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Entre la parapolítica y la reelección: el dilema del Congreso

(Tiempo estimado: 9 - 17 minutos)

ricardo garcia

Mientras el Gobierno, el Congreso y la opinión se inclinan a favor de la reelección, una reforma política seria va en contravía del proceso político, de la marcha inercial de las instituciones y del interés de las élites que las dirigen [1].

Ricardo García Duarte

En las sesiones que acaban de comenzar, el Congreso se ocupará de tres grandes temas:  la reforma política que, a instancias del Gobierno y en reemplazo del fallido proyecto de la "silla vacía", está preparando la Comisión de Notables para ser presentada esta semana; la reforma de la justicia que se consultaría con las Cortes y cuyos lineamientos anunció el Ministro Valencia Cossio, y el referendo constitucional para permitir una segunda reelección del Presidente, que hoy cuenta con el aval de más de un millón de ciudadanos[2].

Y es que los tres proyectos mencionados no son independientes. Tampoco son complementarios. De hecho son contradictorios porque obedecen a lógicas políticas distintas, cada una de las cuales corresponde a cambios de fondo en el sistema de representación es decir, en la naturaleza y el peso del voto clientelista, el voto de opinión y las maneras de interconectarse.

El péndulo

Con la nueva legislatura se reabre el ciclo de las tentativas para una reforma política y también para una reforma de la justicia. Mientras tanto planeará, cada vez más envolvente, la sombra de una segunda reelección presidencial. Las reformas ya figuran  en la  agenda; la reelección aún no; pero la reelección pasará  a ser el centro de atención  mientras las reformas irán pasando a un segundo - e incierto- plano. 

Es más: la suerte que tengan las reformas y la reelección  incidirá decisivamente sobre el rumbo  de la representación política. Un énfasis en la reelección dará preferencia a los mecanismos  de representación clientelista en las regiones. Un énfasis en las reformas  debería dar prioridad a la eliminación de tales mecanismos clientelistas. Si la apuesta es por la reelección, habrá menos reforma; en cambio, si la apuesta es por una reforma  profunda, menor será el margen para la reelección.

El fenómeno Uribe

La razón que  inclinará el péndulo hacia la reelección es el deseo, cuando no la necesidad,  de mantener y prolongar la vigencia de un fenómeno político sin precedentes en la historia de Colombia: el fenómeno Uribe. No tanto -o no sólo- porque el gobierno pretenda consolidar un  nuevo  régimen, sino  más bien porque  aprovecha la ausencia de proyectos influyentes por parte de las demás élites partidistas, para afirmar el incoloro status - quo.

La circunstancia política, esto es, el fenómeno Uribe, ya convertido  en un estado de cosas permanente, fue el resultado de un cambio de largo plazo  en las identidades partidistas de los colombianos. El país se urbanizó, y con ello  emergieron las clases medias, cada vez más amplias, sólidas y educadas, lo cual hizo crecer la  franja de  electores con una lealtad ambivalente y paradójica, que consiste en estar más apegados al régimen constitucional pero más desprendidos de los partidos tradicionales, que por cierto habían experimentado los estragos  que deja el uso y el abuso de poder, mientras veían como se deslavaba su colorido ideológico, por compartir el poder bajo el Frente Nacional  y por su complicidad  con toda suerte de artimañas.

Ambos eventos, la emergencia del electorado sin lealtades irrestrictas y el desgaste de los partidos, abrieron un ancho espacio - inestable, fluido y oscilante - signado por las incertidumbres en materia de orientación política, y conformado por una masa de electores en busca de una nueva representación - de una figura que la reflejara al modo de una imagen en el espejo - figura  con un pie de avanzada en el país de la opinión, sin disciplina de partido, y otro pie en las empresas s electorales de rutina. Así, después de varios ensayos con candidatos presidenciales que, aunque con rutilancia fugaz, ensayaron la fórmula del suprapartidismo (Belisario Betancur, Luis Carlos Galán, Andrés Pastrana, Noemí Sanín) - con unos réditos tan auspiciosos que no dejaban lugar a dudas sobre la certidumbre del fenómeno creciente del electorado de opinión - dicha masa encontró por fin la horma de sus zapatos en la personalidad de Álvaro Uribe, primero como candidato en el 2002 y luego como Presidente a lo largo de los últimos seis años.

Salido de los rangos del partidismo tradicional, Uribe supo tallarse la imagen de  independiente, algo que en su momento no le resultó difícil por el contraste que ofrecía el candidato oficial de su partido (Horacio Serpa) aferrado a  identidades ancestrales  cuando ya éstas  se desmoronaban sin remedio. Desde entonces, la eficacia simbólica de su estilo de gobierno - aparecer  como  vocero  de  la gente del común y dialogar con ella continuamente (consejos comunitarios)- no ha hecho más que reforzar el matrimonio feliz entre su figura  y esa marea de electores desprendidos de los partidos tradicionales- sobre todo del partido liberal.

