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Los huecos en el Plan de Desarrollo de Santos - y Simón-

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

El Director de Planeación Nacional, Simón Gaviria, presenta el Plan Nacional de Desarrollo.

Jaime Acosta El Plan 2014-2018 eterniza el modelo de economía de enclave y no propone cambios serios en materia de innovación y productividad. En otras palabras, el nuevo plan no tiene nada nuevo – ni corresponde por eso al siglo XXI-.  

Jaime Acosta Puertas*

25 años no es nada

El Plan Nacional de Desarrollo 2014-2018 es un texto plano y sin ambición teórica, cuyos fundamentos ya se habían escrito hace 25 años, en el plan de desarrollo del presidente  Gaviria, padre de Simón Gaviria, cuando el presidente Santos era ministro. 

25 años después, la idea del modelo de crecimiento sigue siendo la misma, ahora con el exministro de presidente y el delfín como director de Planeación Nacional.

Es como si a Colombia no hubieran llegado ni el desarrollo de la complejidad ni la economía de la innovación y las teorías evolutivas, elaboraciones que en otros países ya no son heterodoxas.

Un Plan muy raro

El Plan intenta conciliar un enfoque de corto plazo que ambiente la paz a través de la educación y la equidad, con otro intento de cumplir las exigencias de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre poner en orden el funcionamiento del Estado y de la economía.

Por eso el texto busca impulsar la educación y la equidad para la paz, por un lado, y la eficiencia para la OCDE, por el otro, lo cual lo convierte en un plan raro, que busca conciliar factores endógenos con las exigencias exógenas, un plan para el crecimiento pero no para el desarrollo, porque le faltó un cuarto elemento: la productividad. Ni a Santos ni a Simón y sus colaboradores se les ocurrió aspirar a un círculo virtuoso hacia el desarrollo.

En este sentido, ejercicios que miden el impacto de la violencia sobre el crecimiento dicen que en 12 años Colombia ha perdido el equivalente de un año del PIB, y esperan que el final del conflicto con la guerrilla se traduzca automáticamente en la aceleración del crecimiento.  

Ni a Santos ni a Simón y sus colaboradores se les ocurrió aspirar a un círculo virtuoso hacia el desarrollo.

Por supuesto que el fin del conflicto tendrá efectos positivos sobre el crecimiento, aunque este no sería tan alto como muchos esperan porque - si bien la tranquilidad es una de las condiciones necesarias para la prosperidad - el progreso económico duradero no es posible sin mejorías sustanciales en las políticas de desarrollo.

Los datos que presenta el documento sobre las bases del Plan son elocuentes: durante los últimos doce años la clase media colombiana ha crecido de modo rápido y sostenido, pero a ritmo inferior al promedio de América Latina, y muy por debajo de otros países cercanos.

Mientras aquí la clase media pasó del 15 al 27 por ciento de la población, en la región pasó del 21 al 34 por ciento. En Chile representa el 44 por ciento, en Brasil el 39, en Uruguay el 57, en Ecuador el 30, en Perú el 34 y en Bolivia el 30.

Pero en México, el modelo que más le gusta a Colombia, la clase media representa el 27 por ciento de la población. Lo paradójico es que Colombia y México son los dos modelos socialmente más convulsionados de América Latina, atravesados por el narcotráfico y por  patrones sostenidos de crecimiento igual. 

En países latinoamericanos el crecimiento de la clase media ha sido superior al de Colombia (27%), en chile la cifra es de un 44%.
En países latinoamericanos el crecimiento de la clase media ha sido superior al de
Colombia (27%), en chile la cifra es de un 44%.
Foto: alobos Life

Todo sigue igual

Desde años remotos, el discurso sobre abatir la pobreza y atacar la inequidad ha estado en el centro de los planes de desarrollo de Colombia, y todos más o menos han dicho lo mismo. Por eso todo sigue más o menos lo mismo.

El actual Plan dice que “los objetivos para una Colombia equitativa y sin pobreza extrema son los siguientes: Reducir las brechas territoriales y poblacionales existentes en materia de ingresos y en la provisión de servicios de calidad en salud, educación, servicios públicos, infraestructura y conectividad; reducir la pobreza y consolidar la clase media, con un enfoque de generación de ingreso; promover el desarrollo económico incluyente del país y sus regiones”.

El plan también dice: “Para reducir la pobreza es necesario potenciar la generación de ingresos de la población a través de la generación de empleo, el fomento al emprendimiento y la consolidación de proyectos productivos inclusivos. Es necesario mejorar la regulación de los mercados de trabajo, fomentar la formalización e incrementar la productividad para poder acelerar el crecimiento y mejorar los mecanismos de integración de los sistemas contributivo y subsidiado”.

Y más adelante: Las iniciativas de política de competitividad empresarial se articularán con las políticas de generación de ingresos y de fortalecimiento de capacidades productivas rurales para promover la creación de más y mejores oportunidades de inclusión productiva de la población en situación de pobreza y exclusión”.

