Turquía y la debacle de Europa

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Culto Islam.

Mauricio Jaramillo JassirEntre las elecciones polarizadas en Europa y un referendo crucial para Turquía, las tensiones están llegando a lo alarmante. Y esto hará más difícil atender el desafío de las migraciones, que al mismo tiempo reflejan y agravan los conflictos de la zona.  

Mauricio Jaramillo Jassir*

Las relaciones exteriores de Turquía

Los problemas entre Turquía y algunos países europeos no son nuevos. Desde hace más de una década la tensión es evidente. En algunos casos esta ha alcanzado picos alarmantes, pero en otros, como resultado de la dependencia mutua, la situación se ha manejado con pragmatismo.

Tal vez la novedad más importante —y a la vez más preocupante— es la virulencia de algunas de las declaraciones de parte y parte, lo que lleva a suponer que cada vez más será más difícil limar las asperezas.

Pero no es menos preocupante la situación que está viviendo la zona como consecuencia del avance agresivo del radicalismo sunnita. Todo conspira en contra del proyecto europeo y aumenta la popularidad de los movimientos de extrema derecha que desde hace varios años vienen ganando terreno.

El nacionalismo entre los turcos ha venido en aumento durante una década, aupado por el gobierno de Recep Tayyip Erdogan, inicialmente como primer ministro y luego como presidente. La llegada del Partido de la Justicia y el Desarrollo (Adalet ve Kalkınma Partisi) produjo una transformación notoria del sistema y de la cultura política en Turquía en medio de una polarización que ha aumentado dentro y fuera del país.

En 2003, Erdogan llegó al cargo de primer ministro y desde entonces comenzó una activa política exterior que acercó Turquía a varios de sus vecinos de Oriente Medio. En el pasado, esas naciones veían con recelo a un país que a pesar de ser mayoritariamente musulmán había apostado durante un siglo a aliarse con Occidente. En 1949, Turquía se convirtió en el primer país de mayoría islámica en reconocer a Israel, y en 1952 confirmó esta inclinación al ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Pero hace poco más de diez años, gracias a la política exterior llamada “Cero problemas con los vecinos”, Turquía recuperó su prestigio en la zona y poco a poco fue reconstruyendo su relación con el mundo árabe —al que no pertenece— y con el musulmán, del que se siente parte integral.

Con Erdogan como líder y con Ahmed Davutoglu como encargado de las relaciones exteriores, Turquía no titubeó en congelar su relación con Israel —de gran importancia estratégica— por defender los derechos de los palestinos. Cabe recordar que a ello contribuyó el desproporcionado ataque del gobierno hebreo a la flotilla humanitaria que llevaba ayuda a las costas de Gaza. Con este incidente, que concluyó con la salida de los diplomáticos israelíes del territorio turco, Ankara hizo evidente su acercamiento a Palestina y reivindicó la necesidad de encontrar una salida efectiva para un conflicto que sigue sin resolverse.

Erdogan también habló de un tema tabú en su momento: el terrorismo al que recurren algunas naciones como Israel para socavar los derechos de Palestina y negar arbitrariamente que sea reconocida como Estado. Igualmente, ofreció una mayor presencia de Turquía en la reconstrucción de Irak luego de la desastrosa intervención de Estados Unidos. Este fue un gran acierto que estimuló la actividad del consulado turco en Erbil, ciudad mayoritariamente kurda ubicada en el norte de Irak.

Pero a pesar de la mejoría evidente de la imagen de Turquía en Oriente Medio y los acercamientos con América Latina, las relaciones con Europa han sido inestables y no se ha podido hallar un marco de diálogo duradero.

Acercamiento fallido

Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía.
Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía. 
Foto:  Wikimedia Commons

Sin duda, la suspensión indefinida del ingreso de Turquía a la Unión Europea (UE) colmó la paciencia de las autoridades en Ankara y de varios segmentos de la sociedad. En 2004, cuando se estaba formalizando la candidatura de Turquía para hacer parte de la UE, el 74 por ciento de los turcos consideraba positivo hacer parte de esta Unión. Pero en 2010 esa cifra había caído al 38 por ciento.

El razonamiento de Turquía es simple: Occidente la utilizó a su conveniencia para contener el comunismo durante la Guerra Fría y una vez finalizada esta descartó la posibilidad de incluirla en la UE. Y hay que recordar que Turquía hizo varias concesiones para presentar su candidatura a la Unión, como la de abolir la pena de muerte.

Aun así, Europa ha sido incapaz de lograr el consenso que permita aceptarla en su seno y algunos turcos advierten altas dosis de xenofobia en este proceso. Tenga fundamento o no, esta presunción acabó por provocar un distanciamiento que hoy parece casi irreversible.

