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Agricultura y ruralidad: una alternativa para Colombia

(Tiempo estimado: 6 - 12 minutos)

gabriel rosas vegaPese al atraso del campo y a que la agricultura está de moda en el mundo, Colombia se ha olvidado del uno y de la otra. Es hora de tomar en serio las ventajas que tenemos y de adoptar políticas competitivas y modernas. Una propuesta para los veinte años próximos.

Gabriel Rosas Vega*

La cenicienta de las políticas públicas

No obstante ser el epicentro de la violencia que por tantas décadas ha azotado al país y de contera ser la actividad en la que la pobreza y la miseria se convierten en obstáculo infranqueable para que muchos colombianos  eleven la calidad de sus vidas, la sociedad colombiana no ha querido tomar una opción por la agricultura y la ruralidad.

Poco convencidos de que las faenas ligadas al campo son un instrumento de desarrollo fundamental para alcanzar el Objetivo del Milenio, los responsables de formular las políticas públicas esporádicamente colocan al sector en un lugar destacado de sus preocupaciones. Quienes así proceden olvidan que son escasas las ocasiones en que otros países han tomado la opción de sacrificarlo. Tal fue, en el pasado, la decisión de Inglaterra que optó por abastecerse de alimentos y bienes agrícolas desde sus colonias.

La realidad es que la generalidad de los países, hoy industrializados, en algún momento de su evolución socioeconómica definieron por distintas razones, establecer sistemas de protección de sus agricultores, estímulos a los productos agrícolas y bonificaciones a las exportaciones. Para no ir demasiado lejos, basta aludir a la política de la Unión Europea y a los casos de Estados Unidos y Japón que no han vacilado en tomar medidas de protección.         

La idea no es competir en subsidios

Lejos de presentar los argumentos a favor de la agricultura en el contexto del caduco discurso agrarista e insinuar participar en la imposible competencia de los subsidios, es evidente que en el siglo XXI la agricultura vuelve a aparecer como un instrumento fundamental para el desarrollo sostenible y la reducción de la pobreza. Dadas las circunstancias actuales, caracterizadas por grandes desafíos e incalculables oportunidades, es hora de volver a colocar en el centro del programa de desarrollo a este sector. La sola mención de los cambios en el consumo -provocados por el rápido crecimiento del ingreso y la acelerada urbanización- que están determinando la diversificación, en particular en las economías en transformación; la aparición en el escenario de nuevos protagonistas -China, India y los países del sur-este asiático-; la aguda escasez de agua; los efectos inciertos del cambio climático; y, las promesas y los riesgos que entraña el uso de materias primas agrícolas para la producción de energía, configuran un cuadro de referencia que bien vale la pena explorar a fondo para buscar por todos los medios posibles salir de la encrucijada en que nos encontramos como sociedad.

A escala mundial, la agricultura está experimentando grandes cambios. Los más significativos escenarios agrícolas del orbe están registrando transformaciones institucionales, tecnológicas y comerciales. El desafío de reconversión, adecuación o transformación productiva está presente en muchos países y está siendo enfrentada de distintas formas. 

La sobreoferta derivada de los subsidios a la producción y el éxito de la revolución verde en ciertos países en desarrollo provocó una caída persistente en los precios de los granos. No obstante, esos tiempos quedaron atrás y ahora es posible apreciar el surgimiento de nuevas producciones y de nuevos mercados para colocarlo. Asistimos a un cambio estructural tanto en las agriculturas como en los mercados del universo. Los campos productivos acusan la permanente incorporación de nuevos bienes y de nuevas tecnologías orientadas a aumentar la productividad y la rentabilidad, entre las cuales el desarrollo de la biotecnología constituye una verdadera revolución. Entonces, la idea no es competir en subsidios o en sistemas superados de producción; sino en ponerse a tono con los tiempos que corren, aprovechando las novedosas oportunidades que ofrece el sector en sus relaciones  con el mundo interior y exterior.

Protagonistas: la ciencia y el cambio tecnológico

Con una creciente escasez de recursos -agua, tierra y dinero-, no cabe duda de que la futura producción de alimentos depende del aumento de los rendimientos de los cultivos y de la productividad de las actividades agrícolas y pecuarias. Pero, como lo anota el Banco Mundial en su Informe sobre el Desarrollo, la perspectiva del progreso tecnológico tiene tantos elementos positivos como negativos, que por supuesto aumentan la incertidumbre. No significa esto que la norma de conducta a seguir sea la de sentarse a esperar a que pase el cadáver del vecino. El mundo se encamina hacia una nueva revolución tecnológica en la agricultura, mediante el uso de nuevas herramientas de biotecnología para generar importantes ganancias de rendimientos y en ese proceso hay que estar, corriendo el riesgo de tener tropiezos y aún fracasos.

Con la globalización -no obstante la crisis, llegó para quedarse- y las nuevas cadenas de oferta, los agricultores y los países necesitan innovar de manera continua para responder a las cambiantes demandas de los mercados y seguir siendo competitivos. Con el cambio climático, tendrán que adaptarse en forma gradual. Estos cambios implican que la tecnología tenga un protagonismo mayor y que, por tanto, la orientada hacia el desarrollo deberá ir mucho más allá del mero incremento de los rendimientos, hacia el ahorro de agua y energía, la reducción del riesgo, el mejoramiento de la calidad de los productos y la protección del medio ambiente.        

Escasez de tierra y de agua

Aunque muchas personas no lo crean, la menor disponibilidad de tierra en el mundo es un hecho. El incremento de la población y el irreversible proceso de urbanización han producido el fenómeno de cierre de la frontera agrícola en las zonas más pobladas, generando con ello dificultades para la producción de alimentos.

