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¿Qué será de la Constitución de Europa?

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

César gonzalez

El sueño europeo ahora está en manos de la República Checa.

César González Muñoz*

Los electores en la República de Irlanda dieron vuelta en U y acaban de aceptar que la Unión Europea se maneje con reglas colectivas más duras. Hace poco más de un año Irlanda había negado en referendo la aprobación del Tratado de Lisboa, un Código de la Unión que introduce grandes cambios en las anteriores normas de gobierno del club europeo de 27 miembros.

Pero el viernes pasado los irlandeses le dieron un sonoro sí a Europa en un segundo referendo. De hecho, Irlanda era la única nación, de las 27, que se había lanzado a decidir sobre Lisboa mediante el voto popular directo. Es bueno recordar que este Tratado echó a andar como heredero del llamado Tratado Constitucional, que había sido rechazado por los electores franceses y holandeses en 2005. Para que entre en vigencia, el Tratado debe ser aprobado por todos los miembros. La República Checa es ahora el único país  por fuera del redil, pendiente de una demanda de inconstitucionalidad.  En esa nación la oposición interna es muy fuerte, y está encabezada por nadie menos que por el Presidente checo Vaclav Klaus. La posición nacionalista checa liderada por Klaus considera que, con el Tratado, la UE se convierte en un Superestado, que es una figura contraria al deseo de esa sociedad, cuya memoria del yugo soviético es una herida aún abierta. Polonia no ha suscrito aún el documento, pero el ejecutivo tiene las atribuciones y la disposición de hacerlo, especialmente después de la decisión irlandesa.

Los euroescépticos y nacionalistas checos tienen un aliado que puede ser definitivo: El partido Conservador británico.  Los Tories han declarado que, si regresan al gobierno y para entonces no todos los 27 han firmado, convocarán a un referendo sobre Lisboa. Esa consulta popular británica podría dar al traste con el Tratado. Los sondeos indican que en las próximas elecciones generales (primer semestre de 2010), los conservadores saldrán victoriosos.  Con esas noticias, el Presidente Klaus tratará de demorar al máximo el veredicto de las altas cortes de su país sobre la constitucionalidad del Tratado.

Mediante éste, los Estados nacionales le entregan a la centralidad europea una parte de sus atribuciones legislativas y administrativas. El Parlamento europeo adquiere mayor poder; habrá nuevas reglas para la toma de decisiones en el Consejo Europeo, la máxima autoridad de la institución. Las normas sobre mayorías calificadas ya no les permitirán a los miembros bloquear muchas iniciativas mediante su voto individual en el Consejo.  Por otra parte, Lisboa determina la creación de la Presidencia de tiempo completo del Consejo Europeo, elegida por ese organismo  para un periodo de dos años y medio (cinco como máximo)  y define también nuevas y poderosas instituciones diplomáticas de representación en otras partes del mundo. Los llamados euro escépticos a lo largo y ancho del Viejo Continente  creen que la centralización del poder es perjudicial para el modo de vida, la cultura y la libre determinación de sus naciones. Al otro lado, los euro entusiastas creen que es fundamental, y beneficiosa, la marcha de Europa hacia un solo espacio económico e institucional.

A más tardar en junio del año entrante el mundo sabrá si Europa finalmente despega hacia una unión política sin precedentes.  No deja de ser paradójico que, después de la debacle del Tratado en 2005, la puesta en marcha de la nueva "constitución" de Europa esté en manos de un país más bien periférico en la historia de la integración europea, y de una nación insular que siempre ha caminado con pies de plomo en los procesos de integración económica e institucional del continente. 

 

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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