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El referendo, la incertidumbre y las elecciones que se vienen encima

(Tiempo estimado: 8 - 16 minutos)

ricardo garciaEn medio del falso dilema entre estado de derecho y “estado de opinión”, la política  seguirá congelada hasta que el referendo se apruebe o se rechace en vísperas de  elecciones. ¿Cómo serían -y qué implican- las elecciones con Uribe? ¿Cómo serían – y qué implican- las elecciones sin Uribe?

Ricardo García Duarte *

La actividad política en Colombia depende y seguirá dependiendo de la suerte que corra el referendo que autoriza la nueva reelección del Presidente Uribe. De que éste sea aprobado por la Corte Constitucional y después por el voto popular, dependerán las demás candidaturas, la suerte de las coaliciones, el destino de los partidos, la acentuación de rasgos en el régimen político y la fluidez de las corrientes de opinión.

La fuerza y las limitaciones del referendo

Desde el momento de formular la pregunta o de financiar la recolección de firmas, y a lo largo de su tránsito por el Congreso, la ley que convoca al referendo incluyó una serie de incidentes y maniobras que ponen en duda su legitimidad política y probablemente su validez jurídica. Y sin embargo las encuestas siguen indicando que el referendo puede reunir los votos necesarios para ser aprobado y -en todo caso indican que el Presidente Uribe ganaría su tercera elección en la primera vuelta y por amplia mayoría.

Como quien dice: de un lado, las exigencias del juego limpio y del respeto a las leyes, que van en contra de la ambición reeleccionista; del otro lado, las corrientes de opinión que la estimulan. Por un lado la conciencia jurídica y por el otro lado las encuestas. La ley y el pueblo, enfrentados, si se exagera un tanto la nota.

Estado de derecho y "estado de opinión"

En otras palabras: el estado de derecho en contravía del estado de opinión - categoría esta que el Presidente Uribe defiende como la fase superior del estado de derecho. Lo cual querría decir que en caso de un conflicto entre opinión y ley se impondría forzosamente la primera.

Y sin embargo, en el caso de existir, el "estado de opinión" no sería nada más que una de las dimensiones propias del estado de derecho o, más exactamente, sería una parte de su componente de participación democrática. Participación de la cual la "opinión" de hecho constituye una fase inferior, puesto que la fase superior estaría ocupada por las elecciones libres y competitivas - el  mecanismo central para dirimir las disputa por el poder en una democracia.

Ahora bien, entre el poder y el estado de derecho cabe perfectamente una tensión de fuerzas contrarias. Muy natural y nada patológica. Incluso obligatoria, en la medida en la cual el estado de derecho sólo tiene sentido en cuanto se plasma en leyes que implican limitar el ejercicio del poder. Y si la democracia es una forma de disputar el poder, entonces estado democrático y estado de derecho son dimensiones que se articulan, al tiempo que se tensionan en una oposición binaria.

Poder, democracia y estado de derecho

La democracia está hecha para que el pueblo intervenga en la disputa entre quienes pretenden el poder; y el estado de derecho se inventó para limitar el ejercicio del poder. Así que el estado de derecho sólo adquiere su sentido pleno en el desarrollo de estas tres facetas: (1) La de garantizar de un modo cada vez más amplio la participación popular en la selección de quienes gobiernan; (2) La de asegurar los procedimientos y las reglas previamente establecidas para el ejercicio de la participación popular y la representación política, y (3) La de asegurar los equilibrios adecuados en el Estado para evitar la concentración y el abuso en el poder.

Por tanto, al mismo tiempo que (1) amplía los mecanismos de participación popular (el caso de los referendos) el Estado de derecho debe asegurar (2) que tales mecanismos se ajusten a las  reglas previamente establecidas y (3) que ellos respeten los equilibrios de poder, evitando su descomposición mediante fórmulas plebiscitarias que aumenten la concentración y el riego de los abusos del poder.

Se trata pues de una relación compleja, donde el estado de derecho propicia y a la vez limita la democracia directa, para que poder del gobernante y democracia plebiscitaria no se sumen de manera que lleven a destruir el propio estado de derecho. Esta forma de abuso de poder es un riesgo connatural a la democracia - y tanto que hace 2.500 años en Atenas se lo llamaba hybris, un peligro al cual había que oponer la sophrosyne o el equilibrio en la política que sólo podían garantizar las normas previamente establecidas por todos y para todos, la isonomia - o el conjunto de leyes respetadas razonablemente por los ciudadanos, empezando por el propio gobernante.

Las encrucijadas

El referendo se encuentra todavía en medio de ese cruce de caminos. Ha tenido el respaldo popular expresado en las firmas de un amplio número de ciudadanos, y ha sido aprobado por el Congreso, el titular principal de la representación política. Pero al mismo tiempo la reelección implicaría tal exceso en la concentración del poder y el trámite del referendo fue tan irregular que una y otro conllevan graves violaciones del Estado de derecho por parte de quienes están en el poder.

