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¿Por qué somos violentos al celebrar las victorias futbolísticas?

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

¿Está asociada la violencia con el fútbol? ¿O está asociada con  la idiosincrasia colombiana? Una comparación con otros países y otros deportes nos ayuda a entender por qué “matamos o morimos” cuando gana nuestro equipo.

Juan Carlos Guerrero Bernal*

Triunfos opacados

Las victorias de Colombia en el Mundial de fútbol fueron sin duda opacadas por el saldo trágico que dejaron sus celebraciones: 3.000 riñas, 15 heridos y 9 muertos en el partido de Colombia contra Grecia; 2.800 riñas y 2 muertos en el encuentro de Colombia contra Costa de Marfil; 1.300 riñas y 3 heridos en el juego de Colombia contra Japón; y 274 riñas, 5 heridos y 8 muertos en la contienda de Colombia contra Uruguay.

De ese modo, paradójicamente, mientras los colombianos celebrábamos los goles por parte de la Selección que fue reconocida como una de las mejores del Mundial, algunos otros incurrían en expresiones o en hechos de violencia que suscitaron perplejidad fuera y dentro del país.

El problema de la violencia asociada con el fútbol no es de ningún modo exclusivo de los colombianos.

Y no es para menos, pues estas celebraciones mortíferas nos hacen desenterrar memorias vergonzosas, como aquella “fiesta jubilosa” de la victoria del 5 a 0 contra Argentina en la ruta al Mundial de 1994, cuando murieron 76 personas y 912 resultaron heridas.    

Claro está, esas formas de violencia asociadas con el fútbol no constituyen una prueba más de la “naturaleza” o la “cultura” violentas que caracterizarían a los colombianos. De hecho, la mezcla del fútbol con la violencia no tiene lugar únicamente en Colombia.

Es bien sabido, por ejemplo, que la violencia de las barras bravas argentinas llegó a tales excesos, que desde el 2003 comenzó a desarrollarse un sistema de identificación biométrica para el ingreso de los espectadores a los estadios.

Y nadie desconoce que desde hace mucho tiempo los ingleses tuvieron que adoptar medidas de control y contención de la violencia de los famosos hooligans. Es decir, el problema de la violencia asociada con el fútbol no es de ningún modo exclusivo de los colombianos.


Celebración del paso a cuartos de finales de la
selección Colombia en Bogotá.
Foto:  Juan Carlos Pachón - Arttesano

Fútbol y violencia

Lo anterior puede llevar a la creencia de que existe una especie de relación intrínseca entre el fútbol y la violencia. Esto es más o menos lo que sostiene, por ejemplo, Fernando Carrión Mena, quien considera que “el fútbol es una continuación de la guerra por otros medios”, que “el conflicto es consustancial al fútbol, porque encarna una disputa que lleva a la victoria frente a un contendiente” y que ese “juego está impregnado por la incorporación de los principios, categorías y lenguajes de la guerra”.

Para este académico, el fútbol es violento desde sus orígenes y solo se ha pacificado un poco, a través de un proceso civilizatorio de varios siglos que implicó la creación de instituciones (como la FIFA), de jueces (los árbitros), de normas (los reglamentos) y de políticas reguladoras de la violencia (el fair play).

Hay también periodistas que de algún modo acaba por apoyar esas tesis de la violencia intrínseca al fútbol. Un ejemplo se encuentra en las declaraciones que Mauricio Silva Guzmán (autor del libro El 5-0, o la increíble crónica del partido que cambió para siempre la historia del fútbol colombiano”) dio recientemente a la BBC. Ante ese medio internacional, el periodista afirmó que la violencia es algo muy ligado al fútbol, tal como lo muestra el hecho de que los colombianos no hayan celebrado del mismo modo la victoria del Giro de Italia o la obtención de unas medallas olímpicas.

Es probable que, desde una perspectiva sociológica, el espectáculo de los deportes colectivos donde se enfrentan dos rivales conlleve con mayor facilidad a la violencia entre espectadores, que aquellos deportes practicados individualmente contra múltiples contrincantes.

Y esto por una razón: los públicos que suscitan el primer tipo de deportes tienden a agruparse y a formar colectivos que se sitúan en polos opuestos que extienden la contienda de la arena deportiva a las tribunas. En cambio, el segundo tipo de deportes no da pie a colectividades tan nítidas y tan estables, al menos no en términos bipolares.

Ahora bien, aunque el espectáculo del fútbol pueda ser más propenso a la violencia que el de otros deportes, es un error considerar que la violencia sea consubstancial al balompié.

