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Brasil 2014: las injusticias sociales detrás del Mundial

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Pese al furor que despierta el fútbol, el Mundial Brasil 2014 ha recibido serias críticas por su costo excesivo para un país acosado por la pobreza y la desigualdad. ¿Quién pierde y quién gana realmente con este certamen? 

Isabel Ortigosa*

Críticas al Mundial

Preguntado hace unos meses por las protestas callejeras en las ciudades principales de Brasil, el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, se mostró confiado: "Sabemos que habrá manifestaciones, pero el fútbol estará protegido. Creo que los brasileños no atacarán al fútbol directamente. Para ellos, es una religión".

Sea o no una religión, es indudable que una ola de indignación recorre al país sede en vísperas del Mundial. Desde los habitantes de las más humildes favelas hasta las grandes figuras mediáticas, la nota dominante son las críticas por el exceso de gasto o de inversión en este evento.  

El Mundial de Fútbol de Brasil será el más caro de la historia: la suma llega por el momento a más de 10.000 millones de euros.

Carlos Alberto Parreira, coordinador técnico de la selección brasileña, se ha mostrado muy crítico con la organización del Mundial al declarar que debido al evento, el gobierno ha descuidado a sus ciudadanos: “Las protestas son válidas, muy oportunas, representan la ansiedad del ciudadano de querer una mejor calidad de vida".

“Se trata de uno de los mayores robos en la historia del país y vamos a tener problemas después", indicó el exfutbolista y diputado federal Romario, en una entrevista para radio Globo. "Tengo la obligación de mostrarle al pueblo brasileño la situación real con el gasto público para el Mundial, que es un absurdo y crece más cada día", añadió.

Las redes sociales no son ajenas a este debate: “¡Quiero un Brasil más justo, más seguro, más saludable y más honesto! (…), entro en el campo inspirado por esas movilizaciones. Estamos juntos", indicó Neymar en Instagram. "Es una vergüenza estar gastando tanto dinero en esta Copa del Mundo y dejar los hospitales y escuelas en condiciones tan precarias", escribió Rivaldo en twitter.


Favela de Rozinha en Río de Janeiro.
Foto: Alicia Nijdam

Costos y beneficios

Y es que el Mundial de Fútbol de Brasil será el más caro de la historia: la suma llega por el momento a más de 10.000 millones de euros. La financiación de las obras ha aumentado en un 30 por ciento el nivel de endeudamiento de las ciudades sede de este evento.

Según el diario Estadão de Sao Paulo, el costo de la construcción y renovación de los estadios se ha triplicado en relación con lo presupuestado en 2007, cuando la FIFA eligió a Brasil como sede. De los 1.100 millones de dólares reservados para obras, se ha llegado a más de 3.700.

Esa cantidad supera de lejos los 1.570 millones invertidos en Alemania en 2006 y los 1.400 en Sudáfrica en 2010. A esto hay que añadir el costo futuro del mantenimiento de unas estructuras que en algunos casos van a quedar  siendo  subutilizadas.

La inversión, criticada por muchos, tiene el apoyo de quienes siguen convencidos de que el retorno será beneficioso para Brasil, algo que a estas alturas no parece tan claro. La agencia de calificación de riesgo Moody's advirtió en abril que la celebración del Mundial de Fútbol tendrá un impacto "poco duradero" sobre la economía de Brasil.

"El evento generará aumentos de corta duración de las ventas, siendo improbable que afecten considerablemente a los beneficios", señaló la analista Bárbara Mattos. De los esperados 700.000 turistas solo llegarán unos 300.000, indicó por su parte José Wagner Ferreira, presidente de la Academia Brasileña de Eventos y Turismo.

Un país desigual

En este contexto de inequidad, Brasil perderá una ocasión única para invertir los ingresos tributarios que debería generar el Mundial de Fútbol en acabar con la desigualdad que todavía asola al país.​

Hablamos de un país donde el 18,6 por ciento de la población vive en la pobreza, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Es decir, más de 37 millones de personas, que solo tienen acceso a un precario sistema público de salud y educación, y que viven hacinados en viviendas insalubres.

