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Duque y los estudiantes

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

Los colombianos elegimos a este presidente por ser buena persona, y ahora deberemos pagar las consecuencias.   

Hernando Gómez Buendía*

Esta vez la ingenuidad angelical del doctor Duque consistió en negociar lo poco que tenía con los que no tocaba, en vez de negociarlo con los que sí podían amargarle la vida. 

Duque les dio el billón de pesos a los rectores, pero los estudiantes se sintieron marginados y ahora exigen dos cosas que el presidente no les puede conceder: más plata para este año, y un alza permanente en los aportes del Estado con destino a las universidades oficiales.  

Tal vez el presidente se rebusque (no sé dónde) un poco más de plata y logre levantar el paro estudiantil, pero entretanto cada día que pasa sin asistir a clases agranda el hueco financiero de este año que el movimiento dizque quería tapar. 

Y por su parte la Ley 30 de 1992 no se puede mejorar, porque las arcas del Estado colombiano no dan más. 

En efecto, cada una de las universidades oficiales “de provincia” fue creada por el jefe político local para darles empleos a sus amigos y matrículas gratis a su base electoral. Después, el congresista hacía aprobar una “ley de nacionalización” y le colgaba la criatura al presupuesto del Estado central. 

Por eso antes de la Ley 30, las universidades intrigaban su cupo anual con el ministro de Hacienda, pero así no podía planear para el futuro. La Ley 30 fue entonces una especie de tratado entre el gobierno y las universidades, que consistió en mantener los aportes anuales ajustados según la tasa de inflación, pero cerrar la vena rota que implicaban la continua expansión de la matrícula y las mejoras necesarias en calidad eductiva.    

El resultado han sido 25 años de déficit creciente de las universidades oficiales, la expansión cancerosa de la universidad pirata para los cientos de miles de aspirantes que no caben en las públicas, y una serie de maromas financieras más o menos dudosas como el cobro de “derechos académicos”, la consultoría o competencia desleal con los privados, las “estampillas pro-Universidad X”, el crédito estudiantil y hasta Ser Pilo Paga. 

A cada nuevo presidente que elegimos le cae su factura, pero a éste que es tan buena persona le cayó de madrugón. Y ese es el paro estudiantil que ya lleva dos meses, que se extendió a los maestros, que ha causado desmanes por un lado y abusos policiales por el otro, que hará perder el año a los muchachos, y que nos tiene a todos en trancones.  

Los estudiantes tienen todo el derecho a protestar, pero un Estado serio tendría que preguntarse: ¿Por qué matrículas gratis para pocos y para el resto, que son la mayoría, cupos malos y caros en una universidad pirata? O- si se habla de la otra función de la universidad-: ¿Cuál es la ciencia o cuál es la cultura que en realidad producen nuestras universidades oficiales? 
Lo que no hemos tenido es un Estado serio ni un país serio que pregunten esas cosas. 

Y mientras tanto los pobres muchachos- y el pobre muchacho- seguirán ahogándose en sus camisas respectivas de once varas. 

*Director de la revista digital Razón Pública.      
** Columna publicada en elespectador.com