Pérdida de lealtades partidistas y empresas electorales

Mientras  crecía la franja de electores sin lealtad ni disciplina partidista, del otro lado se afirmaban las empresas electorales donde la lealtad y la disciplina se depositan, más que en el partido, en la  empresa misma y en su propietario vale decir  en un jefe político o en un congresista que les presta servicios y favores a sus electores mediante  los recursos burocráticos, presupuestales e institucionales que controla. En ese universo de empresas electorales fue donde prosperó  el fenómeno perverso de la parapolítica, forma de clientelismo armado, con el cual  quisieron reconfigurarse algunas de las hegemonías regionales.

Así, dos submundos coexisten en el campo de la representación política: el de las franjas sin adscripciones fijas y el de las empresas confederadas a la sombra de un partido. Este segundo fue el caldo de cultivo  de la crisis  que  hoy padece el sistema de  representación política, crisis que con la alianza entre paras y políticos  aniquiló la validez misma de la representación, y que por tanto hace que la  reforma política sea hoy por hoy una necesidad inaplazable. Una reforma que, desde luego, castigue la representación parlamentaria de los partidos que fueron tolerantes con la corrupción y con la parapolítica, pero que sobre todo elimine el supérstite sistema de servicios clientelistas que alimentan y sustentan a las empresas electorales. Una reforma por consiguiente que, fortaleciendo los partidos y propiciando su renovación, estimule su reencuentro con los grandes movimientos de opinión, de modo que avancemos hacia un sistema vigoroso de representación democrática, sin clientelismo y con capacidad de expresar la pluralidad de voces e intereses que alberga la sociedad colombiana. .

No habrá reforma política

Una reforma que se guíe por esa dirección y se proponga tales alcances no coincide con el sentido en el que hoy se mueve  el proceso político; no coincide con la marcha inercial de las instituciones donde residen la representación y el poder de decisión, ni coincide  tampoco con el interés de las personas que ocupan los cargos de mando en esas instituciones.

El Congreso, hechas todas las salvedades del caso, es por excelencia el espacio de representación dominado por la lógica de las grandes y pequeñas empresas electorales. Es allí  donde éstas toman asiento y  donde, actuando como poder legislativo, adquieren dimensiones de representación general e impersonal - no particularista ni clientelista - que les permiten negociar con el poder Ejecutivo y obtener  las concesiones y dádivas  a través de las cuales clientelizan y particularizan de nuevo  la política y sostienen su caudal electoral .

El Gobierno de Uribe, por su parte, mantiene vivo el vínculo simbólico y mediático que le asegura el respaldo  de muy amplios sectores de  opinión, y. simultáneamente refuerza el control que las empresas ejercen en el Congreso, no solo por la facilidad de negociar con ellas sino, sencillamente, porque la  mayoría de estas  empresas son lealmente uribistas. De esta manera, el Jefe de Gobierno no tiene  por qué impulsar  una reforma política cuyas principales perjudicadas serían las empresas que le apoyan desde el Congreso. . Y así, ni el Gobierno ni las mayorías parlamentarias se empeñarán en  reformar la  política y  preferirán sacrificar el interés  de la renovación en el altar  más pedestre de mantener la  "gobernabilidad" para el uno y  el  clientelismo de siempre para las otras.

Más reelección que reforma

Las circunstancias no permiten pensar en una reforma seria de la política, pero  en cambio favorecen el avance del proyecto para reelegir al Presidente Uribe. Los vientos  de la opinión soplan en este sentido y además  coinciden con el talante de un  líder que no muestra fisuras y cuyo  intenso ritmo de gobierno se  sostiene día tras día.

Los factores de poder se inclinan a favor de la reelección. Gobierno, opinión y Congreso se mueven en ese horizonte, lo que queda confirmado por el hecho de  que el partido de la U adelante sin tregua y sin desautorización alguna la recolección de firmas para el referendo. La aspiración para un tercer mandato ha estado mal disimulada bajo un silencio inseguro y se esconde tras el eufemismo de que la reelección solo es para la aparentemente abstracta pero muy personalizada Seguridad Democrática.

A propósito: las firmas no sólo son  un instrumento para activar el mecanismo del referendo; son además la pieza de una estrategia llamada a modificar el cuadro de la situación al igual que los términos de la discusión. Su recolección y su volumen cambiarán por fuerza el curso del debate y trasladarán el proyecto de reelección  al centro de las preocupaciones  y las decisiones dentro del Congreso. Ese será el eje sobre el cual habrán de  definirse las distintas fuerzas políticas  y sociales en el futuro cercano.

La justicia ¿Reforma o antireforma?

Mientras tanto seguirá su curso la discusión de una reforma política, seguramente sin muchos alcances. Y al mismo tiempo avanzará el proyecto para reformar la justicia, al cual el nuevo Ministro del Interior le ha dedicado más atención y más énfasis.  Si esta reforma, como parece, es la prioridad del Gobierno, el debate quedaría señalado por la idea subyacente de que el escándalo de la parapolítica no fue producto de la crisis ética en el sistema de  representación sino de la "politización" o de la interferencias indebidas de la Justicia en contra del Presidente y sus aliados en el Legislativo.

