“En defensa de la vida”: por una mejor comprensión del constitucionalismo católico

(Tiempo estimado: 7 - 14 minutos)

Julieta-LemaitreExposición esclarecedora y respetuosa sobre cómo el derecho natural católico y su concepción de la vida y de la muerte, de la mano de la Iglesia y del Partido Conservador aspiran a modificar la Constitución del 91, en total contravía de los principios de la democracia liberal que la gobiernan [1].

Julieta Lemaitre Ripoll*

constitucion-1Una simple frase

La reforma constitucional propuesta por el Partido Conservador, con el aval de la Iglesia Católica, aspira a que se introduzca en la Constitución la siguiente frase: “la vida empieza en la concepción.”

Y, más allá de la mera frase, espera transformar el régimen legal de manera que el aborto quede penalizado sin excepción, derogando lo previsto por la Corte Constitucional en los casos de violación, peligro a la vida y salud de la madre, y defectos gravísimos del feto.

Estas aspiraciones del Partido y de la Iglesia son difíciles de integrar al constitucionalismo contemporáneo y a su lógica. Y, por lo general producen tal rechazo, que incluso son difíciles de comprender para los no iniciados.

Este artículo intenta explicar de manera respetuosa con la fe católica, lo que está en juego y por qué la aspiración católica es contraria al constitucionalismo de una democracia liberal.

Vínculo lógico no necesario

La dificultad para comprender la importancia de esta reforma para la Iglesia y para los conservadores radica en primer lugar, en que no existe un vínculo necesario entre la frase “la vida empieza en la concepción” y la penalización absoluta del aborto, y no es claro por qué sus defensores piensan que sí lo es.

En el constitucionalismo, los derechos por lo general se cotejan los unos con los otros, buscando situaciones de equilibrio entre las partes. El hecho de que la vida humana empiece en la concepción no quiere decir que toda mujer esté obligada a llevar un embarazo a término, sin importar las circunstancias o las consecuencias.

En Alemania por ejemplo, donde el Tribunal Constitucional fue muy enfático en insistir en la protección de la vida, también aceptó que había circunstancias, incluyendo la salud, en las cuales el aborto era una prerrogativa de la mujer embarazada.

Todavía no es persona humana

El segundo problema que dificulta la comprensión de la reforma es que si bien la vida puede empezar en la concepción, ello no quiere decir que el óvulo fecundado sea una persona, y es difícil entender por qué sus defensores piensan que sí lo es.

En derecho, una persona adquiere pleno reconocimiento jurídico y plenos derechos cuando, como dice el Código Civil, existe de forma separada de la madre “un momento siquiera”. Mientras permanece en el vientre existe, como ha dicho la Corte Constitucional, un interés en preservar su vida, e incluso este interés tiene el más alto rango constitucional, pero no equivale al de la vida de una persona porque no tiene precisamente, vida independiente de la madre.

Por eso el criterio de viabilidad (la posibilidad de tener vida por fuera del útero) que ahora se fija entre los cinco y seis meses de gestación, es un criterio legal importante, incluso en las legislaciones que otorgan a las mujeres la prerrogativa de abortar en cualquier circunstancia como en Estados Unidos.

La vida como esencia

En tercer lugar, y este es el punto más problemático, cultural, legal y constitucionalmente no cabe considerar la vida humana como una esencia, sino como una existencia. Ello quiere decir que los criterios para decidir cuándo hay vida humana se refieren a la materialidad objetiva y no a los conceptos filosóficos.

Podemos mencionar varios criterios comúnmente aceptados: por ejemplo, una vez el cerebro cesa de funcionar, se considera que la persona está muerta, así sus demás órganos vitales se mantengan funcionando con máquinas. También es difícil aceptar que un feto que nace sin cerebro, como ocurre en ocasiones, sea una persona o que la mera presencia del ADN en un tubo de laboratorio también lo sea.

