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Armero: treinta años de ausencia, lecciones aprendidas

(Tiempo estimado: 7 - 14 minutos)

Tumba de Omaira Sánchez en Armero.

Carmen_Ines_CruzFrancisco_ParraEste libro recupera y mantiene la memoria, desentraña lecciones y rinde tributo a víctimas y rescatistas. Un testimonio vivo dice más que las cifras y los informes fríos  que han vuelto a circular por estos días*.

Carmen Inés Cruz Betancourt** - Francisco Parra Sandoval***

Universidad de IbaguéPara qué

En 1995, la Universidad de Ibagué publicó el libro “Armero diez años de ausencia”, como resultado del trabajo de un grupo encabezado por los autores de esta nota.  Para entonces la Universidad tenía mucho que decir sobre aquella tragedia, comoquiera que coordinaba proyectos para la recuperación física de las escuelas de la zona afectada, su dotación de muebles y materiales didácticos, y la asignación de ayudas a los estudiantes. La Universidad administró algunos fondos provenientes, entre otros, de la Corporación Resurgir, la Fundación para la Educación Superior (FES), I.B.M, el Instituto SER y ACTUAR Tolima.

Hacer memoria es una responsabilidad, una necesidad y un riesgo.

Hoy, cuando se cumplen treinta años de la tragedia, la Universidad ha estimado que aún tiene mucho decir en torno a ese episodio. Por eso lanza  una edición actualizada de aquella obra bajo el título “Armero 30 años de ausencia. Lecciones aprendidas”, con cuatro objetivos:

  • contribuir a recuperar la memoria histórica de ese luctuoso evento;
  • rendir homenaje a las miles de personas sepultadas bajo el lodo y a los sobrevivientes que con gran empeño han salido adelante,
  • reconocer y agradecer a los rescatistas que expusieron su vida para ayudar a otros y a quienes cooperaron en la recuperación de los armeritas y de la zona afectada, y
  • desentrañar lecciones que nos ayuden a prevenir  y atender de mejor manera un evento similar en cualquier parte de nuestro territorio.

Esta ocasión es especialmente propicia para llamar la atención de las entidades competentes y la ciudadanía, sobre el riesgo de una eventual erupción del Volcán del Machín, localizado en las inmediaciones de Cajamarca e Ibagué, en torno al cual se especula con frecuencia.  Necesitamos informarnos en profundidad y prepararnos de la mejor manera. En primer lugar, la responsabilidad es de las instituciones encargadas de tales tareas, pero también del resto de la comunidad que debe buscar la información y la capacitación para que toda la ciudadanía se involucre.

Muchas voces

Ruinas del Hospital de Armero.

La población de Armero en ruinas.
Foto: Wikimedia Commons

Hacer memoria sobre qué fue y qué significó la tragedia de Armero es una responsabilidad, una necesidad y un riesgo. Responsabilidad porque se trata de saber cómo y por qué sucedió el desastre y cuáles fueron sus consecuencias de corto y de largo plazo. Necesidad, porque debemos asegurar el registro fidedigno de los sucesos y su transmisión  a las futuras generaciones. Y empresa riesgosa porque son muy diversas las percepciones que se tienen en torno a ese evento.

En efecto: para hacer memoria histórica hay que oír las muchas voces de quienes estuvieron involucrados en los hechos, que pudieron verlos, sentirlos y percibirlo de igual o muy diversas formas,  de modo que pueden surgir inconsistencias o contradicciones que no necesariamente significan falsedades, sino interpretaciones distintas de personas que vivieron el momento desde orillas distintas.  Aún con ese riesgo, será una memoria más incluyente porque recoge distintos ángulos de visión, de comprensión y análisis. Como señala Luz María Londoño, “la memoria histórica no se limita a una reconstrucción personal, tiene que ser una construcción colectiva de sentido para abrir un horizonte que permite una mayor comprensión…la memoria tiene que ser contada por todas las voces”.

Esta segunda edición, basada en trabajos de Cruz y Parra Sandoval, con la colaboración de Nelsy Gined Roa López, incluye el testimonio de veintinueve personas, entre quienes se cuentan víctimas directas, vinculados a organismos de socorro, espontáneos que acudieron a brindar apoyo, miembros de organizaciones que de diversas formas aportaron a la recuperación de los afectados, directivos o colaboradores de instituciones públicas y privadas del orden nacional, regional o local, con responsabilidad en el manejo del asunto. De igual modo, se registran reflexiones de personas que han observado el proceso y sus incidencias en la zona a lo largo del tiempo.