A pesar de que Colombia no se encuentra en esas circunstancias y que algunos estudios sostienen -en cuanto áreas de cultivo-, que existe margen suficiente para ampliar la frontera agrícola, con buenas razones otros estiman que el país se encuentra dentro de las naciones latinoamericanas con menor disponibilidad relativa de suelos arables. De acuerdo con informaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, únicamente el 3,6% de la tierra total puede ser incluida dentro de esa categoría.

Empero, las cosas no paran ahí; a lo anterior se añade el uso inadecuado de las tierras. Según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, IGAC, en Colombia hay nueve millones de hectáreas aptas para la agricultura, pero se utilizan para este fin únicamente 4,5 millones. Y más aún; la estructura y tenencia de la tierra constituyen un cuello de botella para la producción agrícola. La alta concentración de la propiedad es un factor que contribuye a la pobreza. Esta misma entidad reporta catastralmente 82,1 millones de hectáreas rurales, de las cuales el 53,5% lo poseen el 0,06% de los propietarios (44 millones de hectáreas); mientras el 35,8% de éstos apenas tiene el 0,42% de la tierra.

Desde otro ángulo es necesario advertir que la agricultura utiliza una importante cantidad del agua fresca y la irrigación va en aumento, aunque a ritmo reducido frente a las necesidades del sector. La demanda por agua, tanto para usos agrícolas como no agrícolas, está aumentando y la escasez se va insinuando en el horizonte cercano del desarrollo nacional, generando con ello una expectativa de seria limitación para la futura expansión de la irrigación y por ende de la producción. Como el desarrollo de nuevas fuentes de agua es costoso, fácil es concluir que existe una limitación importante para la expansión y la construcción de nuevas represas, lo cual puede implicar elevados costos ambientales y de reasentamiento humano.

Calentamiento global

El cambio climático o calentamiento global es uno de los aspectos de mayor incertidumbre para el sector agropecuario. Si las emisiones de gases continúan al ritmo actual, la temperatura mundial promedio es probable que aumente en 2° a 3°C durante los próximos 50 años, con implicaciones sobre las lluvias y la frecuencia e intensidad de los fenómenos climáticos externos.  Con un moderado calentamiento es posible esperar que los rendimientos de los cultivos disminuyan en las zonas tropicales como Colombia. Pero, los efectos combinados de más altas temperaturas promedio, mayor variabilidad de éstas y la precipitación, más frecuentes e intensas sequías y una reducida disponibilidad de agua para la irrigación, pueden resultar devastadoras para regiones como las nuestras. Conforme lo revelan los estudios, las implicaciones más importantes del cambio climático se presentan en la distribución de la producción agrícola.  En un mundo globalizado, parte de la adaptación se puede lograr a través del comercio si se diseñan medidas que aseguren la existencia de formas alternativas de soporte para los que resulten más afectados.  No obstante, poco se puede confiar en estas posibilidades, pues el comercio no está en capacidad de llenar la brecha que se produzca.

 Conciliación de políticas

Después de la locura de los primeros años de la década de los noventa, cuando prácticamente se proscribió la política sectorial, durante los últimos se ha postulado -con relativo éxito- una estrategia coherente con la política macroeconómica. En general, no se ha pretendido hacer muchas excepciones con la agricultura, aunque por supuesto no se desconoce el hecho que el ámbito agrícola requiere de grandes esfuerzos en horizontes prolongados.  Aún con inocultables vacilaciones, se ha aspirado a que el marco general orientador de la actividad económica y social se extienda sobre el conjunto del país y también sobre el sector rural.

Como quiera que para alcanzar el éxito es necesario que exista un acuerdo en el interior del gobierno entre quienes están a cargo del manejo de la política macroeconómica y quienes encabezan la gestión sectorial, el primer paso debía ser lograr este acuerdo, con el objeto de definir una orientación coherente y estable.  A juzgar por los resultados, esta posibilidad todavía está pendiente y lo que hay dista mucho de ser lo deseable.  Basta para el efecto observar las distorsiones que se producen en la actividad por cuenta de la falta de claridad en el tratamiento sectorial desde el ámbito macro.

La producción agrícola y la economía rural son altamente sensibles al comportamiento del resto de la economía nacional e internacional y exigen un equilibrio entre lo que ocurre en los mercados externos y las políticas internas.  Para la actividad exportadora, por ejemplo, un factor determinante lo constituye la tasa de cambio.  El impacto de las caídas de este precio sobre el sector es muy significativo, pues no existen medios idóneos para evitar su resentimiento.  Aquí la falla es protuberante.

Transformación a largo plazo

Es claro que la transformación es un proceso paulatino de ajuste del sector a las oportunidades que ofrecen los mercados nacionales e internacionales en el marco de una economía abierta.  Pero eso no puede implicar un paso lento en las acciones y las decisiones.  Se trata de armonizar los elementos propios de una tensión entre la realidad y el cambio. Transformar es impulsar el cambio asumiendo con prudencia las realidades socioeconómicas actuales del sector y emprendiendo con gran vigor la construcción de alternativas y oportunidades.

El ritmo de cambio en el sector es lento.  Esta es la experiencia histórica, bajo distintas condiciones macroeconómicas o políticas.  Entonces, el tiempo es una dimensión esencial que debe ser considerada en todo el proceso de transformación productiva de la agricultura. Esa dimensión necesita ser expresada en un calendario de mediano y largo plazo en el cual los acuerdos tengan vigencia y validez. Todos los agentes económicos y sociales debieran asumir las responsabilidades comprometidas en dichos calendarios.  ¿Por qué no asumir el compromiso de sacar  al sector de su postración en los próximos 20 años?

 

* Cofundador del Nuevo Liberalismo, ex ministro de Agricultura, profesor universitario, columnista y autor de numerosos libros y artículos académicos. 

 

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