El proyecto de reforma de justicia serviría entonces como un distractor respecto  de la crisis ética que representa la parapolítica.  La crisis no tendría su origen en el ejercicio inmoral de la política sino en las intervenciones abusivas de la Justicia. Y esto sin obstar que el argumento  envuelve una contradicción de bulto: suponer que la Justicia interfirió en la política precisamente porque no es independiente de los políticos, dado  lo cual habría que reformarla para hacerla  independiente del Congreso pero no tanto del poder  Ejecutivo.

Parapolítica, reelección

 La coyuntura está marcada por dos procesos que afectan la representación política. Uno en el Congreso, otro en el Ejecutivo. Uno actual; otro virtual y futuro pero cada vez más próximo y real. El primero es la parapolítica. El segundo es la reelección. El primero destruye el pacto ético que asegura el nexo entre electores y elegidos, razón de ser de la democracia representativa. El otro modifica los marcos de la representación central expresada en la Presidencia,  donde se concentran los poderes de decisión, y si no altera necesariamente la participación democrática, sí puede alterar la circulación de las élites y los controles entre los órganos del Estado, indispensables en una sociedad pluralista. El uno afecta la democracia representativa, el otro afectará  el Estado de Derecho.

La legislatura estará encerrada entre el fantasma de la parapolítica y la sombra de la reelección. Al Congreso, a los partidos y a las bancadas de la coalición mayoritaria no les será fácil escapar a los límites de su propia crisis; no en el sentido de realizar un trabajo de rutina sino de ofrecer una salida real a la crisis. Salida impuesta por los retos de la parapolítica y de la reelección. La primera exige la decisión de una auto - cirugía mayor. La segunda exige la sensatez y el talento para encontrar en la reelección por una vez, al estilo norteamericano, tal como ya existe entre nosotros, el equilibrio para combinar las dosis adecuadas de democracia, estado de derecho y circulación de élites, sin los riesgos de una reelección indefinida que rompa  el ya precario sistema de pesos y contrapesos.

Sin embargo, los electores de opinión y las confederaciones de empresas electorales - los dos submundos en los que se apoya la representación política - no parecen moverse en la dirección de la salida que imponen la crisis de la parapolítica y los riesgos de la reelección.

Tales submundos, que en otras condiciones podrían entrar en contradicción - asumiendo la forma de partidos de opinión contra partidos de clientela - están ahora ensamblados, unidos como parte de un solo movimiento,  a cuya cabeza figura el Presidente  Uribe Vélez. Él l define la unidad de los dos submundos; el de la opinión y el de las clientelas; el de las corrientes urbanas de las clases medias y el de los cacicazgos regionales; lo cual constituye un factor decisivo para determinar el sentido en el que se moverá la agenda y las posibles salidas a la crisis.

Si la coyuntura está marcada por la parapolítica y por la reelección, el sentido de orientación de las élites estará determinado por ese factor de unidad entre cacicazgos y corrientes de opinión, fuente del poder político de Uribe Vélez; es decir, por el factor de unidad entre la desabrida coalición de partidos uribistas y la optimista corriente de opinión favorable al Presidente.

La posibilidad de una reforma seria, junto con una renovación de los partidos, supondría la ruptura interna dentro de ese factor de unidad y el abandono de los partidos uribistas y de sus empresas electorales por parte de Uribe Vélez, tal como lo planteó en un globo de ensayo el actual Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo. Pero el Presidente los necesita por convicción, por gobernabilidad o por simple estrategia de campaña; así que a estas alturas tal idea es improbable, por lo que la línea de comportamiento más segura será la de mantener el ensamblaje entre opinión y cacicazgos; tanto más cuanto que el respaldo de la opinión constituye un seguro contra el desgaste que para Uribe pudiera derivarse del descrédito de los partidos y los parlamentarios del uribismo; descrédito que no lo toca a él y que mas pareciera obrar como la imagen distorsionada que por contraste resalta mejor la suya.

Escogida la línea de asegurar la alianza entre empresas electorales uribistas y opinión,  las inclinaciones inerciales en favor de la reelección serán cada vez más fuertes.  De ese modo en la legislatura y en el debate público habrá proyecto de reforma política porque así lo exige el escándalo de la parapolítica , pero finalmente será más de orden técnico, sin mayores profundidades en las transformaciones a realizar. En cambio, habrá más reforma a la Justicia que Reforma Política, a fin de tranquilizar a los partidos. Pero sobre todo  habrá más reelección; o en todo caso  más debate sobre la   reelección, independientemente de si ella sale o no sale adelante.

 

Notas de pie de página


[1] Este artículo se beneficia de los insumos de Elisabeth Ungar, José Gregorio Hernández y Hernando Gómez Buendía, de Razón Pública, pero la concepción del artículo es del autor.  

[2] Razón Pública ha examinado algunos antecedentes de estos proyectos (Leer artículos de Elisabeth Ungar y José Gregorio Hernández - Hernando Gómez Buendía) y estudiará su contenido a medida que los textos respectivos se conozcan. Por ahora en este artículo analizo el trasfondo político, o la trama de fuerzas que convergen y chocan debajo de aquella agenda.

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