Es posible que cuando algunos actores conozcan lo que dicen los otros, no solo se sientan sorprendidos sino tristes y hasta ofendidos, porque podrían encontrar que su realidad sobre el hecho, sus intenciones o sus esfuerzos no fueron reconocidos en su justa dimensión, inclusive que fueron tergiversados. Y eso es un hecho usual en medio de una tragedia, cuando la información circula con gran dificultad y hay lugar a múltiples interpretaciones,  bien por los problemas mismos de información, bien porque todos hacemos lecturas desde  preconceptos – y en estas  situaciones- desde angustias, urgencias, dolores o deseos, como también desde los intereses, a veces mezquinos, que logran infiltrarse. Todo esto llega a  configurar imaginarios que reflejan, desdibujan o tergiversan los hechos originales, pero que a fuerza de repetirse van siendo tomados como verdades. Por eso, parte del esfuerzo de este libro fue precisar algunos de esos imaginarios, para que unos y otros puedan confrontarlos y avanzar en dilucidarlos.

Para quienes aceptaron participar en este ejercicio, muy especialmente para los armeritas, la entrevista significó recrear lo sucedido, a veces con detalles impresionantes, y por lo mismo   revivir el dolor que, no obstante treinta años, aún lacera sus corazones.

Un testimonio viviente

La población de Armero en ruinas.
Ruinas del Hospital de Armero.
Foto: Mario Carvajal

El segundo capítulo del libro deja oír “La tragedia de Armero en la voz de las víctimas”. Los siguientes son extractos del testimonio de Carmenza Conde:

“…La vida en Armero era muy apacible… era el pueblo más desarrollado del norte del Tolima y la capital algodonera de Colombia; el pueblo era hermoso y nuestra vida era plácida. Recuerdo con mucha alegría que  había un  hogar de Bienestar  Familiar, el Parque Infantil, el Parque de los Fundadores, varios bancos…y muchos equipos de fútbol. La gente se distinguió por ser muy amable y muy unida, todo esto se veía en nuestra fiesta tradicional en septiembre, que era el festival del Amor y la Amistad.

Desde que se acabó Armero yo no he vuelto a hacer algo como eso… A uno le da tristeza ir a esos sitios, porque en medio de su humildad fuimos muy felices, gracias a Dios como pobres lo teníamos todo, teníamos trabajo, teníamos a nuestros hijos estudiando.

 Yo vivía en el Barrio 20 de julio y recuerdo como si fuera hoy  que en los días anteriores a la tragedia,  la gente estaba supremamente asustada al ver la ceniza que llovía del cielo y preguntamos por qué; unos señores dijeron que eran fenómenos de la naturaleza. Como a la hora dejó de caer ceniza y nos tranquilizamos. También recuerdo que pasó un perifoneo diciendo que no tuviéramos miedo, que no iba a pasar nada. Nos decían que no nos fuéramos de Armero, nos decían: colóquense pañuelos y tengan listas linternas, agua potable, cachuchas y gafas.  Pero  a las 11 de la noche la luz se fue y empezamos a vivir los momentos más aterradores de nuestras vidas. A las 11 y quince entró la avalancha de lodo que venía del volcán arrasándolo todo, arrancando de nuestros brazos a nuestros padres e hijos,  dejándonos a la intemperie, sólo con la mano del Señor que quiso salvarnos para contar esta triste historia.

Es posible que cuando algunos actores conozcan lo que dicen los otros, no solo se sientan sorprendidos sino tristes y hasta ofendidos

En Ibagué comenzamos una  nueva vida. El proceso para lograr la casa que hoy tenemos en la Ciudadela Simón Bolívar fue lento, por fin en  marzo de 1989 entregaron las primeras 200 casas; las otras  salieron a final de año. Transcurrían los días y la gente estaba muy confundida; ya no tenían fe en nada, no querían hacer nada…La gente se desilusionó cuando nos entregaron las casas porque nos habían dicho que iban a estar totalmente terminadas: con dos cuartos y pañetadas, pero nos entregaron una sala-comedor, un baño y una pieza y había familias que tenían ocho o más personas, entonces muchos se mostraron inconformes y rebeldes; hubo muchos problemas, todavía hay gente muy resentida.

Yo les decía a mis amigas que no teníamos que hacer algo pero yo no sabía qué… a través de una amiga empecé a conocer los Clubes de Mejoramiento del Hogar que dirigía el Padre Antonio María Cifuentes, así que fui a pedirle ayuda y él me dijo: consiga 30 señoras que quieran aprender diseño de ropa, collares, de todo…, me avisa y yo les mando las profesoras… y así lo hice. Asistíamos un día en la semana y se volvió como una empresa porque trabajábamos de lunes a viernes… de ese modo las señoras se capacitaron en manualidades, arreglos navideños y otras cosas. Además conocí a la rectora de Coruniversitaria, le conté del trabajo que estábamos haciendo, que no teníamos espacio, que no teníamos máquinas, y como ella manejaba el Fondo Resurgir-FES logró que ese Fondo nos apoyara. Fue así como nos construyó el segundo piso de la “Asociación de Armeritas Los Fundadores”, nos dieron una máquina industrial, una fileteadora, nos pagaron las profesoras y así la gente se fue capacitando. Algunas señoras pusieron sus almacencitos y se defendieron durante muchos años, otras formamos una empresa que se llamó Artefic (artesanías en fique) y logramos sacar a muchas personas adelante.

