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¿Se puede construir la paz con fútbol?

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Torneo de caballeros alemanes en 1480.

Imagen del contacto A raíz de la reciente invitación del presidente Santos a James Rodríguez para hablar de fútbol y paz en Colombia, un experto analiza la relación histórica entre deporte, política y paz, y cómo ha sido utilizada por políticos y gobiernos.

David Quitián*

Civilización y deporte

Como casi toda historia narrada en Occidente, todo empezó con los griegos: la cultura helena nos ofrece abundantes relatos sobre la ekecheiria, o tregua sagrada, cuando  cesaban las hostilidades que hubiese en el momento para permitir a los atletas ir y volver de Olimpia para participar en las justas deportivas.

En la Edad Media hubo una lenta transición entre la guerra de tierra arrasada (de quemas, saqueos, violaciones) a las que serían llamadas “guerras caballerescas”, donde las partes se hacían concesiones mutuas y respetaban pactos, entre ellos, días de descanso en las refriegas militares que eran usados para enfrentamientos de esgrima, arquería y puntería entre soldados de los ejércitos en contienda.

El fútbol sirve para casi cualquier cosa: desde vender ropa interior, cerveza o autos, hasta conseguir votos en las elecciones o vender ilusiones de paz. 

Esa “humanización” de la guerra  mediante el deporte (uso este término al no haber otro disponible, ya que el deporte moderno nació en el siglo XIX) tuvo su expresión más excelsa en los torneos de caballería y en los duelos entre hidalgos, que reemplazaron a las batallas y cambiaron la aniquilación real por la simbólica. Ahora los otros no eran enemigos, sino adversarios.

Un último estadio de este trasegar de las guerras y la paz lo encontramos con el origen del parlamento (o congreso) que, según el sociólogo Norbert Elias, es fruto de un proceso civilizador: se pasó de la barbarie a la civilización y uno de los vehículos de esa transformación fue el deporte.

Deporte entendido como un universo simbólico, que exalta los principios del estamento aristócrata, como la preservación del honor. Así, no valía derrotar al rival a no ser que fuese con “fair play” (juego limpio). Ese nuevo protocolo preveía el acuerdo de reglas de conducta (un ethos) que fue cambiando la violencia física por otras armas más civilizadas, como la disuasión y la persuasión propias del mundo de los congresistas.

El Presidente Santos durante el partido de Colombia en los octavos de final en el Mundial de de Fútbol del 2014.
El Presidente Santos durante el partido de Colombia en los octavos de final en el
Mundial de de Fútbol del 2014.
Foto: Presidencia de la República

Deporte y paz en la modernidad

Otro sociólogo, Jean-Marie Brohm, se sorprende de que en las protestas de Mayo del 68 los jóvenes franceses hubiesen decapitado todas las instituciones sociales y no dijesen nada sobre el deporte. Para él ya había indicios serios de su propensión a servir a  regímenes tiránicos, como aconteció con Mussolini en el Mundial de Fútbol de 1934 y luego con Hitler en los Olímpicos de 1936.

Todo ello, sin sumar su uso político en la Guerra Fría, que escenificó en las pistas atléticas, campos de juego y piscinas olímpicas, las tensiones entre los dos bloques. También se ha planteado desde la perspectiva marxista la alienación que produce el deporte en las camadas populares por cuenta de la evasión de la realidad: pan y circo para el pueblo.

Todos estos argumentos nos hacen pensar que el deporte no es tan neutral ni inofensivo como parece, que es otra dimensión del mundo de la vida y que por tanto está atravesado por las imperfecciones que nos constituyen como sujetos.

Fútbol y la política

El fútbol, como decía la antropóloga Simoni Lahud Guedes, es una actividad versátil, capaz de ser vaciada de un contenido para ser llenada por nuevos. En otras palabras, el fútbol sirve para casi cualquier cosa: desde vender ropa interior, cerveza o autos, hasta conseguir votos en las elecciones o vender ilusiones de paz.

Por eso ahora lo vemos instalado como un asunto de Estado. Son muchos los episodios del último medio siglo que, por un lado, confirman la apropiación que han hecho las élites políticas del fútbol y, por otro, muestran  ejemplos de heroísmos que se le resisten. Recordemos algunos: el del dictador Jorge Rafael Videla y su uso maquiavélico de la Copa Mundial de Fútbol de 1978, celebrada en Argentina, o el de Augusto Pinochet, quien destinó de forma macabra el Estadio Nacional de Chile para centro detención y torturas de la oposición.

Igual pasó con la Selección de Brasil de 1970, descrita como afecta al régimen militar de Emilio Garrastazu Médici, y que acabó de campeona en el estadio Azteca de Ciudad de México: en un comienzo el pueblo se atrevía a chiflarla, pero poco a poco empezaron a aplaudirla y a gritar de emoción por su tricampeonato en copas de la FIFA.

Sorprende lo temprano que el fútbol inició su incidencia sobre la vida política de Colombia: en 1896 fue creado el Polo Club de Bogotá que fomentó (además de la hípica) la práctica del balompié en su campo de La Magdalena (actual Teusaquillo). Un grupo de estudiantes llegados de Inglaterra y socios del Polo fundaron, en 1902, el Bogotá Foot-ball club, para impulsar hechos de paz ante el suplicio que significó la Guerra de los Mil Días, que estaba acabando.