Esto es lo mismo que han recomendado el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional, así como la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) y el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) desde que existen. Y también lo han dicho tecnócratas, analistas, académicos, dirigentes gremiales, la gente del común y presidentes desde el siglo XIX.

Un hueco en la economía de enclave

Asombra constatar la preeminencia que tiene la economía de enclave en el PND, y todos los esfuerzos que se hacen para atenuar sus efectos perversos, justificados por la importancia que ella tiene para el “desarrollo”.

Desde el gobierno de Andrés Pastrana, cuando se vivió la crisis económica en Asia, se decidió que Colombia le apostaría a los recursos minero-energéticos, sobre todo al petróleo, como sector principal para jalonar el crecimiento, las exportaciones y atraer inversión extranjera. Peor aún: en ese entonces no estábamos ante grandes hallazgos, como para pensar que ahí podrían ponerse todos los huevos, y sobre todo porque la complejidad tecnológica ponía el punto de equilibrio en un nivel alto. Este fue un enfoque pensado por macroeconomistas ortodoxos y no por economistas ni por estrategas del desarrollo.

También la crisis de Ecopetrol viene de allí, pues la de hoy no es la empresa del futuro, como la prometían cuando comenzó la venta de sus acciones, una empresa que invierta en investigación y en nuevas energías para jalonar la transformación de la matriz minero-energética a largo plazo.

La inhabilidad de Ecopetrol para explorar con éxito se debe a sus capacidades limitadas en investigación, derivadas de su condición de caja menor del Estado. Sin embargo, sus altos ejecutivos se creen genios: es decir, el círculo de las equivocaciones emanada de unos cuantos equivocados.

La enfermedad holandesa que suele propiciar una bonanza se consolidó bajo el gobierno Uribe. Pero lo hizo con la otra minería, la que se tomaron la ilegalidad y la informalidad. Hoy van 15 años de este modelo, y serán 19 o quién sabe cuántos más porque no hay en el Plan una propuesta creativa, visionaria y juiciosa para quebrar esa tendencia perversa,  pese a que el precio del petróleo puede llegar a un nivel donde los costos de exploración y de explotación de Colombia podrían dejarnos por fuera del mercado.   

Contrario a la Nación, ciudades como Medellín (en la foto), Bogotá y Manizales han entendido que la especialización inteligente en el s. XXI es lo que la industrial fue en el s. XX.
Contrario a la Nación, ciudades como Medellín (en la foto), Bogotá y Manizales han
entendido que la especialización inteligente en el s. XXI es lo que la industrial fue
en el s. XX.
Foto: Iván Erre Jota

La productividad no es un objetivo

Colombia vive un proceso evidente de desindustrialización, que se empeñaron en negar los gobiernos de Uribe II y Santos I. Además, la reducción del número de doctores dentro del aparato productivo demuestra que la investigación, el desarrollo y la innovación no están entre las prioridades de las empresas.  

La estrategia de competitividad e innovación de Colombia no contempla cambios serios   para que el recurso humano de alta calificación se necesite y crezca exponencialmente dentro de las organizaciones, y para que se dé la articulación entre la política productiva y las de ciencia, tecnología, innovación y educación.

Para desarrollar nuevas actividades y sectores y nuevas ciudades y regiones de innovación no basta introducir sofisticación a lo que ahora existe como si fuera a ser igual por siempre.

Todos más o menos han dicho lo mismo. Por eso todo sigue más o menos lo mismo.

El PND tiene un problema de concepción. Habla de política de desarrollo productivo, cuando esta no existe. Habla de competitividad, pero esta -por definición- consiste en mejorar lo que existe, no en nuevos desarrollos que se originan mediante esfuerzos    deliberados, ambiciosos y concertados entre el Estado y los emprendedores.  

La sofisticación de los productos y servicios que podrían ser incentivados dentro de la actual estructura productiva de Colombia no necesariamente se traduce en nuevas actividades y sectores. Nada se dice en el PND sobre procesos y acciones para acercarnos a  una estrategia de especialización inteligente, orientada hacia nuevos sectores y actividades derivadas de ventajas surgidas del conocimiento, y no solo a ventajas competitivas de los recursos naturales y de industrias tradicionales.

En el siglo XXI, la especialización inteligente es lo que fue la especialización industrial durante el siglo XX. Bogotá, Medellín y Manizales así lo están entendiendo, pero la nación no.

Cómo tapar los huecos

Si en el Congreso se incluye el diseño de una política de desarrollo productivo y de innovación que articule los sectores centrales del Plan: educación, crecimiento verde, infraestructura, ciudades amables y sostenibles, CT+I, TIC y desarrollo rural, el Plan daría un gran salto.

Sin embargo, en ese caso habría que duplicar los recursos públicos en el capítulo I: competitividad e infraestructuras, en los componentes de CT+I y desarrollo productivo.

 

*Analista, consultor e investigador independiente.

twitter1-1@acostajaime ​

 

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