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Por Hernando Gómez Buendía

Talar o no talar los árboles de Bogotá, ¿es esa la cuestión?

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Tala de árboles.

German AndradeDesconcierto y molestia ciudadana por una política confusa y mal comunicada del alcalde Peñalosa. Y sin embargo hay cosas en el manejo de los árboles que de veras podrían mejorar la calidad de vida en la ciudad.

German  Andrade*.

Un alcalde que siembra desconfianza

La polémica que han desatado la tala y el reemplazo de árboles en las calles de Bogotá deja ver algunas anomalías de fondo en la política y la práctica del arbolado urbano en la capital.

La tala es un parte inevitable de cualquier programa coherente de manejo del árbol y del arbolado urbano en las ciudades del mundo. Y siempre duele, porque nada de lo que se ha plantado debería talarse. Pero a veces es necesario.

En la ciudad capital, gracias a la decisión del alcalde Peñalosa en su primer gobierno, esta tarea no está a cargo de una entidad de simple ornato urbano, sino de la autoridad científica por excelencia en materia de biodiversidad: el Jardín Botánico de Bogotá. Por eso esta entidad ha tenido que correr con el desprestigio que implica una política que a todas luces parece ser muy mala.

¿Con qué criterios se están talando y reemplazando los árboles? En lo que se ha comunicado no hay ninguna consistencia. La ciudadanía, con razón, percibe que esta es otra manifestación del capricho de experto que desde siempre ha caracterizado a Peñalosa. En lo que va de su gobierno se ha dedicado, con una pésima comunicación, a descalificar a la ciudadanía en temas como la reserva van der Hammen, los senderos de los cerros orientales, la negativa a cumplir de manera fidedigna la sentencia judicial sobre la franja de adecuación, en fin, tantos temas que tienen que ver con la biodiversidad urbana, una de cuyas expresiones es el arbolado.

Le recomendamos: Lagos de Torca: el proyecto que amenaza la reserva van der Hammen sin tocarla.

Siembra desconfianza y cosecharás falsos dilemas. Por eso el debate es válido, pero ante todo es incompleto.

No se conoce a fondo cuál es el plan de arbolado de Bogota. El muy importante inventario de árboles de la ciudad—con el que cuentan pocas ciudades del mundo—no ha sido dado a conocer de manera suficiente; y la ciudadanía no ha sido invitada a dar la discusión sobre cuál arbolado quisiera, para concertar cuál es posible.

Un dudoso paisajismo

Zonas verdes en Bogotá
Zonas verdes en Bogotá
Foto: IDRD

Por supuesto el arbolado que vemos no es siempre el mejor, desde un punto de vista técnico.

Los árboles sembrados espontáneamente pueden afectar el cableado eléctrico y requerimientos visuales mínimos de un adecuado paisajismo. Pero no por haber sido plantados o replantados de manera espontánea, esos árboles necesariamente carecen de valor. Al contrario, la polémica denota que detrás de cada árbol hay un ciudadano o un grupo de ellos, que los valora y defiende.

No por haber sido plantados o replantados de manera espontánea, esos árboles necesariamente carecen de valor.

Y en este caso, ciudadanos cansados no necesariamente por las talas nocturnas, sino por la acumulación de pasivos sociales en el manejo del medio ambiente en la ciudad. Frente a la alta valoración social de los árboles, la administración aparece como insensible y sus enfoques son tecnócratas y autoritarios, en defensa de una estética que aparece como arbitraria.

Pero el manejo del arbolado urbano cuenta con un aliado que el alcalde menosprecia—y que es precisamente la ciudadanía que se opone—. La administración dice que los árboles se talan por razones fitosanitarias, por las propias palabras del alcalde muestran que se trata de una muy particular estética del orden, que el mandatario llama paisajismo. ¿De cuándo acá paisajismo es sembrar árboles “divinos” de una misma especie, rectos y en fila?

Cuando sea necesario renovar árboles, el trasplante diurno debería ser la primera opción, la tala nocturna produce aún más desconfianza.

Mucho más que talar

Alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa.
Alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa.  
Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá

Más allá de este debate de coyuntura, sea la ocasión para recordar algunos de los elementos básicos que debería reunir una política de arbolado urbano, que más que botánica per se, debe ser social y ecológica.

