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¿Del desastre Bush al Imperio Obama?

(Tiempo estimado: 8 - 16 minutos)

ricardo garcia

Bush, que ya se va, activó los dispositivos del intervencionismo militar. Ahora Obama se situará ambiguamente entre la lógica imperialista y la lógica de una sociedad democrática globalizada.

Ricardo García Duarte

Barack Obama, el nuevo presidente de Estados Unidos, es el proclamado anti-Bush. Así consiguió instalarse en el imaginario colectivo. Bush no es ya, digamos, El Diablo -como lo soltó el pintoresco Hugo Chávez en Naciones Unidas - o el Satanás que salmodian los fundamentalistas islámicos. Tal vez no alcance a serlo; pero sí que es, para decirlo en términos occidentales y políticos, el imperialismo redivivo. El imperialismo puro y duro, resurgido desde el fondo de las lógicas de dominación, y escapado por entre las nieblas apaciguadoras de una globalización que ha consagrado "el fin de la historia".

Cuando se creía que las leyes del mercado y los mecanismos de la democracia harían que el conflicto y la pertinencia del sometimiento fueran ejercicios a punto de desaparecer en la escena internacional, henos aquí que aparece míster George Walker Bush. Irrumpe en el saloon dejando atrás las dos alas batientes de la puerta, y restablece de un golpe las viejas reglas del juego. Impone la razón del viejo orden. O, mejor, la hace ruidosamente explícita, por si algunas mentes liberales y reblandecidas pensaban olvidarla.

Un Bush invasor y contrario a las garantías constitucionales

Los Estados Unidos de George W. Bush desataron dos guerras, la de Irak y la de Afganistán; ambas seguidas por ocupaciones militares y, lo que es peor, acompañadas por la tortura y otras prácticas contrarias a los derechos humanos; prácticas éstas de las que son lugares tristemente emblemáticos las prisiones de Guantánamo y Abu Ghraib. Es decir, el Estado americano transgredió y vulneró los propios fundamentos constitucionales en los que se apoya su política de los derechos y garantías civiles, al tiempo que hizo girar únicamente sobre la fuerza sus relaciones con algunos de los Estados a los que consideraba sus adversarios.

Al Irak de Saddam Hussein y al Afganistán del Talibán, situados ambos muy lejos de sus fronteras -demasiado como para representar un efectivo peligro para su seguridad- les hizo la guerra en vasta escala y los ocupó territorialmente.

Cierto es que con anterioridad a estos sucesos, los Estados Unidos fueron objeto del más devastador e impactante atentado terrorista que pudiesen sufrir; algo que vino a significar sin duda un desafío a su seguridad nacional; atentado realizado, eso sí, no como el reto convencional de otro Estado, sino como la provocación desmesurada y criminal de un grupo, Al Qaeda.

Con una intensa inspiración religiosa y con una articulación interna que adopta la forma de constelación de grupos -lo que le permite una presencia mimetizada en el interior de varios países- Al Qaeda representaba una amenaza explícita y terrible, a la que había que responder. Pero no era, con todo, la amenaza o el desafío de guerra lanzado por otro Estado, por más que dicho grupo pudiera contar con una fuerte presencia en Afganistán.

Las guerras contra Irak y Afganistán no tenían, por tanto, el limitado alcance de reducir los espacios desde donde podría operar el terrorismo integrista, aunque lo incluyeran como propósito.

La geopolítica imperial de regreso

El alcance de esas guerras era mayor y ambas obedecían a una lógica: una lógica imperial; que era alentada por su propio impulso geoestratégico, nada distinto al de controlar una zona juzgada como importante para sus intereses, disciplinando o destruyendo a los agentes perturbadores.

Una lógica imperial que por cierto se revistió en esa ocasión de su propio marco doctrinario, la conocida tesis de la "guerra preventiva". Con ella se definía, no el origen de un ataque enemigo, sino simplemente la fuente de algún peligro latente para pasar a sofocarlo mediante una guerra. Era una tesis, por consiguiente, cargada con un sentido de autodefiniciones hegemónicas frente a los demás actores del ámbito internacional; acentuada además por la toma unilateral de decisiones en ese mismo plano. Sin ningún miramiento por la concertación, por las instituciones internacionales o por la propia norma.

Con esta línea de conducta, George W. Bush llevó de modo radical la política internacional de su administración hacia lo que se conoce como unilateralismo, una de las tendencias cíclicas con las que los Estados Unidos han vertebrado su política de poder en el mundo; pero no asociada en este caso con el aislacionismo simple, como sucedió a menudo en el pasado, sino al contrario, con un intervencionismo crudo, bajo la modalidad de guerras localizadas y de ocupaciones por la fuerza en territorios extranjeros. Esta vez, so capa de combatir los focos de un terrorismo ubicuo y de implantar la democracia liberal por la fuerza.

