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¿Qué pasó con la bonanza? Un nuevo capitalismo para Colombia y el mundo

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Cesar FerrariAhora que somos otro país donde fracasó el modelo basado en exportar materias primas, es tiempo de estudiar las nuevas tendencias del capitalismo, la tecnología y la geopolítica para encontrar salidas más inteligentes.  Un texto refrescante.

César Ferrari*

Campo de extracción petrolera

¿Hubo bonanza?

Se supone que durante los últimos años hubo una bonanza en Colombia y que deberíamos haber registrado un aumento del ingreso que mejoró la calidad de vida de la población, redujo la pobreza y disminuyó la inequidad.

Pero, ¿se dieron estas cosas? No. No vimos ninguno de estos avances. Hubo mejoras relativas, pero nada que pueda considerarse significativo, ni mucho menos paradigmático - al estilo, digamos, de varios países asiáticos-.

Durante los últimos años en Colombia y en casi toda América Latina hubo un crecimiento de la economía de alrededor de 4 por ciento promedio anual, muy inferior al crecimiento de los países asiáticos. Durante las últimas tres décadas China creció a una tasa promedio del 10 por ciento anual y se convirtió en la segunda economía del mundo. Poco antes, los llamados “tigres”  (Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong) crecieron a tasas similares. Así pasaron de ser economías más atrasadas que las latinoamericanas a ser países de reciente industrialización en pocas décadas.

Según cifras del Banco Mundial, entre 1990 y 2013 el PIB per cápita de Colombia creció al 2,04 por ciento promedio anual, mientras el chino lo hizo al 9,03 por ciento; y entre 2000 y 2013 el PIB per cápita colombiano creció 2,79 por ciento, y el chino, 9,23 por ciento.

No hubo bonanza latinoamericana ni colombiana, y las tasas latinoamericanas fueron mediocres comparadas con las asiáticas.

En resumen, no hubo bonanza latinoamericana ni colombiana, y las tasas latinoamericanas fueron mediocres comparadas con las asiáticas. Las verdaderas bonanzas fueron las de China y de los tigres asiáticos, sostenidas durante varias décadas.

Si no hubo bonanza, ¿qué hubo entonces? Lo que hubo durante casi una década fue un aumento de los precios internacionales de las materias primas que generó unos enormes ingresos para sus exportadores. Esta subida fue estimulada por el tremendo crecimiento asiático, debido en mucho a la pérdida de competitividad de las manufacturas estadounidenses y europeas, que convirtió a China en la fábrica del mundo.

Pero ese ciclo de precios internacionales elevados se acabó y los conocedores dudan de que se recupere en varios años. La cuestión es que Colombia y, en general, los países latinoamericanos dependen de esos precios. Se llegó a esta dependencia porque, por lo menos durante los últimos veinticinco años, casi todos ellos aceptaron en su política económica la ideología neoconservadora, que en América Latina se llamó neoliberal.

La política neoconservadora

El economista norte-americano Paul Krugman.
El economista norte-americano Paul Krugman.
Foto: Center of American Progress

Fueron las políticas neoconservadoras las que, en primer lugar, produjeron la “re-primarización” y la desindustrialización de las economías latinoamericanas. Y de allí nuestra actual dependencia de los precios internacionales.

Además, estas políticas mantuvieron el rentismo existente en muchos de los mercados de servicios y convivieron con la antigua ideología patrimonialista de la política y del Estado en gran parte de la clase dirigente que no distingue entre patrimonio privado y público. La corrupción fue la consecuencia directa e inevitable de esta visión.

Por todo ello, estos países no lograron superar la pobreza y, por el contrario, mantuvieron una aguda concentración del ingreso y una preocupante exclusión social, pese a las promesas en contrario.

La ideología neoconservadora, los comportamientos y las instituciones que esta produjo fueron instalándose en el mundo a partir de la década de 1980. Ese neo-conservatismo intentaba preservar los principios conocidos como el laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar) de los economistas clásicos: liberar los mercados, exponerlos a la competencia internacional y, en particular, reducir al máximo posible la intervención del Estado.

Se suponía que con libertad plena y auto-regulación de los mercados, los agentes económicos liberarían sus energías creativas, generarían mayor inversión, crecimiento económico, empleo y reducción de la pobreza. Nada de ello ocurrió. El mundo acabo por el contrario en la Gran Recesión de 2008-2009 y en una gran concentración del ingreso, documentada por el economista Thomas Piketty.  

El nuevo capitalismo

Pero el capitalismo neoconservador está cambiando como consecuencia de esta Gran Recesión, así como por los avances tecnológicos y por las críticas fundadas a la ideología detrás del modelo económico. No por casualidad Paul Krugman, premio nobel de Economía en 2008, afirmó que “la mayor parte de los trabajos en macroeconomía en los últimos 30 años han sido inútiles en el mejor de los casos o han hecho mucho daño en el peor”.

La crítica de las teorías y prácticas macroeconómicas dominantes significó retomar prácticas de intervencionismo estatal que se suponían abandonadas, pero que habían sido aplicadas con éxito ante otras recesiones y cuya inspiración se debe al economista John M. Keynes (por eso se las llama “neo-keynesianas”). Esto significó un cambio radical en la manera como ahora se manejan las grandes economías del mundo. Tarde o temprano América Latina tendrá que aceptarlo y adoptar nuevas políticas.

