Las transformaciones del catolicismo en Colombia

(Tiempo estimado: 6 - 11 minutos)

Visita del Papa Francisco a Colombia.

William PlataHistoria resumida de las relaciones entre la Iglesia, el Estado, la sociedad y la cultura colombiana antes y después de la Constitución de 1991, de su influencia actual y sus problemas, del estado en que la encuentra la visita del papa Francisco

William Elvis Plata*

Religión oficial de la nación

El papa Francisco encontró en Colombia una Iglesia católica bastante distinta de aquella que visitó en 1986 su antecesor Juan Pablo II.

Por ese entonces vivíamos aún bajo el régimen de maridaje entre Iglesia y Estado que había establecido la Constitución de 1886. Aunque fue actualizado en 1973, el concordato otorgaba a la Iglesia muchos privilegios y poderes, de manera que los curas párrocos eran verdaderas figuras de poder político y social en las comunidades y regiones donde se encontraban.

Bajo ese régimen el catolicismo se había convertido en ideología al servicio del Estado y su proyecto centralista; una ideología signada por el tradicionalismo y la intransigencia del siglo XIX, en confrontación directa con la modernidad. Fue un catolicismo que durante siglos condenó casi todas las doctrinas modernas y dio prioridad a las formas y a lo ceremonioso sobre el contenido.

De esta manera la Iglesia había sustituido al Estado en buena parte de sus obligaciones: educación, salud, beneficencia. Por eso era normal encontrar colegios públicos dirigidos por comunidades religiosas, así como hospitales, ancianatos, asilos y centros de salud mental. A cambio de ello se otorgaron exenciones tributarias y el catolicismo era reconocido como la religión oficial de la nación (Artículo 38 de la Constitución de 1886).

Así, durante un siglo ser colombiano prácticamente significaba ser católico y se discriminaba –muchas veces de manera agresiva– a otras organizaciones cristianas que desde el siglo XIX comenzaron a aparecer en Colombia.

Cuando Juan Pablo II vino a Colombia,  el presidente aún consagraba anualmente el país al Sagrado Corazón y quienes no comulgaban con la fe católica debían soportar que sus hijos recibieran clases de catecismo en los colegios públicos y privados. Las procesiones y festividades religiosas eran casi siempre realizadas con el apoyo de la autoridad civil. Se experimentaba todavía un régimen de cristiandad donde lo religioso permeaba lo público y guiaba los actos de los colombianos. Se era católico por cultura, no por elección.

La Iglesia, además, veía con desdén el conflicto armado que desangraba al país desde los años cincuenta, y tampoco veía con buenos ojos dialogar con los grupos alzados en armas.

Vientos de cambio

Celebración de misa católica.
Celebración de misa católica. 
Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica

Pero cuando vino Juan Pablo II ya había signos de cambio en el catolicismo:

  • Por una parte el Concilio Vaticano II (1962-1965) había cambiado la actitud de la Iglesia frente al mundo moderno y las demás religiones al privilegiar el diálogo y la comprensión. También había dado pautas para una organización interna más colegial, concediendo además mucha importancia al laico, que hasta entonces apenas había servicio como infraestructura de servicio a la institución eclesiástica.
  • Por otra parte la II Conferencia del Episcopado latinoamericano reunida en Medellín en 1968 había declarado la “opción preferencial por los pobres”. En este contexto había surgido la “teología de la liberación”, a la cual se vincularon muchos sacerdotes, laicos, religiosas y también algunos obispos que interpretaban el mensaje evangélico en el sentido de la búsqueda de la justicia y la igualdad social, política y económica de todos los hombres

En Colombia esta corriente fue vista con desdén y profunda desconfianza por parte de la jerarquía eclesiástica que seguía empeñada en sostener el régimen vigente, dando pocas opciones a quienes pensaban diferente. Ellos no tuvieron otra opción que radicalizarse, como sucedió con el padre Camilo Torres Restrepo, los sacerdotes del grupo Golconda y otros más que acabaron por colgar sus hábitos.

