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Del desmonte de la reelección y otros demonios

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

Andrés DávilaPor fin se eliminó la reelección presidencial. Aquí, una crónica de cómo la reforma del famoso “articulito” generó uno de los desajustes institucionales más grandes de la historia política reciente del país.

Andrés Dávila L.*

Comisión Primera del Senado

A un pelo

Durante el quinto debate de la reforma de equilibrio de poderes en la Comisión Primera del Senado se aprobó eliminar la reelección presidencial, eje fundamental de esta iniciativa. Al proyecto le faltan todavía tres debates antes del 20 de junio para que sea una realidad y se elimine la razón principal del desbarajuste institucional que Colombia ha vivido desde 2004, cuando fue aprobada la reelección por vías que hoy están bajo la lupa de la justicia.

En este texto intentaré poner en contexto el significado y alcance de eliminar la reelección, con una perspectiva más amplia sobre el cambio político e institucional en Colombia, y también mencionaré algunos de los temas que se están discutiendo en el proyecto de reforma, así como sus implicaciones.

Otros quiebres institucionales

Aunque para el uribismo y sus mayorías enceguecidas la reelección era un imperativo que apenas requería modificar un articulito, en realidad significó el quiebre institucional de mayor envergadura que en los últimos tiempos han vivido el país, su régimen político o sus instituciones.

Por su dimensión, alcance y significado, la reelección inmediata del presidente es comparable a los dos más recientes momentos de cambio político e institucional que haya tenido Colombia:

  1. La construcción, aprobación y aplicación del pacto del Frente Nacional en el período 1956-1958.
  2. El proceso constituyente de 1991 que buscaba una democracia de mejor calidad para Colombia, pero que fue traumáticamente afectado por el “articulito” que consagró la reelección.

Ahora bien, aunque en tanto coyunturas de cambio político e institucional los tres momentos son comparables, hay una diferencia notable entre los dos primeros y la reelección, así como hay una diferencia en la forma en que se procesó el cambio político y en los resultados de su aplicación-

En su afán personalista Uribe y sus seguidores ni siquiera pensaron que presidentes posteriores también se harían reelegir

Es cierto que el Frente Nacional dio origen a una democracia limitada, mientras que la Constituyente del 91 apostó por una democracia abierta, competitiva, garantista e incluyente. Sin embargo, al examinar en detalle la forma cómo se construyeron estas salidas políticas e institucionales, sorprende encontrar continuidades y rasgos comunes entre ambos procesos:

  • Primó el esfuerzo por construir un “pacto de paz” ante entornos de violencia;
  • Se optó por salidas reformistas con mecanismos de legitimación popular para dar impulso y alcance a lo que habría de construirse;
  • Se trabajó bajo acuerdos entre sectores y líderes previamente distanciados e incapaces de mantener “conversaciones de caballeros”, aunque en un caso los acuerdos se caracterizaron por su rigidez y desconfianza (el Frente Nacional) mientras que en el otro caso cabe hablar de coaliciones frágiles, variadas y diversas (el proceso constituyente de 1991);
  • Se cambiaron reglas de juego muy importantes, de fondo, pero muchos asuntos se dejaron para definición posterior según los avatares de la política, en particular las reformas de carácter estructural;
  • Primó la innovación jurídica e institucional para presentar como legal y legítimo lo que en efecto tenía algo de lo contrario;
  • Y sobre todo las dos coyunturas abrieron procesos de consolidación de los regímenes políticos previamente concebidos, negociados, consensuados y legitimados.
Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar de Bogotá.
Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar de Bogotá.
Foto: Iván Erre Jota

El engredo reeleccionista

La reelección presidencial inmediata que logró aprobar el gobierno Uribe tuvo, en general, condiciones diferentes de las mencionadas para el trámite del cambio político e institucional. Esta vez primó una consideración absolutamente personalista y no institucional, ajena al trámite político del país.

Es más, puede decirse que en su afán personalista Uribe y sus seguidores ni siquiera pensaron que presidentes posteriores también se harían reelegir, como en efecto sucedió con Santos. La cuestión, en ese momento, era dar continuidad al gobierno Uribe, acudiendo a una práctica ajena histórica e institucionalmente a la tradición colombiana. Para esto había que saltarse la prohibición absoluta de la reelección prevista en la 1991 e ignorar los aprendizajes de lo sucedido con la reelección tras un período de gobierno. Por tanto, tras recibir los avales de los sectores afectos al gobierno, bastó con llevar la propuesta al Congreso y esperar su trámite.

Inicialmente, la propuesta provino de distintos sectores, como el presidente de Colanta o la embajadora en España. Posteriormente, en el Congreso y con cierta convicción de que ese camino no era procedente, se trató el proyecto como cualquiera de las otras reformas que al final no se tramitan. Empero, cuando esta situación estaba a punto de cerrarse, aparecieron los hechos conocidos como la “yidispolítica”, que involucraron también a Teodolindo Avendaño.