Recuerdo a Armero con nostalgia pero también satisfecha porque  la mayoría de armeritas ha salido adelante, con mucho sacrificio pero  pudieron educar a sus hijos y la mayoría de muchachos son profesionales. Me da mucha alegría ver el barrio terminado, las calles y las casas arregladas, a pesar de que hay medios de comunicación que decían que todo lo malo somos nosotros, pero no, aquí hay muchas cosas bonitas, positivas. Quizás Colombia  no lo ha entendido, los armenitas en una abrir y cerrar de ojos lo perdimos todo, nuestros recuerdos,  nuestro pasado, lo único que no perdimos fue la fe en Dios y la esperanza, por eso estamos aquí y seguimos luchando. La gente de Armero es buena, echada pa’lante.

Los armeritas quedamos dispersos por todo Colombia, aquí en Ibagué por ejemplo, existe  la Ciudadela Simón  Bolívar, con 564 viviendas. También está el barrio Nuevo Armero que tiene 120 viviendas, Ciudad Blanca entre 80 y 100 viviendas, en Ciudad Blanca está San Vicente de Paul que es un sector pequeño y Villa Vicentina; existen las veinte casas gestionadas por el padre Cifuentes; en la Comuna nueve solamente está Ciudad Luz, que es una Ciudadela muy bonita donde viven muchos armeritas.

Recién llegamos, nos llamaban “valancheros” y nos discriminaban.  La prensa de Ibagué y algunas personas fueron muy duras con nosotros, decían que de Armero se habían salvado sólo los emboladores, las prostitutas  y los ladrones, dado que fueron, principalmente los barrios habitados por población pobre donde hubo más sobrevivientes.  También nos sacaron muchos cuentos: que éramos “mata curas” porque en el tiempo de la violencia mataron un sacerdote y que por eso Dios nos había castigado. En la escuela no nos recibían los niños, no nos prestaban la cancha para que jugaran basquetbol. No teníamos amigos ni trabajo y nos tocó pagar las casas, hemos sido unos “verracos”; las  cosas se han ido dando y hemos demostrado que éramos personas de bien, echadas pa`lante. No queremos dejar morir los recuerdos, queremos que la gente recuerde que Armero existió; los Armeritas no pasamos a la historia, los Armeritas somos historia hoy, mañana y siempre, porque desde que haya una persona que cuente la historia el pueblo nunca morirá, siempre vivirá en la mente de todos los  colombianos.

En cuanto a la salud, hace algunos años escuché por una emisora a un médico que dijo que la mayoría de la gente de Armero va a morir del corazón, de cáncer o de un derrame cerebral, porque el impacto que sufrimos fue muy fuerte….y lo que oí parece que es cierto porque aquí en la ciudadela han muerto varios de infartos y derrame cerebral.

Me preocupa que en Ibagué no conocemos un mapa de riesgos del volcán Machín para que, en caso de una tragedia sepamos para dónde correr, no nos han dicho nada, ni el gobierno departamental ni el nacional, están totalmente callados como una lata de sardinas, herméticamente cerrados. Entiendo que hay un Comité de Desastres de las gobernaciones y las alcaldías pero no capacitan a la comunidad; escuché a un conferencista que a la pregunta de un compañero sobre ¿hacia dónde debíamos correr en caso de una explosión del Machín? le respondió que no sabía, y si él no sabía nosotros menos. Es una falla gravísima; si llega a suceder una tragedia que Dios no lo quiera, van a tener que encontrar la plata, y ¡ya para qué!

 

*Razón Pública agradece el auspicio de la Universidad de Ibagué. Las opiniones son responsabilidad de los autores.

* Socióloga y doctora en Educación, ex alcaldesa de Ibagué, ex rectora de la Universidad de Ibagué.

*** Licenciado y Magister en Ciencias de la Educación, exsecretario de Educación de Ibagué y del Tolima, director del Semestre Paz y Región de la Universidad de Ibagué.  

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Comentarios  

edison montoya
0 # cordial saludoedison montoya 17-11-2015 12:22
me parece un documento fenomenal el resumen que aquí se presenta del libro "Armero 30 años de ausencia, lecciones aprendidas"; que bueno fuera que los responsables de la reconstrucción del municipio de Gramalote tomaran como referente estas lecciones aprendidas y por fin comenzarán la reconstrucción de esta población que a 5 años de su tragedia aun no recuperan su territorio.
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Andres Hernando
0 # consultaAndres Hernando 23-11-2015 21:42
Buenas noches donde se puede conseguir el libro?
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Andres Hernando
0 # Cordial saludoAndres Hernando 20-02-2016 21:33
Me gustaría saber donde puedo conseguir el libro?
"Armero 30 años de ausencia, lecciones aprendidas"
muchas gracias
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francisco parra
0 # armero 30 años de ausenciafrancisco parra 27-03-2017 11:13
En la Universidad de Ibagué puede adquirir el texto.
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