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La misión posible para el silencio de las armas

(Tiempo estimado: 3 - 6 minutos)

Ricardo GarciaLa verificación internacional del cese de hostilidades le sirve mucho a las FARC y le sirve a Colombia, pero además le sirve al Consejo de Seguridad de la ONU, que así endereza el camino después de varias intervenciones desastrosas en el mundo.

Ricardo García Duarte*

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La resolución

La CELAC, la comunidad que agrupa a 33 países de América Latina y el Caribe, le dio en su IV Cumbre un respaldo sonoro a la verificación internacional en un eventual alto al fuego en Colombia. Este fue un apoyo claro, fuerte y hasta entusiasta, a juzgar por las imágenes de un presidente Rafael Correa de Ecuador, el anfitrión, acogiendo con su abrazo cálido a Juan Manuel Santos.

Dos días antes el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas había atendido favorablemente una solicitud del gobierno colombiano para asumir la verificación del desarme de las FARC. El Consejo respondió casi inmediatamente mediante la Resolución 2261 de 2016, con la cual creó una misión especial para tales fines.

El Consejo tomó la decisión con contundencia, como se puede ver por la unanimidad del voto de sus miembros. El organismo no se dio ningún margen para modificar los términos del compromiso pedido, así que este será invariablemente de carácter civil y tripartito, no incluirá personal militar y reunirá la voluntad de las dos partes en conflicto, junto con los delegados de la organización internacional.

Además, incorporará el concurso de los países latinoamericanos que sean escogidos por la propia ONU, y tendrá no solo la tarea de verificación en el sentido, digamos negativo, de control y de denuncia, sino de monitoreo y asesoría en los términos proactivos de indicar alertas y recomendaciones.

Este sentido razonable, ajeno a toda injerencia indebida, demuestra un consenso generalizado entre los actores internacionales a favor de una paz negociada en Colombia. Este apoyo ya se había mostrado en el pasado, pero ahora la reiteración unánime y desde arriba deja clara la voluntad explícita de contribuir a un acuerdo final en un conflicto interno prolongado, alimentado por causas sociales reales y precipitado por estrategias insensatas.

Diplomacia y verificación

No olvidemos que la petición fue tramitada después de un previo acuerdo entre el gobierno y las FARC, una circunstancia que sin duda facilitó las cosas, además de representar una apuesta de buen jugador, sobre todo por parte de la guerrilla.

Con esta decisión la guerrilla se decidió por el lance y dejó a un lado su inclinación retrechera frente a los grandes poderes. Así, sin costo alguno ha conseguido a cambio un canal de interlocución legítimo frente a ellos. Y no se descarta que como coletazo de esta acción reciba también la buena nueva de que Estados Unidos la excluya de su lista de grupos terroristas.

En este caso, el Consejo de Seguridad, la instancia que tiene en sus manos los temas de seguridad en el mundo (y que se paraliza a menudo por el ejercicio de veto entre sus miembros permanentes), se decide a prestar sin sesgos sus buenos oficios en un escenario sin los altos riesgos de efectos colaterales, como los que se dieron con la intervención armada de algunos de sus miembros en Libia.

El Consejo tampoco va a tropezar con las dificultades insuperables, incluso sangrientas, con las que se encontraron sus cascos azules en Somalia, ni con el escollo de su desapacible ineficacia, comprobada en numerosos conflictos nunca bien resueltos.

Esta positiva recepción unánime, incluida la de la CELAC, parece respirar el aire de los tiempos, al menos una parte del aire en la inasible complejidad del mundo actual. Este no es el ambiente irrespirable de Siria, de Palestina o de los terrorismos fundamentalistas. En cambio, es el espacio de las soluciones diplomáticas, como aquella que tuvo lugar entre las potencias 5+1 con Irán, o como el deshielo entre Estados Unidos y Cuba.

En el caso colombiano, las acciones de la ONU están sintonizadas con la elaboración ideológica y diplomática que quiso presentar Obama en su último discurso sobre el estado de la Unión, donde presentó como elementos de la seguridad de una superpotencia no solo las amenazas sino también la dimensión moral de las conductas internacionales y la solución negociada de los conflictos.

Esta postura desestabiliza cualquier concepción estrecha que sobre la seguridad puedan tener, por ejemplo, los republicanos en Estados Unidos o, aquí, los uribistas, y en todas partes los halcones de distinta laya.

En la práctica, la voluntad de las partes sobre el mecanismo de verificación, y la recepción positiva del Consejo y de la CELAC no son más que las manifestaciones políticas del avance de los acuerdos y, sobre todo, de la confianza que ha nacido entre las partes por el des-escalamiento real sobre el terreno.

Cerrando los escapes

Las partes han traspasado un umbral especial entre los varios que están cruzando: el umbral que hace parpadear las luces para que ambos contendientes empiecen por igual a autoinhibirse; para que comiencen a cerrar conscientemente las puertas de escape de la guerra.

Pero en este caso lo hacen invitando a un tercero para que se las ayude a cerrar. Y lo hacen como un Ulises que incita a que lo aten a las velas de su barco para no sucumbir ante los cantos de sirena, en este caso los cantos de la guerra. Cada negociación, sobre todo entre guerreros, está hecha de mil fugas, de cientos de escapes. La eficacia de una negociación consiste en cerrar progresivamente las tentativas de fuga, los túneles de escape.

El hecho de traer a terceros de peso para la supervisión de un cese del fuego y de las hostilidades es la aceptación compartida de que las Fuerzas Armadas y la guerrilla quedan en una situación total de inhibición ante toda suerte de provocaciones.

Con este apoyo el camino para el acuerdo definitivo tendrá muchísimos menos huecos de fuga hacia la guerra. No desaparecerán del todo, pero casi.

*Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

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