Cargos burocráticos, notarías, lo común en otras negociaciones clientelistas, se convirtieron en promesas solo parcialmente cumplidas y derivaron en la tragicomedia político-judicial que acompañó a este proceso. Superados los obstáculos inesperados, la Corte Constitucional avaló o fue incapaz de contener lo que se convirtió en la cruzada reeleccionista.

En esa ocasión la construcción de consensos políticos entre las distintas fuerzas fue reemplazada por el impulso caudillista que, acudiendo a todos los instrumentos (legales e ilegales), condujo al cambio político e institucional que implicaba la reelección.

El desequilibrio

Este cambio consistía nada menos que en desestructurar todos los equilibrios, pesos y contrapesos que la Asamblea Constituyente plasmó en el texto de la Carta del 91. Si se quiere, la reelección corrigió el rumbo de la construcción del régimen previsto en el 91. De una profundización de la democracia bajo los preceptos garantistas y participativos se pasó a un modelo en que la figura presidencial retomaba un importante protagonismo y se modificaban todas las condiciones y posibilidades en el ejercicio del poder.

Sin embargo, no se modificó ninguna otra regla de juego. En tales condiciones, lo que se abrió desde entonces fue un proceso transicional largo, desordenado y tendencialmente descompuesto, que es el que condujo a la situación que hoy vivimos.

Por el tipo de cambio político e institucional, lo único que podía funcionar en este caso como perspectiva de consolidación era la perpetuación del caudillo en el poder, lo que se intentó con el equívoco proceso de la segunda reelección. Sobra decir lo extraño de este tipo de consolidación para el reformismo moderado prevaleciente en el país.

Solo que esta vez, entre las torpezas de los promotores y el desgaste del expresidente Uribe en su segundo mandato, la Corte negó la posibilidad. Pero el entramado institucional quedó al garete y la dinámica política vio cómo, poco a poco, los efectos de la reelección corroían, desbarajustaban y comenzaban a desbaratar el funcionamiento de los tres poderes y de los órganos de control. No por casualidad estamos viendo lo sucedido en la Corte Constitucional: el impacto de la reelección le pasó cuenta de cobro incluso a este alto tribunal, a la “joya de la corona”.

El Senador y Ex-presidente Álvaro Uribe Vélez.
El Senador y Ex-presidente Álvaro Uribe Vélez.
Foto: Senado

El proyecto antireelección

Por eso surgió, con solo diez años de retraso, la propuesta de reforma al equilibrio de poderes. Pero claro, en este momento ya no parece suficiente eliminar la reelección. El presidente reelecto impulsa con su coalición de gobierno, mayoritaria y aplastante, todas las reformas pendientes, en un extraño ejercicio de recomponer de emergencia un entramado cuyas estructuras amenazan ruina.

A las volandas se incluyen artículos sobre lo electoral, los partidos, la justicia, el juzgamiento de los altos funcionarios, y hay que rezar para que en la coyuntura no surja algún otro asunto que se considere incluible en la reforma. Unos temas permanecen, otros se caen, otros avanzan en una dirección, digamos democrática, y en la siguiente vuelta avanzan en la dirección contraria.

Las mismas voces que defienden con convicción, por ejemplo, al Tribunal de Aforados pueden, en la siguiente aprobación, aparecer defendiendo la Comisión de Investigaciones de la Cámara. Y, tal y como sucedió también en la semana que acaba de terminar, puede aparecer el ahora senador Uribe desautorizando a su bancada y defendiendo, inesperadamente, a su opositor de los últimos ocho años, el vicepresidente constructor Vargas Lleras.

Como si faltara algo, es claro que a la transición en curso, mal resuelta, se sumará en cualquier momento una nueva transición: la derivada de los acuerdos de paz en La Habana.

Todo indica que, para retomar el rumbo, algún rumbo, sería necesario abordar un proceso de cambio político e institucional de fondo. Pero todo indica, también, que la fórmula de una constituyente está por ahora en entredicho, aunque la última determinación de la Corte en relación con la reforma a los mecanismos de participación puede indicar una salida. En cualquier caso, es importante entender que por varios años seguiremos en transición, es decir, las reglas de juego continuarán en entredicho.

Hay que celebrar que pasó la eliminación de la reelección y que, por tanto, la reforma clave, fundamental, sigue su curso. Pero es mejor estar atentos: en las noches, como se ha comprobado, pueden cambiarse los textos previamente aprobados.


* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

 

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Comentarios  

Alfredo Guzmán Feris
0 # Despierta Colombia.Alfredo Guzmán Feris 14-04-2015 13:57
Es saludable para nuestra democracia, País y pueblo en general que se haya logrado dar este paso fundamental para que nuestra débil democracia pueda en estos próximos años venideros fortalecerse y fortalecer asi las instituciones del estado. Respetándose el estado social de derecho, el derecho de los pueblos a la libertad, paz y convivencia pacifica entre todos.
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