Era un gesto de mesianismo imperial, con el cual los ultra-neoconservadores aspiraban a darle el toque de legitimación ideológica a esa política -mezcla de intervencionismo militar y de unilateralismo en las decisiones- como la expresión más acabada de lo que deberían ser el lugar y el papel propios de la superpotencia americana frente a los retos de la post-Guerra Fría.

El papel de potencia dejaba así de ser algo latente y se convertía en un hecho vigente, que los demás actores debían sentir o padecer. En consecuencia, el Estado soberano (en este caso el de los propios Estados Unidos) se revalorizaba como actor fundamental de las relaciones internacionales: sólo que no bajo la dimensión del consenso o de la autoridad sino de la fuerza, dentro del más vulgar de los realismos. Revalidación de la coerción, no de la persuasión o de la diplomacia. Realce del Estado en su dimensión más negativa, precisamente la de la fuerza. Y revitalización del espíritu de potencia. He ahí las marcas con las que se le daba entidad a la política que debería definir el lugar de la nación americana: un auténtico contrasentido si se pensaba en los cambios que experimentaba el mundo.

Bush: la historia en reversa

Era como si Bush y sus alegres neo-conservadores propiciaran un extravío en otro planeta, en el lugar equivocado. Como si el mundo caminara en un sentido y los Estados Unidos, la única superpotencia, quisieran forzadamente echar reversa.

El mundo se globalizaba, los nexos entre unas y otras sociedades nacionales configuraban una estrecha interdependencia, de modo que se abría el horizonte para una verdadera sociedad mundial y para la constitución del ciudadano global. Para rematar, el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín echaban por tierra la estructura de un sistema bipolar de disputas por la hegemonía mundial entre potencias ideológicamente antagónicas.

Así, el fantasma de un conflicto bélico de alcance mundial se esfumaba. Mientras tanto, dejaba de ser impensable el hecho de que los grandes aparatos de poder militar montados para la eventualidad de aquella guerra planetaria comenzaran a desmoronarse internamente por inútiles. Por su parte, los Estados soberanos encontraban que la multiplicación global de las relaciones de todo tipo disminuía el campo de su existencia y horadaban su capacidad de decisión. En este sentido, se verían obligados a reconocer sus límites y a reorientar su papel bajo perspectivas más eficaces y democráticas. Y no, en todo caso, poniendo el énfasis en el ejercicio de la violencia.

El mundo, aún si resurgía el terrorismo y aún si se incrementaban los atavismos religiosos y nacionalistas, parecía ofrecer condiciones para la opacidad del impulso hegemónico de potencia y para la democratización y reorientación del Estado soberano, disminuyendo su identificación activa con el uso de la fuerza y del sometimiento.

Después de los acontecimientos de 1989, Reagan proclamó risueño: "¡Yo gané la Guerra Fría!". Poco después, Bush padre declaró entusiasmado el comienzo de "El Nuevo Orden Mundial". En este, los Estados Unidos (así era el mensaje implícito) jugarían un papel de vanguardia bajo el principio de la democracia y al ritmo de las leyes del mercado, siempre de consuno con sus aliados.

Sobrevino, sin embargo, ese experimento neo-conservador que fue la administración de G.W. Bush y barrió con todas las ilusiones (como, a su modo, las barrió también Osama Bin Laden, desde su frontera). La Administración contradecía la historia como si con su desandadura de reacción y con su voluntarismo de hegemonía quisiera retrasar el fin de aquella, ya sentenciado por Fukuyama, en vez de acentuarlo para que la historia misma, paradójicamente, pudiese abrir otros mundos posibles.

Contrariando el curso de la historia (en tanto historia mundial)  G. W. Bush recuperaba, con todo, fuertes y profundas tradiciones propias de la política tanto interna como externa de Estados Unidos.

Se reencontraba, además, con la lógica de carácter imperial a la que no escapa una potencia mundial por más de que disponga de un régimen interno de tipo democrático, o por más de que no haya practicado el colonialismo clásico.

El orden de los Estados y el orden policéntrico

La realidad es que el mundo se globalizaba pero se fragmentaba al mismo tiempo. No alcanzaba a uniformarse cuando ya se dividía aquí o allá. El Estado se desvanecía pero su lógica, recrudecida, se reproducía en otros niveles, el supra-nacional y el infra-nacional. En resumen, la historia se aproximaba hegelianamente a su fin, pero también se repetía multiplicándose en tragedias y conflictos, y en la caricatura sin término de todos ellos.

Ocurrió que la estructura bipolar dio paso, en realidad, no a un orden claramente definido sino a una mezcla de orden interestatal de tipo tradicional y de orden policéntrico, de tendencia globalizante, tal como los caracterizara en su momento James Rosenau. Es decir: una mezcla que admitía la lógica de la coerción y del Estado-potencia en acción. Pero en la que cabía esperar así mismo la lógica del consenso y la influencia, la de un desarrollo más horizontal en las relaciones y menos dado a la imposición por la fuerza.

