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La lección desaprendida

(Tiempo estimado: 2 - 4 minutos)

“Multiplícate por cero”. “Pinta un bosque y piérdete”. 

Hernando Gómez Buendía*

Estas fueron, en lenguaje coloquial, las condiciones que el gobierno Duque le había puesto  al ELN para sentarse a conversar de nuevo. 

Como lo había dicho durante la campaña -y como repitieron el presidente y su  comisionado-, esa guerrilla tendría que liberar a los secuestrados y renunciar a sus acciones criminales antes de reanudar las negociaciones que el gobierno Santos había mantenido durante 17 meses en Quito y en La Habana. 

La totalidad o casi de los colombianos -incluidos los amigos de la paz- estuvieron de acuerdo con esas condiciones. Y por supuesto que en medio de ingenieros secuestrados, atentados terroristas, voladura de oleoductos, asesinato de policías y tráfico de cocaína, era imposible o estúpido mantener un diálogo en el exterior -que además tardaba tanto en mostrar sus resultados-. 

Lo que nunca notaron o nunca nos dijeron Duque, su comisionado, los jefes políticos, los medios masivos ni por supuesto los propios guerrilleros, fue otro hecho elemental: que los secuestrados eran o son la carta principal del ELN para exigir concesiones del gobierno, y que si un grupo armado en Colombia deja de cometer crímenes…sencillamente deja de existir. 

La paradoja y la tragedia del conflicto colombiano consisten cabalmente en que las guerrillas existen en virtud de su violencia, no del apoyo ciudadano o de que los sectores populares las perciban como sus representantes: por eso son tan suma y arrolladoramente impopulares. Y por eso, si el ELN silencia sus fusiles, nadie jamás notaría su existencia esto es, la de unas dos mil personas vestidas de militar que caminan por montes y veredas…pero que son completamente inofensivas.  

De aquí se sigue que la clave del proceso de La Habana precisamente consistió en el acuerdo de seguir negociando en medio del conflicto. De otra manera la mesa se habría levantado tras la primera emboscada de las FARC, las muertes de sus jefes en combate o el primer bombardeo de la FAC. Esta fue la lección principal de ese proceso, sin duda el más difícil pero el que logró desmovilizar a la guerrilla más grande de Colombia.  

Es la lección que Duque ignoró u olvidó desde siempre, y la que hacía de su oferta al ELN un ultimátum - o exigencia de dejar de existir para después conversar-. El atentado atroz del ELN fue otro episodio del círculo infernal de una guerrilla que escala su violencia para probar que existe y que el gobierno debe tomarla en serio. 

Peor todavía, el ELN pretendía negociar cuando tiene menos fuerza militar que las FARC,  cuando el Ejército podía concentrarse en la lucha contra él, y cuando encima de eso se había llegado a un acuerdo tan difícil y extenso con aquella guerrilla principal.
El ELN perdió el tren de la historia desde que comenzó el proceso con las FARC. Sus opciones desde entonces son la rendición que pide Duque -pero ahora sin tapujos-  o la extinción en medio de atentados terroristas.  

El ELN fue el primero en no aprender de la historia. Y ahora el costo lo volverán a pagar los inocentes. 

*Director de la revista digital Razón Pública.    
**Columna escrita para El Espectador