Sin añadir que está por verse la transparencia política y jurídica de los pasos que faltan para que el referendo sea finalmente aprobado. Esta es la verdadera encrucijada del referendo: Ha sido impulsado por los factores de poder, incluidos el gobierno y una opinión mayoritaria; pero no parece estar en condiciones de cumplir los requisitos de tiempo y de procedimiento que estipula la ley. Lo cual quiere decir que la encrucijada real del referendo no estaba "en el alma" del Presidente Uribe sino en la dificultad objetiva para cumplir los plazos y sobrevivir a las objeciones jurídicas que le han sido formuladas o que le irán surgiendo a medida que avance.

Elecciones con Uribe

En todo caso, si la Corte Constitucional fallara prontamente y a favor del referendo, si éste se convocara dentro del plazo, si reuniera los votos requeridos, y si el Presidente se postulara en forma oportuna, sobrevendrían los siguientes efectos políticos:

(1) Una retracción automática de las aspiraciones en el campo uribista. Los precandidatos Andrés Felipe Arias, Juan Manuel Santos y Noemí Sanín, todos ellos ex ministros o ex embajadores y todos ellos al acecho de que el referendo se caiga pero con un juramento simultáneo de fidelidad al Jefe de Estado, no tendrían más remedio que reubicarse con rapidez en su condición de alfiles bajo las órdenes del rey, para confirmar que no eran más que caballos de prueba, suplentes limitados a los ejercicios de calentamiento.

(2) La coalición gobernante se mantendría, por comodidad, y alrededor del eje "partido de la U - partido conservador", como otro más de los factores de poder en manos del Presidente. La coalición sería la fuerza de apoyo en el Congreso que le permitiría a Uribe mantenerse en el centro del juego o como beneficiario simultáneo de una alianza con los votantes y de otra alianza con la clase política; es decir, como el punto de amarre entre "pueblo" y "empresariado político".

Esa unidad entre clientela y opinión pública es la que ha hecho que Uribe se instale de modo duradero en el centro de la representación y de la mediación política. Con lo cual él se sitúa por encima de la propia coalición de partidos que lo respalda. En otras palabras, él mismo es la coalición, y no su simple resultado aritmético. Situación que lleva a que los disidentes o los vacilantes corran el riesgo de caer en el limbo, como parece estarle sucediendo a Vargas Lleras.

(3) Otro efecto será el afianzamiento de las corrientes de opinión favorables al Presidente Uribe, una vez quede habilitado como candidato. Se trata de franjas que pertenecen a todos los estratos sociales y a toda o casi toda la gama del espectro político, aunque con márgenes ciertamente reducidos entre la izquierda o el centro-izquierda, donde se apoyan el Polo, el Partido Liberal y los independientes - es decir, el 30% o a lo sumo el 35% de la opinión electoral para ser repartida entre tres opciones políticas distintas. Cotas de un 70% de aceptación o de un 60% de intención de voto, a favor de Uribe, hacen previsible una marejada electoral en respaldo de su candidatura, lo cual aseguraría con amplitud su tercer mandato desde la primera vuelta.

(4) Ahora bien, en el escenario de un tercer mandato cabría esperar un efecto adicional. El de la manifestación de un síndrome de aturdimiento en la oposición; en toda ella, pero sobre todo en el Partido Liberal, acostumbrado a ser una fuerza hegemónica, y de cuyas filas desertaron tanto el Presidente Uribe como la mayor parte de los caciques que forman el Partido de la U. Sometido a otros cuatro años de ostracismo, tendría que enfrentar las incertidumbres y las pujas internas surgidas del dilema de apoyar a Uribe o de hacerle oposición, alternativa infernal que en cualquier caso lo puede condenar a los peligros de la marginalidad.

(5) En materia de régimen político, el tercer período consecutivo de Uribe traería como consecuencia el inicio de una personalización del poder. Concentración y prolongación del poder en la persona de un gobernante que amarra a la opinión y a la clase política; y que lo consigue dentro de un sistema presidencialista, con el efecto de que no sean las instituciones quienes funcionan sino el Presidente, la figura providencial. Convertido en jefe supremo, el Jefe de Gobierno sustituye al Estado y lo supera, mientras que las instituciones estatales languidecen como aparatos ineficientes o corruptos.

Esta deriva personalista en el poder será una fuente de riesgos para el marco jurídico-institucional que ofrece la constitución del 91; y además significará un retroceso en materia de modernidad política, esa que quiere separar precisamente, de una parte, el estado normativo, la institucionalización, la autoridad y la legitimación; y de otra parte, la figura y el papel del gobernante.