Estamos entonces ante un catolicismo que se encuentra en constante transformación y renovación. 

Pluralismo religioso

De manera más bien inesperada -y exactamente cinco años después de la visita de Juan Pablo II- en julio de 1991 se sancionó la nueva Constitución que declaraba la libertad religiosa, reglamentada por la Ley 133 de 1994.

La nueva Constitución daba cuenta de una realidad cada vez más evidente: la diversificación religiosa de Colombia. Las pequeñas iglesias de tipo protestante evangélico que desde el siglo XIX se habían establecido por iniciativa de misioneros norteamericanos crecían poco a poco y se fortalecían. A ellas se sumaban pequeños grupos no cristianos que ayudaron a crear un cuadro más diverso que llevó a los constituyentes de 1991 a poner fin a la hegemonía oficial del catolicismo.

26 años después de la Constitución de 1991 un papa visitó de nuevo Colombia. La Iglesia católica que encontró tiene que disputar el campo religioso con otros grupos, especialmente de tipo pentecostal y neopentecostal, que crecen con sus megaiglesias, sus prácticas religiosas incisivas y su teología de la prosperidad. Estos grupos, además, mantienen un papel político directo y activo, similar al que otrora jugaron muchos clérigos, especialmente en la primera mitad del siglo XX.

La Iglesia católica, sin embargo, mantiene algunos privilegios gracias a la vigencia del Concordato de 1973, que contradice la Constitución de 1991.

Esta situación fue aprovechada por muchos grupos religiosos que en los años noventa negociaron sus respectivos concordatos con el Estado para garantizar excepciones y ciertos privilegios. De este modo, el reconocimiento a la libertad religiosa en Colombia no ha tenido como resultado a “todos en el suelo”, sino a “todos en la cama”. 

La guerra y la paz

Reforma histórica del concordato.
Reforma histórica del concordato. 
Foto: Banco de la República

La Iglesia católica también adoptó una posición distinta frente al conflicto armado.

La crudeza de la guerra llegó a tal punto que fue imposible mantenerse al margen. Así fue como muchos sacerdotes, laicos y algunos obispos –especialmente los presentes en zonas “calientes”– decidieron buscar vías de diálogo con los grupos armados y adoptar  estrategias de protección para las víctimas. Ejemplos de esto son la labor –no muy conocida– que adelantaron las diócesis de Barrancabermeja, Apartadó, Buenaventura, Socorro y San Gil en las décadas de 1980, 1990 y 2000 para proteger a la población de las arremetidas paramilitar y guerrillera, y aun de las propias Fuerzas Armadas oficiales.

La labor iniciada de manera individual consiguió convertirse en un esfuerzo institucional por medio de la Conferencia Episcopal, que tuvo un rol muy importante como mediadora para los diálogos con los distintos grupos armados que concluyeron en el Acuerdos de La Habana y en los actuales diálogos con el ELN. Lo dicho no quita que hubo sacerdotes opuestos a los diálogos, y aun quienes se unieron a los actores en conflicto, como el párroco de Yarumal, presuntamente vinculado al grupo paramilitar de los Doce Apóstoles.

Apertura y heterogeneidad

Los cambios sociales y religiosos experimentados en la última década –incluyendo el abandono de aproximadamente una tercera parte de los miembros del catolicismo hacia otras confesiones– han hecho que la Iglesia católica en Colombia inicie el camino que ya llevan varios años recorriendo sus homólogas en países de Europa y Norteamérica: el fomento de pequeñas comunidades donde la fe se viva de manera más intensa y cercana. Esto significa romper con el clericalismo, es decir, la idea de que los clérigos son quienes deben hacer y liderar todo. Actitud, sin embargo, muy fuerte todavía.