Primero. Los beneficios múltiples de los árboles no pueden ser ignorados. ¿Tiene el jardín botánico alguna investigación sobre el arbolado con enfoque de biodiversidad y servicios ecosistémicos urbanos? Y no es solo un asunto de ingeniería forestal. Deben conocerse los valores culturales, intangibles y emocionales alrededor de los árboles, que son parte importante del bienestar del ciudadano. Y la diversidad de árboles es el sustento de la diversidad de otras especies.

La ciudadanía organizada en Bogotá ha creado una base de datos sobre biodiversidad asociada con el arbolado denso de la parte oriental del parque el Virrey, única en su género y ejemplo mundial. Desconocer esto es desprecio por el capital social asociado con el capital natural; dicho en esos términosa ver si se escucha o entiende.

Segundo. ¿Existe investigación aplicada para poner en valor urbano la inmensa diversidad natural de árboles y plantas nativas de la región?

Cualquier guía de las plantas y árboles de la región muestra que Bogotá posee apenas una fracción minoritaria de la biodiversidad. En la ciudad sobresale la poca presencia de la flora arbórea nativa, salvo algunas decenas de los sobresalientes cedros, los nogales, los romerones y los recientemente aclimatados robles.

¿Y qué pasó con los sietecueros, antes tan comunes y emblemáticos en los antejardines, pero hoy en desaparición? Alcalde: lo invito a una siembra masiva de retorcidos sietecueros, de los de aquí, en el arbolado urbano.

Tercero. Los árboles hacen parte de la infraestructura verde que se conecta con la Estructura Ecológica Principal. Y aquí estaría lo más grave. Se dice que no hay suficiente espacio para plantar millones de árboles dentro de la ciudad. Se tala aquí, pero no se repone suficientemente allá: en los espacios que conectan la ciudad con su entorno seminatural, como son los cerros orientales y la ronda del rio Bogota.

Balance neto botánico, hacia lo negativo. Pero no se reconoce que hay un enorme espacio para la tala dirigida a la restauración ecológica en los cerros orientales, para devolverle su carácter social y ecológico andino, montano y tropical. Hoy los cerros se parecen más a las montañas de Victoria o Canberra.

El amor por los árboles se debe traducir en el no desprecio de quienes aman los árboles.

El Jardín Botánico podría retomar el concepto innovador de “nodos de biodiversidad” y avanzar en el enriquecimiento arbóreo en los predios del Distrito Capital en el Parque Nacional y las zonas de protección definidas en la franja de adecuación del espacio rural que colinda con los cerros orientales. ¿También “podaron” este programa?

Cuarto. En todas las ciudades del mundo donde hay manejo del arbolado urbano, hay también un inventario de arboles patrimoniales. Los intocables, por irremplazables. ¿Tenemos algo de esto aquí? No son patrimoniales solo los árboles rectos, sino que los conjuntos, incluyendo los mal llamados matorrales, hacen parte de este patrimonio.

Aquí se vienen vulnerando no solo los árboles como especies, sino los arbolados como espacios. El amor a los árboles debería traducirse en la construcción de un patrimonio social y ecológico único e insustituible, el gran bosque urbano, en la reserva van der Hammen.

Le recomendamos: La importancia de la reserva Thomas van der Hammen.

Quinto. Involucrar a la ciudadanía en el cuidado del árbol urbano es un reto muy difícil en otros contextos. Aquí la ciudadanía está lista para reaccionar. ¿Por qué no llegar a acuerdos para unas metas compartidas por la ciudadanía —que permanece—y la administración—pasajera—?

Los bogotanos hemos demostrado que valoramos la presencia de los árboles: esbiofilia urbana. Mal hace la administración cuando la considera errada desde el punto de vista técnico y no le da el valor que corresponde. El amor por los árboles se debe traducir en el no desprecio de quienes aman los árboles.

El día en que talar o no talar un árbol que realmente necesita intervención no levante un debate social agrio, como el que estamos presenciando, ese día sabremos que Bogota está en proceso de reconciliación con su naturaleza, que es reconciliarse consigo misma.

* Profesor de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes.

 

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Comentarios  

CARLOS E. UMAÑA
0 # DesinformaciónCARLOS E. UMAÑA 10-09-2018 16:36
Qué es mas importante, defender la vida de un árbol o la vida de una personas. Debíamos esperar a que estos podados árboles se cayeran sobre alguien para proceder a podarlos? En estos momentos, todos los vecinos se vuelven "técnicos" en "individuos arbóreos" como ahora los denominan. Prima la vida humana sobre algo que si se puede reemplazar.
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