Pero estos no son los únicos cambios: estos son múltiples y se ven en casi todas las esferas. En la escena política europea, el rechazo de la política tradicional conduciría a una democracia de mayor participación directa de los ciudadanos, posible por la existencia de la internet y la comunicación electrónica directa en tiempo real, con un menor protagonismo de la representación. Tarde o temprano esas nuevas formas se trasladarán al resto del mundo.

Para superar definitivamente la crisis será necesario reorganizar la estructura económica de manera que cese la preeminencia de la actividad financiera sobre las actividades productoras de bienes. Esa revisión se llevará a cabo mediante  nuevas políticas monetarias, fiscales y regulatorias que controlan los excesos gerenciales y de la actividad financiera, y que se están imponiendo en los países centrales a pesar de la oposición neoconservadora.

Las nuevas tecnologías

Por su parte, las nuevas comunicaciones, el uso masivo de las computadoras, el desarrollo de las aplicaciones y el uso extensivo de internet están induciendo nuevas formas de producción, de organización empresarial y nuevas maneras de hacer negocios, cada vez más flexibles y descentralizadas.

Cada vez más las empresas se gobiernan desde un país, diseñan en otro, producen en un tercero, distribuyen en todo el mundo y se financian desde otros. Esto es acompañado por nuevas formas de gestión: sin inventarios, con una estricta selección y promoción del personal por méritos, y con procesos cada vez más complejos y sofisticados.

Cada vez más se diseña y programa por computador, se fabrica con robots o por teletrabajo, y la producción, aunque sigue siendo masiva, cada vez se hace más personalizada, a la medida del cliente, se ve cada vez más subcontratada o “tercerizada”, genera menos empleo directo y más autoempleo indirecto.

Al mismo tiempo los avances en las comunicaciones y en las aplicaciones permiten un emparejamiento creciente entre demanda y oferta, particularmente en los servicios. Uber y Airbnb son ejemplos que acabaran por ser prácticas dominantes, a pesar de la oposición actual de taxistas y hoteleros que ven peligrar su negocio, o de los temores y dudas de los Estados.

La nueva geopolítica

El economista norte-americano Paul Krugman.
El economista norte-americano Paul Krugman.
Foto: Center of American Progress

Todo esto está ocurriendo en un contexto geopolítico distinto del de hace muy pocas décadas. China se consolidará como potencia mundial con una economía que en pocos años superará a la estadounidense, y Rusia e India serán poderes regionales destacados, con economías de dimensiones mundiales, seguramente por encima de la europea.

Estos cambios ocurren también en medio de una crítica extendida contra las prácticas de producción, de transporte y de consumo que ponen en peligro nuestra “casa común”, para usar los términos del papa Francisco.

Los cambios son tantos y tan profundos que se pueda decir que estamos atravesando un cambio civilizatorio, un cambio de época. 

Si la cooperación internacional se consolida al respecto, como parecen anunciarlo las adherencias de Estados Unidos y China a la lucha contra el cambio climático, América Latina también tendrá que abandonar la depredación de bosques, páramos y fuentes de agua que han ocasionado muchos emprendimientos mineros.

¿Cambio de paradigma?

Pero los cambios ocurren también en las costumbres y en los procesos sociales. Ahora emergen nuevas formas de familia, diversas prácticas y relacionamientos sociales, una cultura juvenil cada vez más importante, así como una mayor tolerancia hacia las drogas que lleva al planteamiento de su regulación en lugar del prohibicionismo  neo-conservador, después del rotundo fracaso de la persecución y del fortalecimiento del narcotráfico. 

Tal vez los cambios son tantos y tan profundos que se pueda decir que estamos atravesando un cambio civilizatorio, un cambio de época.

Lo que sí es claro es que el capitalismo del siglo XXI está emergiendo. Este estará inmerso en una geopolítica distinta, será gestionado de una manera diversa, y contará con nuevas organizaciones políticas y empresas operando y gestionándose de modos alternativos, en medio de tecnologías que cambian y se perfeccionan aceleradamente. Muchas de esas características se darán en todo el mundo, aunque menos en los países en desarrollo.

Sin embargo, las prioridades en estos últimos seguirán siendo resolver la pobreza, la inequidad y la exclusión social. Esto implica que sus políticas económicas deberían orientarse a superar las restricciones que tienen para crecer a tasas elevadas, sostenidas e inclusivas (falta de competitividad de sus productores y reducidos niveles de ahorro e inversión) para llegar a generar empleo y autoempleo abundante y de calidad.

En Colombia este nuevo capitalismo debería basarse en las manufacturas, en el sector agropecuario, en la agroindustria y en el turismo, sectores que necesitarán, entre otros, una tasa de cambio elevada, como la actual, pero estable. Ciertamente, viene un gran desafío.

 

* Ph.D, en Economía por la Universidad de Boston, profesor titular de la Pontificia Universidad Javeriana en el departamento de Economía.

 

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Comentarios  

José Luis Cruz Vásqu
+1 # ComentarioJosé Luis Cruz Vásqu 14-09-2015 19:31
Buen análisis, la pregunta que uno se hace es: ¿cómo lograr cambios en la dirigencia o mejor, cómo lograr que entiendan la necesidad de dar ese timonazo, si ellos están bien así?
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JUAN
+1 # CUMPLIMIENTOJUAN 15-09-2015 19:03
Con globalización y cambios de paradigmas o sin ellos la política económica correcta siempre ha sido la de incentivar y desarrollar los renglones señalados, el análisis que se debe hacer es sobre las razones para no haber hecho lo que se espera y ha sido prometido durante años.
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