El catolicismo colombiano es cada vez más diverso. Hoy un católico tiene varias opciones para vivir su fe, desde las más tradicionales, con rezos en latín inclusive, hasta aquellas más liberales y críticas, pasando por corrientes espiritualistas  y hasta carismáticas. Estas últimas, presentes en la Iglesia desde los años setenta y provenientes de Norteamérica, emulan las experiencias similares de algunas iglesias protestantes. Estamos entonces ante un catolicismo que se encuentra en constante transformación y renovación.

Pero se trata también de un catolicismo de fuerza irregular:

  • En Antioquia, el Eje Cafetero, el suroccidente del país y en Boyacá el poder del clero es aún muy grande y la presencia de la Iglesia institucional es muy fuerte.
  • Pero en las costas, los Llanos y en “tierra caliente” estas instituciones son mucho más débiles y el poder del clero es bastante menor.
  • Lo mismo ocurre en zonas andinas como los santanderes, donde se observa un catolicismo más laical e independiente del clero. 

Los retos y vacíos

La Iglesia en Colombia enfrenta además los retos de la secularización y del Estado laico para los cuales no ha estado preparada, lo cual se hace evidente en la progresiva disminución de vocaciones religiosas, especialmente femeninas. Las mujeres tienen hoy muchas opciones de vida y pocas desean vincularse a una que interpretan como sometimiento y que sigue marcada por el machismo.

Paralelamente, las vocaciones a la vida sacerdotal surgen predominantemente en medios campesinos y humildes; las clases medias y altas, otrora grandes proveedoras de miembros del clero, cada vez se muestran más anticlericales y subvaloran este estilo de vida.

Las transformaciones del catolicismo han sido tan rápidas que aún muchos luchan por mantener hasta donde sea posible el antiguo orden.

No obstante, las transformaciones del catolicismo han sido tan rápidas que aún muchos luchan por mantener hasta donde sea posible el antiguo orden de cosas. El miedo al cambio produce resistencias y lleva al refugio en corrientes integristas y tradicionalistas que se manifiestan desafiantes y crean rupturas y cismas.

Hay, finalmente, un elemento importante que hace parte de toda religión y ante el cual los católicos colombianos tienen una gran deuda: la ética. En el caso del catolicismo se trata de la ética del amor incondicional y del perdón, aun a los enemigos. No deja de ser paradójico que una sociedad tan creyente, que demuestra públicamente tanta fe, haya disociado su creencia del mensaje ético.

No debemos olvidar que las más de ocho guerras civiles libradas en el siglo XIX, la Violencia de los años cincuenta, el conflicto armado que se produjo a continuación, las guerras del narcotráfico y de las bandas criminales y, paralelamente, la campante corrupción que azota al Estado han sido protagonizadas por personas que han afirmado ser creyentes a ojo cerrado. Son personas que han llevado cruces, medallas y escapularios en sus cuellos, que van a misa y que han bautizado a sus hijos. De manera que parece que el dios en el que han creído la mayoría de los católicos colombianos no se parece mucho al Dios predicado por Jesucristo.

* Doctor en Historia de la Universidad de Namur (Bélgica), profesor de la Escuela de Historia de la Universidad Industrial de Santander, director del grupo de investigación Sagrado y Profano e investigador especializado en el estudio del cristianismo y de las religiones en Colombia.

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Comentarios  

Marvin De la Hoz
+1 # Apreciaciones sobre la práctica del catolicismoMarvin De la Hoz 13-09-2017 21:09
Según mi opinión el principal problema (y reto) de muchos católicos colombianos es que no practicamos nuestra religión. somos católicos porque nuestros padres lo fueron, pero no por convicción. Si somos católicos no deberíamos (menciono los mayores pecados) violar, robar grandes cantidades al estado y particulares, estafar o engañar en forma grave, matar, entre otros. O también cometer otras faltas opecados, como la infidelidad, robos menores, etc. A veces pienso que fuera mejor menos cantidad de católicos en Colombia, pero más practicantes.
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