Otros criterios comunes para identificar la vida, además de las funciones cerebrales, se refieren a la forma antropomorfa -por ejemplo que en su desarrollo el feto sea distinguible en cuanto ser humano- cuando tiene manos, corazón, rostro, pies.

Esta referencia es utilizada a menudo por los activistas contra el aborto, pero no es del todo coherente con su afirmación de que la vida existe incluso si no tiene forma humana, ya que apela a la idea cultural de que la vida radica en esta última.

También se habla de otros momentos del desarrollo en los que se da la vida, como son la actividad de la corteza frontal en el cerebro (que distingue a los seres humanos de otros primates) o la capacidad de sentir dolor físico (compartida con muchos animales, pero que requiere el desarrollo de un sistema nervioso.)

Estos son probablemente los criterios que utilizan las legislaciones que sólo permiten el aborto hasta los tres meses de embarazo, momento en el cual el embrión ya convertido en pequeño feto empieza a tomar forma humana y a percibir la luz y el movimiento.

Ninguno de estos criterios comunes sobre lo que es la vida es compartido por el constitucionalismo promovido por la Iglesia Católica —y en Colombia por el Partido Conservador— el cual tiene otra concepción de una persona humana: empieza en la concepción, no depende de la forma, y desde la concepción tiene plenos e iguales derechos a los de cualquier otra persona.

Para ellos se trata de una esencia independiente de la existencia, es decir de una substancia (en los términos de la teología y filosofía medieval) que no depende de la forma. La esencia es la realidad, y la forma física es apenas una manifestación contingente. Una vez hay esencia (o substancia) hay plenos derechos, y por supuesto, el derecho primordial a la vida.

En otras palabras el óvulo fecundando, incluso antes de su implantación, es ya una persona que en esencia (y en derechos) es igual a la mujer en cuyo útero se desarrollaría.

Bajo esta lógica, el estadio del desarrollo es tan irrelevante como el tamaño o las capacidades del ser humano en cuestión —o por lo menos, como lo dice la Academia Pontificia de la Vida, no hay razón para pensar que el óvulo fecundado no sea una persona.

Por lo tanto, insisten los constitucionalistas católicos, el óvulo fertilizado debe tener plenos derechos legales y constitucionales, plena dignidad y derecho a la vida. Incluso, considerando su especial vulnerabilidad ya que carece de cualquier atributo humano distinto a una secuencia genética, debe considerarse un asesinato especialmente repudiable. Por ello, por ejemplo, prohíben la investigación con células madres.

Derecho a la vida: conciencia, libertad, autonomía

Este razonamiento es problemático para el constitucionalismo en general. Primero, porque la tradición de las democracias liberales de manera explícita o implícita define la vida humana como una existencia que depende de la presencia de capacidades y funciones relacionadas con la conciencia (de ahí por ejemplo que la muerte se defina como muerte cerebral).

Estas capacidades y funciones son además el fundamento de la libertad individual, y de las decisiones que le dan significado tanto al derecho a la vida como a la misma dignidad humana.

Es por ello incluso que el desarrollo jurisprudencial del derecho a la vida ha llevado a definirla no como una mera vida biológica, sino como aquellas circunstancias que garantizan la posibilidad de los individuos de ser libres y autónomos.

Por ejemplo, el derecho al mínimo vital en relación con el derecho a la vida conlleva la obligación del Estado de intervenir en los casos en que si bien se da la mera vida biológica, esta se encuentra amenazada por la imposibilidad de garantizar un mínimo de subsistencia. Dicho de forma coloquial, porque se da la vida en circunstancias que “no son vida” o que la hacen intolerable por la falta de dignidad y libertad.

Vida y muerte: ¿en las manos de Dios?

La posición de los constitucionalistas católicos de defensa de la vida en cuanto esencia tiene una base teológica compleja que no es del todo compartida, incluso por personas que dicen ser creyentes, pero desconocen a cabalidad el pensamiento de la Iglesia.