De ser así, en todos los países donde se practica este deporte existirían fenómenos de violencia muy similares. Y esto no ocurre en realidad, ni en términos de la intensidad y el alcance que pueden tener los comportamientos violentos (en países como Venezuela o Estados Unidos no hay prácticamente violencia asociada con el fútbol), ni en términos de las formas y factores que pueden intervenir en esa violencia. Esclarezcamos mejor esto último con algunos contrastes que apuntan hacia diferencias más profundas.

En la gran mayoría de los países, las victorias del equipo nacional no generan violencia.
  • En Inglaterra, la violencia de los hooligans fue muy frecuente dentro de los estadios y no tanto fuera de ellos. En Colombia, en cambio, buena parte de la violencia entre hinchas sucede fuera de los estadios, e incluso en momentos cuando ya no tiene lugar la contienda deportiva.
  • En Francia han ocurrido enfrentamientos violentos entre barras de hinchas de un mismo equipo (el Paris Saint Germain), pues entre ellas han surgido fracturas relacionadas con posiciones racistas de unos grupos de hinchas hacia otros. En Colombia esa violencia asociada con el fútbol que contiene una connotación racial no existe, y los hinchas enfrentados suelen ser jóvenes de orígenes sociales similares que apoyan a equipos diferentes, tal y como sucede con las barras bravas de diferentes equipos compuestas por muchachos de barrios marginales de Bogotá.
  • En Argentina, la violencia de las barras bravas ha sido propulsada por algunos políticos locales y dirigentes deportivos, a tal punto que estas barras se han convertido casi en mafias organizadas que controlan negocios de todo tipo dentro de los estadios. En Colombia esos componentes no parecen existir, y más bien la violencia tiene que ver con culturas juveniles urbanas que han brotado en barrios desfavorecidos, donde algunos jóvenes, carentes de oportunidades y de perspectivas laborales, han acabado por establecer lazos de fraternidad y formas de identificación comunes que los extraen de su aislamiento y marginalidad.    

Esas comparaciones rápidas y muy superficiales constituyen una prueba de que la conexión entre la violencia y el fútbol está siempre mediada por otra serie de componentes de orden sociológico e incluso político. Distinguir y analizar esos componentes resulta crucial, pues solo en esa medida la violencia asociada con el fútbol puede llegar a ser reveladora de otros problemas sociales subyacentes.


Violencia en el partido entre FC Salzburgo y el
AFC Ayax.
Foto: Wikimedia Commons 

Si ganamos, ¿por qué peleamos?

En ese sentido, conviene resaltar además algo muy particular del caso colombiano: la violencia asociada con el espectáculo del fútbol no se limita a las rivalidades que se producen  entre hinchas de equipos diferentes dentro del campeonato nacional (algo más o menos común en otros países).

Como demuestra esta Copa del Mundo, en Colombia esa violencia se extiende a contextos donde la competencia deportiva no debería motivar riñas y disputas entre personas que comparten una misma nacionalidad y que, por el contrario, deberían verse reunidas y reconciliadas por la victoria del “equipo nacional”.

En la gran mayoría de los países, las victorias del equipo nacional no generan violencia. Y si llegan a hacerlo, es por razones que no existen en Colombia, como el hecho de que la nación esté dividida en virtud de inmigrantes de antiguas colonias que no han logrado ser asimilados o aceptados por la cultura receptora.

Por esta razón, en Francia surgieron algunos temores ante la posibilidad de que su equipo, en esta Copa del Mundo, llegara a encontrarse en cuartos de final con Argelia; una victoria de Francia habría podido ocasionar violencia entre franceses de “pura cepa” y franceses de origen argelino.        

Es pues extraño que la violencia surja de forma tan evidente en Colombia cuando el equipo nacional obtiene una victoria frente a otras naciones. Una forma de explicarlo tiene que ver  con el hecho de que la celebración del fútbol autoriza y legitima la expresión de emociones que, bajo los efectos del consumo de alcohol excesivo, sacan a flote pulsiones agresivas propias de una cultura machista, así como resentimientos y frustraciones que no cesan de acumularse debido a las desigualdades sociales prevalecientes en nuestro país. A esto podrían agregársele otros componentes relacionados con una falta de cultura ciudadana y con una alta dosis de intolerancia.

Todos esos componentes, relacionados con diversos problemas sociales, median entre el fútbol y la violencia, y aún no son del todo bien comprendidos por quienes están formulando las políticas que intentan prevenir y controlar los desbordes violentos del espectáculo futbolístico.

Hay que tomar entonces más en serio las reflexiones de algunos líderes de las “barras populares” colombianas, sobre todo cuando sostienen que “el fútbol es una fotografía de lo que pasa en todas las esferas de la sociedad”.

 

* Magíster en Relaciones Internacionales y  Ph.D. en Sociología, investigador del Observatorio de Redes y Acción Colectiva (ORAC) y profesor asociado de las Facultades de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario. 

@Juan_K_Guerrero

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