Con algo de ironía aquel grupo de entusiastas era liderado por un tal Álvaro Uribe y secundado por los hermanos Samper Brush. Años después, el mismo Álvaro Uribe sería proclamado, en el colegio de San Bartolomé como el patrón del fútbol en Bogotá.

Otro momento significativo fue el “Bogotazo”, que impidió que la inauguración del campeonato nacional, programada para abril de 1948 – que hubo de aplazarse hasta agosto de ese año-. Aquí el futbol cumplió un papel preponderante: en palabras del sociólogo Rafael Jaramillo, se pasó de los sectarismos políticos a los sectarismos futbolísticos. La Violencia bipartidista apaciguó su crudeza con los goles de las estrellas de El Dorado, como una especie de proceso pacificador- civilizatorio.  

Un episodio más que, dada su ordinariez, es memorable fue la orden gubernamental para que los canales dejasen de transmitir los hechos del Palacio de Justicia, tomado por el M-19 en noviembre de 1985, para transmitir un juego entre Millonarios y Unión Magdalena.

El Estadio Olímpico de Berlín en 1936.
El Estadio Olímpico de Berlín en 1936.
Foto: Wikimedia Commons

Santos, el fútbol y la paz

Santos no es el primer mandatario que instrumentaliza el fútbol en Colombia. Antes de él, Andrés Pastrana y Ernesto Samper pasaron sendos comerciales en plena Copa USA 94, el primero parodiando el 5 a 0 contra Argentina, y el segundo usando al “Pibe” Valderrama para que invitara a votar por el No. 10 del tarjetón.

Después, Pastrana haría de la Copa América de 2001, realizada en Colombia y ganada por los dirigidos por Maturana, una especie de cruzada nacional que demostrase al mundo lo amables, hospitalarios y pacíficos que éramos los colombianos.

No obstante, lo de Santos es diferente: consiguió reactivar relaciones con el vecindario continental, enfriadas durante los gobiernos de Uribe, elaborando agendas bilaterales de cancillería con los países partícipes de la Copa América de Argentina 2011.

Santos, de forma calculada y hábil, logró colarse en esa senda victoriosa que llevó a la Selección a la Copa de Brasil.

Luego aprovechó el Mundial Sub-20 2011 (organizado por Colombia) para empezar a trabajar dos ideas: la unidad nacional (nombre que le daría a su alianza de partidos) cuando asoció esa Copa con la de Rugby que Mandela canalizó para la reconciliación de Sudáfrica (incluso trajo al capitán Piennaar) y con su lema: “La paz está en el deporte”.

Ambas ideas pueden verse en los comerciales de televisión donde se muestra un país unido pese a su diversidad en torno al fútbol, y con la invitación expresa a los guerrilleros a desmovilizarse (incluso se ven soldados arrojando balones firmados por la Selección desde un helicóptero a las selvas).

Finalmente, el clima de euforia de las eliminatorias, en las cuales el equipo de Pékerman sumó éxito tras éxito, le permitió soltar la idea de los diálogos en La Habana. Santos, de forma calculada y hábil, logró colarse en esa senda victoriosa que llevó a la Selección a la Copa de Brasil y desde allí le habló a la nación en clave futbolera: “clasificamos como sociedad, dentro del grupo de países que están haciendo las cosas bien”; “somos cabeza de grupo no solo en el Mundial, sino también en economía y mejora de la calidad de vida”.

Fue tan seductora la simbología que empleó Santos, que sus dos contradictores (el militar y el político) compraron ese discurso: las FARC, desde La Habana, emitieron un comunicado con la camiseta de la Selección que Santos usaba. Luego, ya en plena Copa, los guerrilleros enviaron mensajes de twitter y comunicados en su página, en los que se ubicaban “del mismo lado” al celebrar los triunfos de los “muchachos” de “nuestro equipo”.

El otro que compró el discurso de Santos fue el uribismo: en una sesión de control político del congreso, la exministra de comunicaciones del gobierno Uribe, la senadora María del Rosario Guerra, pretendió denunciar el fraude en las últimas elecciones presidenciales, mostrando fotografías de santistas que vestían la camiseta de la Selección Colombia. Por increíble que parezca, se asociaba la alianza de Unidad Nacional con la camiseta del equipo nacional.

El resto lo sabemos de memoria: Santos ganó la segunda vuelta justo después del auspicioso partido debut ante Grecia en la Copa Mundial. Desde entonces, ha bajado la intensidad de la relación deporte-paz, hasta ahora, que ha revivido con la invitación del mandatario al Real Madrid y a James Rodríguez para que hablen de los aportes del futbol a la paz. De este encuentro es poco lo que podemos esperar, porque (la historia lo ha demostrado) el poder del fútbol está en todo lo que se pueda extraer de su magia dentro de la cancha.  
 

* Sociólogo y magíster en Antropología de la Universidad Nacional radicado en Rio de Janeiro, donde hace un doctorado en antropología en la Universidad Federal Fluminense, profesor de la UNAD de Colombia y miembro fundador de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). ​

@quitiman

 

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