El sustento radica en la convicción que una vez hay sustancia humana, hay un ser humano individual que ya es amado y deseado por Dios, y cuya vida está en sus manos y no en la de los hombres (o las mujeres.)

El convencimiento de que la vida y la muerte son asuntos de Dios y que los seres humanos no pueden intervenir en ellos, está también detrás de la prohibición del suicidio asistido y de la eutanasia, sin importar el dolor y la voluntad de los individuos cuyas vidas y muertes están “en las manos de Dios.”

Ello explica además ciertos puntos de este discurso constitucional que de otro modo son difíciles de comprender, en particular la falta de interés no sólo por el sufrimiento de las mujeres, sino el desinterés por otras formas de terminación de la vida prenatal.

Por ejemplo, es un hecho natural que un alto número de embarazos no llega a las doce semanas de gestación —uno de cuatro o uno de cinco embarazos, según los datos que se manejen. Muchos de estos son embarazos deseados, y las pérdidas causan mucho dolor a las parejas y la ciencia no se ha preocupado a cabalidad de prevenirlas.

Sin embargo para los activistas de “la vida empieza en la concepción” esto no es un problema, pues es armónico con sus creencias según las cuales el problema no es que los embarazos no lleguen a término, ni siquiera el sufrimiento de las personas, sino que no se cumpla la voluntad de Dios. Y en una pérdida espontánea asumen que esta voluntad se cumple.

La voluntad de Dios es también central para comprender la posición del constitucionalismo católico frente a la dignidad humana, la libertad y la autonomía. En esta tradición estos derechos dependen del cumplimiento de la voluntad divina, puesto que dignidad, libertad y autonomía radican en tener una vida acorde con los supuestos de virtud planteados por la religión que incluyen diversos aspectos de la vida cotidiana, incluyendo por supuesto la moral sexual.

En el caso del aborto, la libertad, la dignidad y la autonomía de la mujer radican en llevar a término el embarazo según la voluntad de Dios, que es inescrutable. El querer darle fin no solo va en contra de su voluntad, sino además en contra de una “recta” concepción de libertad, dignidad y autonomía.

El principio también se extrapola a otros problemas jurídicos, en los cuales la dignidad humana es definida por los católicos como el realizar plenamente las potencialidades humanas, definidas como virtudes y valores (por ejemplo, el consumo de drogas, que es un pecado, va en contra de la libertad y la dignidad humanas).

Esta concepción de los derechos es sin duda problemática para una tradición constitucional que valora la dignidad en relación con el plan de vida que cada persona se traza para sí misma, con su libertad y autonomía, sin limitaciones impuestas por valores o virtudes, sino por la libertad de las demás personas.

¿Proyecto global, verdades universales?

Para el Catolicismo si bien estas ideas de la vida como esencia, y de la dignidad humana como cumplimiento de la voluntad divina son fundamentalmente ideas religiosas, son al mismo tiempo verdades universales, denominadas derecho natural, asequibles a la razón sin necesidad de la fe.

El proyecto católico, que por cierto es global, de modificar las constituciones y los sistemas jurídicos para incluir su visión de estos derechos se basa en la idea de que estos derechos –y en particular su consagración en las Constituciones— son derecho natural, reconocibles para el mero uso de la razón, sin necesidad de fe.

Al mismo tiempo descartan la razón constitucional que privilegia la libertad y la autonomía personal sin otro límite que la libertad de los demás como un uso de la razón que es incorrecto, pues el uso correcto de la razón debería llevar a las mismas conclusiones que la fe.

En contravía de la Constitución del 91

Es esta concepción del derecho constitucional como derecho natural católico la que intenta hacer carrera en el Congreso. Si bien en términos lógicos la decisión del Congreso de modificar la Constitución para agregar que la vida empieza en la concepción no tiene que llevar a la adopción del punto de vista de constitucionalismo católico, el movimiento político que está detrás de la modificación, y sus aspiraciones de poder civil, sí tienen ese fin.