Un tema que ha exacerbado la tensión es el apoyo que, según el gobierno turco, le ofrecen algunos países europeos al terrorismo que golpea a Turquía. Este sería el caso de Alemania, donde han recibido asilo algunas figuras de la disidencia kurda. Turquía afirma haber pedido en extradición a 4.000 personas, pero Alemania se ha negado.

Turquía recuperó su prestigio en la zona y poco a poco fue reconstruyendo su relación con el mundo árabe y con el musulmán.

Con la crisis migratoria, la peor que ha golpeado a Europa desde la Segunda Guerra Mundial, se pensó en un nuevo acercamiento estratégico. De aquí resultó un acuerdo que permitiría la entrada de turcos sin visa a Europa con el compromiso de que Turquía se ocupara de un refugiado sirio por cada uno que acogieran los europeos. La UE también prometió una voluminosa suma de dinero al gobierno turco para que gestionara la llegada de esos inmigrantes.

Pero en varias oportunidades Turquía ha acusado a Europa de incumplir el acuerdo, pues es evidente el retraso en la exención del visado para sus ciudadanos.

El último capítulo

Unión Europea.
Unión Europea.  
Foto: Ministerio de Comercio Industria y Turismo

El gobierno de Turquía convocó a unas votaciones atípicas, que tendrán lugar el próximo 16 de abril, para reformar el sistema político. Esto probablemente aumentará las facultades del Ejecutivo y convertirá a Turquía, que ahora es semi-presidencialista, en una república presidencialista.

La convocatoria a esta consulta significó la polarización del Parlamento turco, que en enero de este año acabó por aprobarla. En virtud de la reforma, Erdogan podría ser candidato presidencial para dos períodos más, lo que le abre el camino para permanecer en el poder hasta 2029.

Los defensores de la reforma argumentan que la Constitución actual –que data de 1982– fue redactada en medio de la intimidación castrense, ya que entonces existía un estrecho tutelaje militar resultado del golpe de Estado más sangriento en la historia turca, ocurrido en 1980 y liderado por el general Kenan Evren. Por ese motivo, según los promotores de la consulta, urge actualizar esa Carta para adaptarla a las actuales circunstancias.

  La fragmentación y las polémicas relacionadas con una de las transformaciones más relevantes en la historia republicana de Turquía ha resultado en la migración masiva hacia Alemania y Holanda. En el primer país los turcos llegan a más de 2,6 millones y en el segundo a 400.000.

Esto explicaría la negativa del gobierno holandés a permitir el aterrizaje de Mevut Cavusoglu, el ministro de Relaciones Exteriores turco, para asistir a un evento sobre la consulta del 16 de abril. Las autoridades holandesas temieron por el orden público y por eso tomaron esta decisión que provocó la ira del gobierno turco. Alemania, por otra parte, restringió la campaña sobre la consulta del 16 de abril en su territorio.

Por estas razones, el establecimiento turco no dudó en calificar a las autoridades holandesas y alemanas de herederas del discurso nacionalista y fascista. Este debate llega a Europa en un momento crítico, pues no solo hay un avance de la extrema derecha que ha capitalizado la injusta estigmatización del islam, sino el descontento de la clase media.

Hay millones de europeos inconformes con el proceso de la UE y se ha llegado a pensar que el proyecto de la multiculturalidad fracasó. En medio de los ataques horrendos cometidos por grupos cercanos al Estado Islámico, en Europa se teme cada vez más la radicalización del islam.

En este debate hay que incluir el tema de la migración. El mundo vive una crisis sin antecedentes por la imposibilidad de garantizar los derechos de quienes, por distintas razones, han abandonado sus lugares de origen y llegan a otras latitudes en condiciones críticas. Turquía tiene aquí un papel central, pues no solo produce el flujo migratorio que ha condicionado la historia reciente en Europa, sino que ocupa una posición clave en la recepción de migrantes de Medio Oriente.

La ruptura actual, que ha distanciado a Turquía de Alemania y Holanda, indica que es improbable una solución de largo plazo a la crítica situación de millones de migrantes en situación irregular. Al mismo tiempo, muestra una Unión Europea torpe que sigue cometiendo errores graves y notorios en su ambigua relación con Turquía. Este ha sido el caso con respecto a la ampliación de la UE, a la migración, a la lucha contra el terrorismo en Siria y a los derechos humanos en general.

Todo esto reduce las posibilidades de que la Unión Europea contribuya a equilibrar la correlación de fuerzas en el mundo, tan importante en el momento que avanza la extrema derecha en Estados Unidos y en algunos países europeos. Es evidente que Europa poco a poco va sacrificando valores humanistas que en el pasado fueron innegociables.

 

* Profesor de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. @mauricio181212

 

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