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¿Qué hacer con la vicepresidencia… o con el vicepresidente?

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Boris_Salazar Santos no logra ocultar su incomodidad y ahora intenta sacar del juego a Garzón, pero este resultó buen jugador de póker. Un “vice” elegido por voto popular tiene que hacer política.

Boris Salazar

Impredecible y oportunista

Cuando Juan Manuel Santos escogió a Angelino Garzón como compañero de fórmula para la campaña presidencial de 2010 difícilmente habría podido prever el estrés político que provocaría el bonachón exgobernador del Valle.

Sabemos que la tarea fundamental del vicepresidente es reemplazar al presidente en caso de ausencia permanente o temporal. Como lo expresa bien Humberto de la Calle, una antigua víctima del invento: es “una porcelana en un congelador”. Es decir, algo inocuo que resulta mucho mejor mientras menos actúe, tenga menos ideas y trate de intervenir en política lo menos posible.

Santos le dio a Garzón el cuidado de los derechos humanos y algunas tareas internacionales. Pero Garzón transgredió muy pronto los límites implícitos en su área de influencia: los medios, los políticos y los comentaristas profesionales pusieron el grito en el cielo. Era el típico atrevido que se daba ínfulas inmerecidas.

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Angelino: un francotirador de izquierda atacando al gobierno por su flanco más débil.      Foto: tulua.gov.co

Garzón decía cosas terribles para nuestro país: recordaba que había millones de pobres o que las mediciones sofisticadas de los economistas formados en el Norte no podían esconder el exceso de pobres y de desempleados, que de todas formas cualquier persona normal iba a cruzarse en las calles todos los días. Parecía un francotirador de izquierda atacando al gobierno por su flanco más débil.

Santos no debería haberse extrañado. Él sabía que Garzón venía de una larga militancia de izquierda y en el movimiento sindical, combinada con jugadas audaces y oportunistas dentro del establecimiento colombiano. Ha sido un hombre impredecible en sus actuaciones y palabras, por decir lo menos.

Para expresarlo en forma más directa: Garzón es un maestro de la ambigüedad y del uso de la incertidumbre para lograr ventajas políticas y cambiar de forma sorpresiva la situación política. No es un gran pensador ni un hombre de principios, pero es alguien que puede decir cosas sensatas que transforman de una pincelada el nudo de contradicciones y aspiraciones que constituye la situación política nacional en cada momento.

Mejor tenerlo lejos

Mientras los demás políticos se dedicaban a obedecer al gobierno y a asegurar las ventajas económicas y políticas que les permiten sobrevivir, Garzón con sus declaraciones fuera de lugar -y Uribe con su rabia de patricio electoral traicionado- fueron los únicos que entendieron que había mucho por ganar en este gobierno indefinido y ambiguo.

En un país donde la desaparición de los contradictores —ya sea a tiros o mediante la desaparición pura y simple sin que muera, como en la fórmula de Woody Allen— es la fórmula de solución frente a la amenaza que representan, el gobierno y todo los demás interesados comenzaron a buscar para dónde enviar a Garzón.

Encontraron la chanfaina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cuya sede es Ginebra (Suiza, no Valle del Cauca) y gastaron una “platica” larga en una campaña sin sentido que previsiblemente acabó en la derrota de Garzón y en su regreso a un país donde aparentemente ya no tenía lugar. Tanto así que el propio presidente había propuesto la eliminación de la figura de la vicepresidencia y el regreso al inocuo designado de tiempos pasados.

Resucitado y lúcido

Tras librar algunas peleas menores, Garzón a su regreso sufrió una crisis cerebral severa que lo tuvo por fuera de este mundo durante varias semanas. Todo parecía ir muy bien hasta cuando Garzón se recuperó y con voz cansada — y la sabiduría de quien viene de haber hablado con sus mayores y con sus propias creencias en la tierra de los muertos — comenzó a plantear sus puntos de vista sobre una nueva constituyente y sobre el grave conflicto que renacía con fuerza sorprendente en el Cauca.

Como es costumbre en Colombia, casi nadie se ha detenido a pensar en la relevancia de sus propuestas, sino en lo incómodo que resulta un vicepresidente resucitado que dice todo lo que piensa sobre temas donde la unidad nacional se construye en torno a imágenes sentimentales, en lugar de apoyarse sobre un análisis político objetivo de las consecuencias de lo que el gobierno y la oposición uribista hacen o dejan de hacer.