Ello es profundamente problemático para el constitucionalismo colombiano, y su defensa de la libertad individual, del Estado secular, y del pluralismo religioso. Es probable además, que estos últimos valores, y no los del constitucionalismo católico, sean mayoritarios en un Congreso donde es evidente la debilidad del Partido, y del ideario, conservador.

Si pasa la reforma es porque los congresistas creen que esta iniciativa es irrelevante —quizá lo sea— pero, por lo menos a nivel de principios, sí es profundamente contradictoria con los valores de la Carta adoptada en 1991 y sería darle al Partido Conservador, y a su ideario moral, un triunfo que no han ganado en las urnas legislativas desde que la Iglesia aleccionaba a las masas a votar por ellos…

 

* Profesora Asociada, de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes.

 

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Comentarios  

Manuel J.Pico S.
0 # Manuel J.Pico S. 29-08-2011 11:46
A propósito del tema anexo el fragmento de un trabajo literario de próxima edición.

- Pues Diego, yo sinceramente le repito que no me considero del siglo XX, puesto que mi encarnación se debió a la invasión de América y, que por lo tanto al no haber sucedido tal exabrupto, yo no habría nacido. Así pues mi origen se remonta a 1492, inicio de la invasión y de la historia de América, porque como usted sabe, antes de la invasión este continente no era América; de modo pues que para ser yo le que soy, no fue por haber nacido en la mitad del siglo XX, sino por el hecho que generó mi concepción y nacimiento, eventos que no son sino eslabones en la cadena que integra “mi todo”, que como le digo no empieza con el nacimiento ni termina con la muerte, sino que, conforme parte de mi ya existía antes del nacimiento, así mismo, la parte no material de mí persona sigue vigente en las nuevas generaciones bien sea negativa o positivamente. Así pues, que como mi concepción y nacimiento se generó de un hecho más salvaje que el estado mismo de los nativos invadidos, es mi obligación como resultado de esos hechos, buscar la manera de propender por una cultura sólida que restituya la destruía, para que las nuevas generaciones puedan sobrevivir, porque de lo contrario estos quinientos veinte años de desorden, no dejarán huella de nuestro paso por la tierra, que es lo mismo que decir que somos una cultura muerta. Me hice entender Diego, pregunta Pastor.
- Poco más, responde Diego y, agrega, ya me tiene es seco con su garladera; camine, más bien le invito un tinto, pero con la condición de que se calle.
- Pero de todas maneras a qué viene el cuento de que su concepción y nacimiento se generó en un hecho más salvaje que el estado de los indígenas.
- De veras usted cree Diego, que la actitud de los invasores de 1492 en adelante fue muy civilizada.
- Es que usted, Pastor le pone mucho peso a lo que no lo tiene.
- Ahí está el detalle dijo Cantinflas, Diego. Pero vamos por ese tinto.
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Felipe Garcés
0 # Felipe Garcés 31-08-2011 13:00
Excelente artículo signado por la ponderación y el respeto. Agradezco a la autora tal claridad conceptual y serenidad en el debate. Una vez conocidos estos asuntos la tarea es luchar contra este catolicismo constitucional argumentativame nte, tarea que tenemos todos si queremos una democracia cada vez más radical...
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Lisímaco Parra
0 # Lisímaco Parra 05-09-2011 11:45
La discusión sobre el asunto ha estado reducida a pobres lugares comunes, que van desde supuestos asesinatos hasta supuestos derechos naturales femeninos. Excelente artículo: sin lugares comunes, arroja luces sobre los presupuestos de las distintas posiciones, y señala la vía de una discusión más fecunda.
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Paty
0 # Paty 21-12-2011 16:26
El artíuclo es desactualizado pues la reforma fue "abortada" en esta legislatrua.
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