En los marcos de esa coyuntura en el sistema internacional, G. W. Bush y sus "neocons" durante los últimos ocho años representaron el énfasis desembozado en la primera lógica; esto es, en una lógica imperialista. Razón por la cual, vista en otro sentido, su Administración no sólo resultó perturbadora si no es que claramente transtornadora y disfuncional frente a la segunda lógica, la lógica ya no del imperialismo sino de lo que Toni Negri llamaría hace pocos años el Imperio. El cual quiere decir: sociedad mundial articulada más a través de redes internas que a través de relaciones de fuerza externas; dominación mundial conseguida a través de una hegemonía suave, interiorizada a través de las leyes de un capitalismo mundial de carácter descentrado; o para decirlo en otras palabras, sociedad mundial del control, en lugar de sociedad disciplinaria, según la idea que Negri tomó de Michel Foucault.

En ocho años de administración desastrosa, la opción escogida por George W. Bush (junto con Richard Cheney y Donald Rumsfeld) es decir, la de la lógica de una sociedad internacional disciplinaria, se agotó, hundida ahora en el descrédito mundial.

Un  descrédito inversamente proporcional a la esperanza depositada en Barack Hussein Obama, el presidente número 44, en funciones a partir del 20 de enero. Y cuyo discurso sobre el cambio ha seducido al electorado y a la opinión pública internacional.

La era Obama

Un discurso que, sin ser preciso en su contenido, ha penetrado subliminalmente en el imaginario colectivo como si se tratara de una transformación radical y esperanzadora en el lugar y en el papel de los Estados Unidos en el mundo.

De modo que no sea potencia que se impone por la fuerza, sino liderazgo que prefiere las vías diplomáticas y la concertación. Que prefiere la cooperación y no la confrontación bélica. Dicho en otras palabras: que se inclinaría por levantar las talanqueras que en el mundo impiden la marcha hacia una hegemonía suave y sutil, hacia un imperio rosa: el imperio Obama.

Sutil y rosa, sería con todo una dominación mundial. Aún así, muchos en el mundo la preferirían, aceptándola de buen grado, con tal de no tener en frente la crudeza retrógrada de un imperialismo puro que confronta, impone y amenaza.

Es como si el mundo pudiese ir hacia la formación de ese inmenso Palacio de Cristal, del que habla Sloterdijk, utilizando una imagen tomada de Dostoyevski: inmenso pabellón destinado a una exposición en el que internamente se instalan y desenvuelven los agentes y las relaciones del capitalismo mundial; los de la sociedad global sin cuerpos extraños por fuera. Pero seguramente con Estados Unidos, en la era Obama, participando en la instalación interna pero jugando al mismo tiempo el papel de directores.

Las cosas no ocurrirán de esa manera, sin embargo. No por ahora al menos. Y no bajo Obama. Sin duda, este último traerá consigo el impulso de algunos cambios con mucha fuerza simbólica. E igualmente aportará un liderazgo dotado con una personalidad atractiva, inteligente y moderadamente liberal. Lo cual generará un clima nuevo de confianza tanto interno como externo. Ayudará a revitalizar los lazos diplomáticos con  muchos aliados y naciones en el mundo.

Es probable que entre sus gestos simbólicos y sus primeras decisiones este el cierre de la base de Guantánamo y el restablecimiento de las garantías procesales para los sospechosos. De igual manera, se emprenderá el prometido retiro de las tropas en Irak (aunque, con seguridad, no en los 16 meses previstos). No es de extrañar, por otra parte, que el discurso frente al medio ambiente cambie en favor de una mayor atención de cara a la conferencia de Copenhague, aunque quizá sin un compromiso serio en los hechos inmediatos.

En el campo de las relaciones internacionales, la nueva Secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha anunciado una diplomacia de amigos; es decir, de concertación y de acercamientos pacíficos. Es algo que daría satisfacción a los aliados de Estados Unidos en el mundo, particularmente a los europeos.

Sin embargo, un observador tan autorizado como el historiador Paul Kennedy, ha advertido a los amigos europeos que es mejor desengañarse de una vez, pues lo previsible es que no vayan a recibir una atención especial. Por no hablar ya de América Latina o de África (agrega Kennedy) hacia donde el interés diplomático y político será casi residual.

En otras palabras: habrá cambios, pero no tantos ni de tanta envergadura como los espera el mundo, atrapada como estará la Administración Obama en las lógicas intervencionistas e imperiales propias de la única superpotencia y a las cuales no será él quien renuncie. Al menos no lo ha dicho.

Colocado en ese mundo en el que se mezclan los dos órdenes superpuestos, el interestatal y el policéntrico, Obama se desplazará no hacia este último sino hacia las junturas que los unen y separan al mismo tiempo. Mientras Bush se casaba con el orden antiguo de tipo interestatal e imperialista, Obama no se inclinará solo hacia el segundo, hacia el de una hegemonía suave y descentrada. Compartirá ambos órdenes. Será un jinete de doble cabalgadura simultánea. Con las ventajas y los riesgos que ello comporta. Para él y sobre todo para un mundo que como ha dicho algún espíritu ingenioso, puede "acatarrarse si la potencia americana estornuda".

 

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