Las elecciones sin Uribe

De ahí que también sea necesario entrever el paisaje político y prever los efectos, en el caso contrario; es decir, en el caso de que Uribe no se presente como candidato, hipótesis que no sería tan improbable ante los enredos, los apremios y los obstáculos que el referendo todavía tiene por superar.

En este evento se reabriría el juego de las aspiraciones dentro del uribismo. Santos, Noemí y "Uribito" tensionarán sus fuerzas para encontrar el mayor respaldo posible, a la vez, dentro de sus aparatos de representación parlamentaria y dentro del campo de la opinión uribista. Su dificultad -la de cada uno de ellos por separado- estribará, sin embargo, en no ser capaces de levantar el respaldo electoral que les permita imponerse desde la primera vuelta, o llegar a ella con una dinámica arrolladora.

A juzgar por las últimas encuestas, como la que Napoleón Franco hizo para RCN y Semana, sin Uribe en la arena electoral aparecería una gran masa de votantes aún sin preferencias definidas; también una gran dispersión en estas preferencias; y finalmente, una similitud de opciones para candidatos como Santos o Andrés Felipe Arias, del uribismo; y Petro del Polo. Todo lo cual indicaría que la gente aún no se decide por otra opción, a la espera de que Uribe sea candidato. Así mismo, señalaría que dentro de la opinión no hay por ahora nadie que encabece con nitidez el pelotón de aspirantes presidenciales.

Necesidad imperativa de coalición en el uribismo.

Aún si el electorado uribista es hoy ampliamente mayoritario, a cada uno de sus candidatos le haría falta la coalición interpartidista que incluya en primer término al Partido de la U y al Partido Conservador. Los tres aspirantes más opcionados ya están inscritos en uno u otro de estos partidos, aunque esto les signifique perder el atractivo que ofrece el ser "independiente".

Sin duda hará falta algún mecanismo de coalición para encontrar un candidato de unidad, pues ninguno de los tres valida por sí solo el título de heredero legítimo de Uribe. Es a partir de ese aparato reconstituido de coalición, que el ungido como candidato heredero puede lanzarse a recoger la opinión uribista. No solo la de la derecha sino la del centro. No solo la de las antiguas franjas que estuvieron matriculadas en el liberalismo y en el conservatismo, sino la de los independientes.

¿Se moverá el electorado de opinión?

La fuerza decisiva para las próximas elecciones presidenciales provendrá de dos sectores principales: los votantes de centro y los independientes o sin filiación partidista. En la magnitud relativa de estos segmentos y en sus inclinaciones electorales residen ahora las posibilidades de que la política, aún sin Uribe como candidato, siga moviéndose alrededor del proyecto que Uribe les propone; o que, al contrario, se descongele y, fragmentándose en un juego más pluralista de opciones, introduzca mayores elementos de alternabilidad en el sistema de gobierno.

Ese universo donde se superponen parte del centro y parte de los independientes (la opinión) ha estado con Uribe durante los últimos siete años. Abroquelarlo en esa orientación es el reto de la coalición uribista. El de la oposición, al contrario, es el de obligarlo a moverse y el de ofrecerle motivos que justifiquen una suerte de desanclaje, de soltadura de amarras respecto del uribismo.

Por ahora no hay señas de que esa placa tectónica experimente desplazamientos. Tampoco de que manifieste inclinaciones hacia otro horizonte ideológico o político, salvo aquel que estaría reflejado en la inicial curva ascendente de Sergio Fajardo en las encuestas; una franja sin embargo que ahora parece estar regresando hacia el uribismo o hacia el candidato del Polo.

Los desafíos para la oposición

Para Rafael Pardo y Gustavo Petro, la construcción de nuevas mayorías implicaría una coalición de todas las fuerzas que no están con Uribe. Pero ni estos candidatos ni los partidos que representan encuentran eco todavía en esa franja de centro uribista, según lo indican todos los sondeos de opinión.

Por otra parte, el pre-candidato Vargas Lleras y su partido Cambio Radical participarían de una coalición no uribista si Uribe fuera candidato, pero sin referendo y sin candidatura del Presidente volverían a flotar en medio del dilema de participar en una coalición no uribista o en una de corte uribista, al lado de Santos y Noemí por ejemplo.

El eventual hundimiento del referendo debilitaría el nudo que ha unido al Presidente con la opinión de centro, una de sus mayores fuentes de poder. Eventualidad ésta que la convertiría, en principio, en una masa disponible -fluida- para inclinar en uno u otro sentido las opciones de alternación en el gobierno, de cara a las presidenciales de mayo.

Pero para que esa masa de electores -unos cuatro millones- recupere fluidez hace falta que simultáneamente (1) el uribismo y sus candidatos muestren incapacidad de control discursivo, material y simbólico, y (2) que la oposición, por otro lado, de señas de pisar con capacidad de influencia y con una credibilidad renovada en esos terrenos. Lo que por lo pronto no parece estar pasando.

  *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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