El crecimiento de muchas economías emergentes esconde una realidad que, para muchos, es difícil de aceptar: el avance económico no mejora de forma automática la difícil situación de la población más pobre.

Hace apenas 30 años, la mayoría de las personas más pobres del mundo (aquellas que viven con menos de 1,25 dólares al día) habitaban los países más desfavorecidos del mundo. Hoy en día muchas de las personas más necesitadas viven en lugares que presumen de tener una renta media. Y Brasil no es la excepción.

Nadie puede negar los avances sociales logrados por los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Roussef,  gobernantes que adoptaron reformas sociales tan significativas como la educación primaria para todos, un sistema de pensiones y la fijación de un salario mínimo.

El aumento de los ingresos medios, combinado con un mejor acceso a los servicios sociales, ha reducido la pobreza extrema. Pero los cambios no han alterado el principal problema: la desigualdad que divide a la sociedad brasileña.

Según datos de CEPAL, Brasil es uno de los tres países más desiguales de la región más desigual del mundo. De acuerdo con el Instituto Brasilero de Geografía y Estadística (IBGE) en 2011 el 10 por ciento más rico de la población acaparaba el 44,5 por ciento de los ingresos totales, mientras que el 10 por ciento más pobre sólo obtenía el 1,1 por ciento.

Cualquier persona que haya visitado Brasil en los últimos años habrá constatado que cada vez hay más población acomodada, más helipuertos, más restaurantes de lujo. Pero este lujo todavía convive con 16 millones de personas que viven en la extrema pobreza, los más pobres entre los pobres. Un número que equivale a la población total de Holanda.


Manifestantes en la ciudad de Sao Paulo.
Foto: Carlos Varela

Las jugadas de la FIFA

En este contexto de inequidad, Brasil perderá una ocasión única para invertir los ingresos tributarios que debería generar el Mundial de Fútbol en acabar con la desigualdad que todavía asola al país.

Las exenciones fiscales son una de las condiciones que la FIFA impone para ser sede del   Mundial, y el gobierno brasileño las ha incluido en la Ley de la Copa de 2010.

Las estimaciones más conservadoras indican que el Servicio Brasileño de Recaudación Fiscal Interna perderá unos 179 millones de euros, aunque algunas fuentes hablan de hasta 386 millones.

El mismo Tribunal de Cuentas de la Unión ha reconocido que tan solo el gobierno federal dejará de ingresar más de mil millones de reales (unos 322 millones de euros).

En este Mundial los brasileños perderán recursos que en justicia les pertenecen, y que su gobierno podría y debería usar para acabar con la desigualdad.

Organizaciones como la española InspirAction denuncian en campañas como “Las jugadas de la FIFA” que las exenciones fiscales de las que se benefician la FIFA y sus empresas asociadas suponen una afrenta para la población más vulnerable de Brasil.

Las empresas, sin embargo, no dejarán de ganar. Tan solo la FIFA ya ha obtenido 1.380 millones de dólares gracias a la venta de entradas, derechos de transmisión televisivos y mercadotecnia. Estos ingresos suponen un 10 por ciento más que los obtenidos en el Mundial de Sudáfrica, pero no traerán bienestar para los habitantes de Brasil.  

En este Mundial los brasileños perderán recursos que en justicia les pertenecen, y que su gobierno podría y debería usar para acabar con la desigualdad.

Si erradicar la pobreza y la desigualdad es una decisión política, como claman las organizaciones de la sociedad civil, las exenciones fiscales injustas contradicen esa voluntad porque impiden  redistribuir la riqueza y restan equidad al sistema tributario.

Las exenciones fiscales lastran no solo el futuro de Brasil, sino de toda América Latina y el Caribe, una región que busca atraer Inversión Extranjera Directa (IED) mediante reducciones en la tasa impositiva que perjudican en efecto a los más pobres.

Los brasileños merecen ganar. Tienen derecho al Mundial justo que exigen en las calles. La FIFA debería oírlos, y asegurarse de que esta situación no se repita: las inversiones relacionadas con el Mundial deben beneficiar a todos, no solo a unos pocos.

 

*Responsable de Incidencia de la ONGD InspirAction

@isabelortigosa

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