sanciona a quien los practica y se premia a quien los viola.

La construcción de identidad requiere recuperar y valorar la memoria individual y colectiva y asumir cambios profundos en la educación a todos los niveles, desde el pre-escolar hasta los postgrados universitarios.

Todas las universidades colombianas deberán redefinir el perfil de sus egresados; todas las profesiones deberán ejercerse con verdadera y eficaz responsabilidad frente al territorio y las generaciones presentes, y con responsabilidad intergeneracional.

El desastre que hoy vive el país es consecuencia, precisamente, de que durante muchas décadas se intervino sobre el territorio sin una verdadera responsabilidad intergeneracional.

La identidad nos debe otorgar sentido histórico, sentido ético y político (posibilidad de tener en la cabeza un modelo de país), capacidad de comprensión del momento y de la crisis y, por supuesto, ganas de existir.

El país sí tiene con qué.

Adaptarse o desaparecer

La adaptación al cambio climático y en general la resiliencia frente a las distintas dinámicas del mundo, es ante todo, un reto, un derecho y un deber profundamente cultural. No me cabe duda alguna de que la especie humana se encuentra hoy en un cruce de caminos tan desafiante, como el que tuvo que afrontar la vida hace dos mil millones de años, cuando como resultado de la actividad de la vida misma, irrumpió en la atmósfera el oxígeno gaseoso.

Muchas especies desaparecieron entonces vencidas por la “oxidación”. Otras se vieron obligadas a pasar a la clandestinidad, a lugares que todavía las protegen de la presencia del gas. Y otras, nuestros antepasados aeróbicos, no solamente se adaptaron a convivir con el oxígeno gaseoso, sino que inventaron la respiración, ese ritual de la vida sin el cual no podríamos existir.

Una vez garanticemos agua, resiliencia climática, seguridad alimentaria e identidad, que se venga lo que tenga que venir, pues estaremos en capacidad de aguantar y de avanzar hacia un mundo ojalá con mejores condiciones para existir con calidad y dignidad.

El país sí tiene con qué.

* Especialista en gestión del riesgo y gestión ambiental, "ex alumno del terremoto de Popayán (1983) y el de Tierradentro (1994), con un postgrado en el del Eje Cafetero (1999)". Fue director del SENA del Cauca, de la Corporación Ecofondo y de la Corporación NASA KIWE, autor de más de 20 libros y consultor nacional e internacional sobre la materia.

twitter1-1 @wilcheschaux

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Comentarios  

Mauricio
0 # SugerenciaMauricio 05-06-2016 11:37
Mi sugerencia es, que en el numeral 3) del apartado "Escribir un comentario", en lugar de "... cualquier tipo de discapacidad", diga "... algún tipo de discapacidad".
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