Por ahora existe un cierto consenso para evaluarlo físicamente, a ver si pueden retirarlo de su posición en el gobierno y enviarlo a un retiro adelantado.

Boris_Salazar_garzon_UribeGarzón y Uribe fueron los únicos que entendieron que había mucho por ganar en este gobierno indefinido y ambiguo.

Foto: Presidencia.

Las descalificaciones realizadas sitúan a Garzón en el campo de la oposición uribista debido a su apoyo a la constituyente propuesta por Uribe y sus seguidores. Pero la constituyente no tiene por qué ser forzosamente uribista: será lo que sus miembros y las fuerzas políticas comprometidas en su construcción hagan de ella.

Allí radica la habilidad de Garzón: su propuesta puede ser leída en ambos sentidos. Incluso podría hacer parte de una confluencia bizarra entre Uribe y las Farc, en torno a la necesidad de una constituyente.

Un sistema político frágil

Personalmente no creo que sea ideal acudir a una asamblea constituyente cada vez que queramos resolver un problema político. Hace parte del legalismo colombiano, que transforma muy poco la acción real de los ciudadanos y del Estado, pero que en cambio produce leyes y reformas constitucionales en exceso, casi siempre vacías, a veces peligrosas y hasta terribles.

Boris_Salazar_vicepresidenteComo la idea de un vicepresidente elegido es el fundamento de su introducción en la Constitución, nadie tiene por qué resistirse a sus consecuencias inevitables.

¿Cómo impedir que un vicepresidente — quien debería estar disfrutado de su refugio congelado — intervenga en política y diga cosas que no van con la ortodoxia implícita? Un primer punto por recordar: una vez que la institución de la vicepresidencia entró en el juego electoral, el vicepresidente dejó de ser sólo una figura decorativa y se convirtió en un jugador activo que agregaba votos a su socio de fórmula.

En el caso de Garzón, los agregaba desde la ambigüedad de su pasado de izquierda y de retorcidos acuerdos con el establecimiento. Por eso nadie debió sorprenderse cuándo comenzó a hablar y siguió hablando incluso después de su encuentro cercano con la muerte en los últimos días. Como la idea de un vicepresidente elegido por el pueblo es el fundamento de su introducción en la carta constitucional de 1991, nadie tiene por qué resistirse a sus consecuencias inevitables.

El juego electoral — esa piedra angular de nuestra política — es lo que queda cuando la guerra, la depredación y las reformas constitucionales fallan. Terminar con su influencia en este caso particular denota una debilidad terrible del gobierno y parece un cambio injustificado en las reglas del juego.

En el fondo, todos están de acuerdo en lo básico, incluido el vicepresidente: la cuestión radica en cómo asegurar los votos que llevarán a la reelección de Santos o al regreso de Uribe a la presidencia de la república, por la puerta de atrás.

Pero el vice también está en el juego: en alguna feliz combinación de circunstancias, él podría terminar siendo el tercer hombre, una vez la guerra entre los dos grandes haya estallado sin remedio.

El problema no está en cambiar la Constitución una vez más o en abolir la figura del vicepresidente elegido por voto popular, sino en entender que en el centro de la política colombiana están las elecciones ganadas por cualquier vía, a cualquier costo, usando todos los medios posibles. Mientras eso no cambie, Garzón sólo estará haciendo lo que las reglas vigentes le dan la oportunidad de hacer.

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En alguna feliz combinación de circunstancias, él podría terminar siendo el tercer hombre, una vez la guerra entre los dos grandes haya estallado sin remedio.

Ojalá el país supere el miedo a pensar y a discutir propuestas alternativas y deje de creer ilusamente que un gran líder nos puede eximir de la obligación de pensar, de tomar posiciones políticas y de equivocarnos.

Lo hemos estado ensayando con entusiasmo en la última década y los resultados no son buenos. El escándalo ocurrido alrededor del vicepresidente no es más que una forma de ocultar la fragilidad profunda del sistema político colombiano y la ausencia absoluta de conversación democrática cuando más se necesita.

 

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